Opinión

Vivir en “el pueblito”

Diógenes Armando Pino Ávila

04/05/2018 - 06:10

 

 

Nací en un pueblo pequeño. El haber nacido allí es parte de mi orgullo personal y, como dice la canción cubana: «Si yo no hubiera nacido/ en el pueblo donde nací/ me sentiría arrepentido/ por no haber nacido allí».

Este orgullo es parte de la formación que recibí en mi hogar, en esos valores básicos de mi familia tal como sentirse orgulloso de su pueblo y de su apellido, es decir, llevar con dignidad y decoro la historia familiar y reconocer la historia de nuestro origen. Es una ley no escrita en nuestra familia y nuestro pueblo, la de inculcarle a las generaciones nuevas estos valores para que perduren a través del tiempo. Ojalá mis hijos la transfieran a mis nietos y éstos a su vez a sus descendientes.

Es costumbre en mi pueblo que los paisanos -que tuvieron que buscar otros horizontes, otras oportunidades de estudio y de trabajo- traigan una vez al año a sus hijos para que sientan la cultura nuestra. Por ello, en las vacaciones escolares vemos en nuestras calles y parques a una cantidad de niños con los cachetes colorados, producto del sol canicular que abraza a nuestro pueblo. En Semana Santa llegan otros y uno los encuentra en la iglesia con los ojos abiertos de curiosidad mirando los rituales muy particulares del Sermón de las siete palabras, donde al momento de morir Jesús, retumba un cañonazo que generalmente toma de sorpresa a los desprevenidos concurrentes. En ese momento se escuchan por encima del estruendo del eco del cañonazo los llantos despavoridos de los niños que por primera vez presencian este espectáculo. Al salir del templo se escuchan las risas y mamaderas de gallo entre los muchachos por el susto recibido.

No es raro que en las fiestas patronales llegue otra tanda de paisanos acompañados con sus hijos y esposas, no es raro escuchar el cachaquizado acento de las señoras o esposos de nuestros paisanos, tratando de aclimatarse en este esquema pueblerino, donde la anécdota jocosa, el chiste espontáneo, el gracejo y la mamadera de gallo matiza la vida de los parroquianos. Los ve uno llevando sombreros aguadeños y ponchos uribistas en su hombro tratando de emular los ganaderos de antaño, que emularon a su vez a los antioqueños que compraron las tierras productivas de nuestros mayores, liban tragos encaramados en lo alto de la corraleja tomando licor a pico de botella festejando con alegría el rencuentro con su cultura y con su pueblo.

Los hay que llegan en diciembre a pasar en familia las festividades de fin de año. Y participan de la parranda de varios días, visitan sus parientes cercanos y amigos y el treinta y uno de diciembre salen llenos de emoción a abrazar a sus vecinos y amigos en ese fraterno momento en que el tamalamequero muestra el cariño y el aprecio por los suyos.

Pero, también es cierto que uno encuentra casos, que rompen con este cuadro típico que acabo de describir, casos que si no fuera por la ridiculez extrema que representan darían ganas de romper en carcajadas para festejarlos. Un ejemplo claro de estos es el de algunos paisanos que llegan en sus carros y pasean el pueblo montados en ellos parando donde encuentran grupos de conocidos con la pretensión de que la gente se levante de su asiento y crucen la calle para darles el saludo de bienvenida de pie en la ventanilla del vehículo, en una clara ostentación ridícula del que cree «ser más por tener más» es decir, por tener un carro.

Otros tratan de hacer saber a sus coterráneos que ya no viven en el pueblo y para ello se valen de la ridícula pregunta de «¿Quién es él?», o preguntando “¿Dónde vive Julano de tal?” pues parece que el pueblo ha cambiado y crecido en el año de su ausencia. Pareciera no darse cuenta del gesto burlón del paisano que lo escucha y que interiormente se burla de su bufonesca actitud.

Hoy leí en las redes el comentario de una paisana que con porte de aristócrata le dice en un comentario a otro paisano, que él ve la política con una visión del “pueblito” (así peyorativamente) que la política debe verse a nivel nacional (aquí asume una actitud prepotente de nueva rica) y que (aquí desborda su prepotencia) ellos, gracias a Dios, han salido adelante (es decir se hicieron ricos, subieron de estrato).

Ésta última pose, ridícula, parece que es la nueva actitud de algunos que pretenden “ningunear” a los paisanos que siguen viviendo en su lugar de origen, pues, según ellos, “somos los incapaces” que no dimos para salir del “pueblito”, pareciera que no notan que en el pueblo se puede vivir y crecer de acuerdo a las expectativas que cada quien se crea y aspira. Pienso que cada cual tiene el derecho de escoger el sitio donde vivir, yo escogí vivir, trabajar, y además deseo morir en mi pueblo, rodeado del cariño de mis paisanos, oyendo las anécdotas y cuentos de mis amigos, en tanto que gasto los días de mi vida escribiendo éstas notas o rompiéndome los sesos tratando de construir un poema que le dé sentido a mi existir.

Vivir la vida sin premuras, sin afanes, sin bullicios es lo que me amarra a este “pueblito”, recibir el saludo, la palmada en la espalda del compadre, enterarme de los últimos acontecimientos en una esquina o en la tienda, nos llena de vida, nos hace sentir más humano. Por eso amo a mi “pueblito”.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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