Opinión

Pueblos viejos y rejuvenecidos

Diógenes Armando Pino Ávila

10/08/2018 - 06:05

 

Pueblos viejos y rejuvenecidos
Calle de Mompox / Foto: Iris Castillo

Los pueblos, como las personas, nacen, envejecen y mueren, y como algunas personas, en su vejez tienen etapas rozagantes de rejuvenecimiento, bien sea natural o con los artificios de botica y tocador como diría El Tuerto López.

Lo cierto es que en algunos poblados vivimos sensaciones diferentes sobre la edad de los mismos, por lo menos en la costa Caribe colombiana tenemos múltiples miradas sobre las localidades, en algunos se siente la mano amiga de sus habitantes que, preocupados por dignificar sus viviendas, las mantienen arregladas, aseadas, con sus fachadas bien pintadas, sus calles limpias, dando una sensación de que el poblado tiene dueño.

En otras, además de la mano amorosa de sus hijos, está el esmero y la responsabilidad administrativa que permite implementar pavimentos, parques, colegios, sitios de recreación y, sobre todo, un crecimiento ordenado, que hace que el visitante note a primera vista que es un pueblo querido por propios e invita a ser querido y cuidado por los extraños.

En los dos casos citados anteriormente se puede dar que los habitantes sean amables, corteses, buenos vecinos, y excelentes anfitriones, donde visitar dicho poblado sea una experiencia agradable, que invita a regresar o a querer vivir en él. En otros, en cambio, el trato de sus gentes hace que el ambiente para el visitante se sienta pesado, tóxico y que desee salir rápido de ahí.

Es precisamente, estas circunstancias las que dan al visitante la visión de pueblo joven, sin importar la edad, o por el contrario envejecido y con una decrepitud espantosa. En los primeros, uno podría decir que pueblos de doscientos, trecientos o cuatrocientos años de fundados, son a la vista del visitante, poblados jóvenes o rejuvenecidos, son pueblos que, tal vez, como el personaje de la película “El curioso caso de Benjamin Button”, sufren, o mejor gozan, de un proceso de rejuvenecimiento permanente que denota el cuidado y la alegría con que sus moradores asumen la vida, son poblaciones prósperos espiritualmente, con riqueza intelectual, donde los colegios presentan ambientes de aprendizajes agradables, que hacen que sus jóvenes estudien y deseen ser más sabiendo más.

En otros pueblos, sus habitantes no son tan cuidadosos con sus viviendas, ni con el trato con sus visitantes, pero tienen administraciones que se desviven por hacer obras de infraestructuras que lo embellecen, en ellos uno nota enseguida que son pueblos que tienen la característica de las cincuentonas que se niegan a aceptar la edad y recurren a la “toxina botulínica”, aplicando Botox en las partes más maltratadas por el paso de los años. Esos mandatarios que quieren que sus pueblos sean bonitos y cuidados son escasos, pero los hay.

Hay pueblos con una riqueza cultural enorme que hace juego con su presencia y cuidado, donde el embate del tiempo no ha podido opacar su vivacidad, su belleza y su riqueza inmaterial, son precisamente esos pueblos de historia, de leyendas y nutrido anecdotarios que propios y extraños gozan en sus veladas y parrandas, son esos lugares donde uno quisiera volver y vivir varias veces los momentos de solaz en compañía de familiares y amigos.

Hay pueblos donde al llegar por primera vez, se tiene la rara sensación de haber estado antes ahí, hay un ambiente de misterio y de cálido regocijo que permite el reposo y propicia el pensamiento y la reflexión. Son pueblos sin bullicio, de gente acogedora, amigable. Son localidades que tienen sitios para visitar, generalmente hay espejos de agua, ríos o mar que por la belleza del paisaje incitan a la inspiración.

Sin embargo, hay lugares, donde el tiempo parece haberse detenido, donde las fachadas de las casas están derruidas, sin pintura. Donde las calles están llenas de baches y donde el tropel de la gente se siente como una agresión a los sentidos, son lugares donde uno quisiera salir corriendo para no volver jamás. Los pueblos merecen ser tratados con cariño, por parte de moradores y extraños, los pueblos deben ser mimados para que irradien vida y ganas de vivir con alegría. Dedica un tiempo a pensar en tu pueblo y promueve con tus vecinos jornadas que propendan por su embellecimiento y cuidado. El pueblo es tuyo, no de tu mandatario, de ti depende su ambiente y desarrollo.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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