Opinión

La memoria languidece

Diógenes Armando Pino Ávila

29/06/2018 - 06:55

 

 

Nos dimos cuenta cuando el camión que iba a descargar los abarrotes en el depósito de al lado, reversando, derribó la mata añosa de trinitaria, que Ella con tanto amor había sembrado y cuidado por largos años. Esa mata florecida de rojo, le daba un encanto especial a la vieja casa de bahareque que había heredado de sus tías, dos solteronas que la escogieron entre siete sobrinos para criarla.

Todos los días, cumplía con el ritual de regarla y quitarle las hojas secas que tuviera, barrer la puerta de la casa y en una bolsa meter las flores muertas y hojas caídas de su trinitaria. El resto del día lo ocupaba en las labores cotidianas propias de una mamá de pueblo, cocinar, lavar, planchar y zurcir la ropa de sus hijos. Le conocí dos pasiones: cocinar con esa sazón especial, con esa magia que solo saben las madres amorosas, capaces de convertir el más humilde bocado en un exquisito plato de chef certificado para degustar el paladar de gourmet redomado. La otra afición era la lectura, habito extraño en un pueblo analfabeto, donde sus jóvenes escasamente terminaban la primaria. Ella había cursado hasta segundo en la escuelita urbana de mujer del pueblo, regentada por las Monjas.

Su lectura predilecta eran los asuntos bíblicos, en un libro gordo titulado “El Mártir del Gólgota”, otra de sus lecturas infaltables era la de la Biblia y años después en un viejo baúl de madera encontré Los cuentos de Canterbury, Las mejores oraciones de Gaitán, La Divina Comedia, varios folletos de poemas de Julio Flores, juan de Dios Pesa y otros poetas populares. Dentro de esos hallazgos me llamó mucho la atención algunos títulos de Vargas Vila, La ronda de las horas, El Minotauro, Aura o las violetas, entre otros.

Donde más notábamos el problema era en la cocina, cuando buscaba y nos preguntaba por el cucharón que decía «acababa de poner en la mesa o junto a la hornilla y que alguno había cogido», nosotros la mirábamos y nos reíamos hasta decirle que el cucharón lo tenía en la mano, entonces Ella rompía en carcajadas y festejaba con nosotros su olvido. Otro de sus olvidos frecuentes era el nombre de sus nueve hijos y estando uno cerca de Ella, para llamarnos decía casi que todos los nombres sin recordar el nuestro, y terminaba diciendo «Tú, muchacho, como te llames, ven acá», y como siempre estos episodios de olvido eran festejados por toda la familia y principalmente por ella. Estos casos de olvido se hicieron más frecuentes, pero ninguno en la familia le paraba bolas, pues nos habíamos acostumbrado a ellos, y eran tan pintorescos que ella y nosotros los contábamos como anécdota familiar. No sabíamos, no sospechábamos siquiera que un enemigo silencioso se apoderaba de la mente de mamá.

Ella casi no salía de casa, muy rara vez lo hacía y cuando salía era hasta la tienda de la esquina o cuando iba a visitar a un enfermo. Ese domingo muy temprano, como todos los días, llegué a visitarla, pregunté a mis sobrinos y me dijeron que se estaba cambiando porque iba a salir a visitar una amiga que estaba muy enferma. Como de costumbre pasé a la cocina, destapé las ollas y pellizqué un poquito de todo lo que había preparado para el desayuno, ésta era una costumbre que había adquirido desde que me casé e hice casa aparte. Ella incentivaba esa mala costumbre, siempre me preguntaba si había comido y antes de contestarle ya tenía el plato servido y mis papilas gustativas trabajando a mil, saboreando antes de tiempo el guiso o el estofado que me bridaba. Mamá entró a la cocina, me hizo la pregunta de rigor y casi que al segundo puso frente a mí un plato humeante que devoré con glotona satisfacción. Al terminar, cuando me bendijo y me dio el beso en la frente me di cuenta que el vestido lo tenía al revés, se lo dije entre risas y ella lo festejó como siempre y se devolvió al cuarto a cambiarse.

A pesar de todos estos episodios repetitivos, no nos dábamos cuenta de la gravedad del problema, hasta esa mañana de domingo en que el conductor del camión mercante, al ir de reversa a cuadrarse frente al negocio de abarrotes que queda al lado de la casa, derribó la mata de trinitaria que Ella había sembrado. Mi hermano mayor se dio cuenta, habló con el conductor y le pidió que cuando se fuera la amarrara al camión y la botara fuera del pueblo. Mi hermano se le olvidó comentarle a mamá este incidente y se fue para la calle.

Horas después de que el ayudante del camión ató a la carrocería el ramaje del árbol y se lo llevaron, mamá salió de casa hasta la tienda y al regresar no logró ubicarse, no encontraba o no reconocía su propia casa. La mata de trinitaria era el anclaje con la realidad de su mundo. A partir de ahí quedó perdida, y su memoria se envejecía aceleradamente olvidando todo, nuestros nombres, su pasado, su presente. Quedó perdida entre el mundo real y el del olvido sin poder salir de él hasta su muerte.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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