Opinión

Noches de cuentos y espantos

Diógenes Armando Pino Ávila

27/07/2018 - 06:20

 

Noches de cuentos y espantos

Vivir en un pueblo pequeño encierra algunos momentos de tedio y, para sofocar la pereza mental que ocasiona la modorra pueblerina, uno busca formas creativas de paliarla. Hace unos años, cuando Electricesar nos proveía la energía eléctrica a través de unas plantas de ACPM, la energía –cuando las plantas eran buenas– nos llegaba solo unas horas, de seis y media de la tarde a doce de la noche. Abundaban las ocasiones en que el horario se recortaba por falta de combustible. Era común estar sin luz una o dos semanas por daños mecánicos, hasta que la empresa mandara un técnico desde Valledupar.

Esas noches sin energía eléctrica, y por supuesto sin luz artificial, era disfrutada por unos y sufrida por otros. Los muchachos de ese entonces, estudiantes del recién fundado colegio de bachillerato, las disfrutábamos contando cuentos en el parque y tarde ya de la noche, salíamos en combos a poner serenatas a capella a las tímidas novias que acabábamos de enamorar en los pasillos del colegio.

Todas las noches no podíamos hacer lo mismo, por tanto, yo me inventé nuevas formas de disfrutar esas noches sin luz. Bajo el resplandor lechoso de la luna, caminaba varias cuadras a reunirme con ancianos para que me contaran historias y anécdotas de mi pueblo. Para mí era como asistir a un cinema, escuchar de esos ancianos las historias del pasado, las anécdotas de los personajes prestantes, debelar los detalles de la violencia en esa época aciaga que vivió Colombia por los años finales de los 40 y los 50. Me encantaba sobre todo visitar a Eliecer Romero y Los Hermanos Ramírez para escuchar sus historias de noches de tambora, por supuesto, visitaba a Mecha Carmona una anciana cantadora que sacaba los golpes de currulao y tambora en el fondo de un taburete de cuero y, a pesar de su ancianidad, me cantaba tamboras de antaño con una voz juvenil que me atraía por su entonación y sus dejos de cantadora del río.

Una de mis visitas especiales en esas noches de luna era a la casa de Quirry Cadena, un pariente lejano, medio sordo, uno o dos años mayor que yo, pero que había vivido todo el tiempo en el campo como mayordomo de fincas ganaderas o cuidando ganado en el playón; las visitas al primo Quirry eran especiales, pues siempre me llevaba una “galillona” de aguardiente y al calor de los tragos lo sonsacaba para que me contara cuentos de brujas, de los cuales él y Luisa, su mujer, tenían un amplio repertorio.

Quirry me contaba cómo las brujas en la media noche se posaban en el caballete de la casa donde él dormía y se dedicaban a lanzar carcajadas burlonas para asustarlo a él y a su familia; me contaba que una vez se despertó en un despoblado, desnudo y rodeado —según él— de «un puyal» de zarza impenetrable —su asombro al despertar fue mayúsculo, pues no había ingerido bebidas alcohólicas, y que juicioso se había acostado al lado de Luisa en un catre de piel de buey.

Quirry me contaba historias sin parar, siempre de brujas que hacían maldades sanas, pues «hay brujas de esas que sólo asustan por joder y hay las otras, las malas, que le dan bebedizos a las personas» —me decía.  Las brujas que le salían al primo Quirry eran brujas buenas, generalmente vecinas envidiosas o mujeres enamoradas de él, éstas no le hacían daño, solo se burlaban y lo asustaban. Me contaba que el susto mayor que recibió fue una noche en las calles de Tamalameque —me dijo—, no había luz como hoy, era domingo, y yo había salido a parrandear esa tarde, y cuando van a suceder las cosas, ese día me quedé bebiendo hasta tarde de la noche y más o menos a las doce y media salía para la casa, al cruzar por esa esquina que los viejos llamaban El Amazonas, se me atravesó una puerca negra, grande y gorda que no me dejaba pasar, yo, entre mi borrachera la echaba ¡ushe, uushe! —le decía —y caminaba de una acera de la calle a la otra y la maldita puerca se me atravesaba. De repente, me percaté que era una bruja y empecé a sentir miedo, iba a echarme a correr cuando recordé que uno de mis tíos me había enseñado la oración de San Silvestre y comencé a rezarla con fe: San Silvestre bendito del monte mayor, cuídame de brujas hechiceras y hombre malhechor (…)—riéndose me dijo—eso fue por ensalmo, la puerca negra salió disparada corriendo y marcó la curva de la esquina chirriando pezuñas.

¡Como añoro esos cuentos, esas noches para evadir la programación embrutecedora de la televisión!

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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