Opinión

El Anegao

Diógenes Armando Pino Ávila

01/06/2018 - 08:25

 

 

En las últimas semanas, el país ha estado en vilo con los acontecimientos que se han dado en la Hidroeléctrica Hidroituango en el departamento de Antioquia. En sus noticieros, la televisión ha dado informes y reportes casi a diario sobre el inminente peligro que corren los habitantes de los municipios aledaños al río Cauca aguas debajo de la represa. El gobernador de Antioquia ante la gravedad de la situación cambia su tono minimizador y dice que la empresa que administra el proyecto no ha dicho toda la verdad (él sospecha que la gravedad del asunto es mayor al que dan los medios de comunicación en los escuetos comunicados de la EPM).

Esta situación me ha devuelto a mi adolescencia, cuando el río Magdalena en sus crecidas anuales obligaba al caño Tagoto a dejar de ser tributario del Magdalena para cambiar su curso subiendo aguas hacia la ciénaga del Cristo e inundando la parte aledaña a la ciénaga y a nuestro pueblo. Esta calamidad era festejada por los jóvenes tamalamequeros ya que esa inundación nos permitía cambiar la rutina diaria de diversión. Por las tardes, burlábamos la vigilancia materna y nos fugábamos en pequeños grupos a nadar en las aguas de inundación a la que llamábamos “El Anegao”.

Habían varios motivos para ir al “Anegao” pues para algunos era la aventura doble, aprender a nadar acompañado de los amigos, con los riesgos que ello encerraba, pues no había persona mayor a cargo de la vigilancia de los veinte o 50 adolescentes que chapoteaban agua aprendiendo a nadar, esta acción aventurera de nuestra adolescencia era adrenalina pura, ya que cuando aprendías a nadar te dejabas arrastrar por la corriente hasta un sitio previamente acordado donde, con enérgicas brazadas, ganábamos tierra de nuevo y regresábamos a veloz carrera al punto de partida para zambullirnos de nuevo a la corriente.

Aquí se daban algunas circunstancias que diferenciaba a los hijos de los pocos acaudalados del pueblo con el resto de nosotros. Los hijos de las familias acomodadas (pequeños ganaderos, comerciantes, profesionales) llegaban al convite portando bajo sus brazos, neumáticos llenos de parches, que compraban en el taller de mecánica del pueblo o que traían de sus casas, producto de algún recambio de los viejos carros de sus padres. Nosotros, no. Nosotros teníamos que aprender a nadar asumiendo todos los riesgos, poniendo a prueba nuestro valor y nuestro arrojo.

Otro motivo, al que todos apuntábamos, era que algunos jóvenes mayores de veinte años, visitaban los putiaderos y llevaban las putas del pueblo al “Anegao”, éstas con desparpajo se bañaban con trajes que la humedad volvía transparente y nosotros (la muchachada) podíamos verles sus tetas desafiantes asomadas en sus escotes. La verdad, no faltaba el joven mayor que con la prostituta osada se alejaban una veintena de metros del grupo y hacían el amor con el agua al cuello, bajo la observación curiosa de la chiquillada, que se imaginaba la acción completa adivinando calenturientamente lo que el agua tapaba.

Salir del “Anegao” camino a casa, se convertía en un ritual de oraciones individuales, donde cada chiquillo invocaba al santo de su devoción para que papá o mamá no sospecharan de la aventura pues se corría el riesgo de una azotaina, acompañada de reprimendas y castigos adicionales. Aquí se daba otra circunstancia que marcaba la diferencia entre los hijos de los acomodados y el resto de nosotros. Los primeros llevaban cajitas de Mentolín y se frotaban la cara y los brazos para quitarse lo que llamábamos la «mojosera», que no era otra cosa que la costra invisible del limo arrastrado por el río contenido en las aguas y que se nos adhería al cuerpo, por eso nos raspábamos con la uña una raya en el brazo para ver si teníamos la «mojosera», nosotros, el resto, sabíamos que debíamos sudar para quitárnosla, por eso trotábamos largo rato mientras soplábamos con fuerza en la mano empuñada para calentarla y ponérnosla en los ojos para que la irritación de la vista pasara y pudiéramos llegar a casa con los ojos claros.

Ahora las cosas han cambiado. Alrededor del pueblo se construyó un muro de contención (un semi afirmado en tierra) que nos protege de la inundación. Se ha perdido el incentivo, ya no van las putas, pero todavía van algunos muchachos, la verdad pocos, ya no compiten, ya no llevan neumáticos, ni mentolín, se perdió la magia de la aventura. Ahora juegan en Xbox y ven los partidos de fútbol donde juega Cristiano, Messi, James, Cuadrado y Falcao.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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