Opinión
Cesarenses, pero no vallenatos

Que los pueblos de Gamarra, La Gloria, Tamalameque, Chimichagua, Chiriguaná y El Paso sean pueblos del río y la ciénaga no quiere decir que no hagamos parte del departamento del Cesar, negarlo sería contrariar una realidad político-geográfica que data de hace cincuenta años, cuando El Cesar fue creado escindido del departamento del Magdalena.
La mismo diría con los pueblos de Gonzalez, Río de Oro, San Alberto, San Martín, Aguachica, Pelaya, Pailitas, Curumaní, que también hacen parte del mismo departamento por obra y gracia de la política ya que también entraron a formar el departamento del Cesar.
El que pertenezcamos al Cesar y que como ciudadanos Cesarences nos reconozcamos como tal, y que por tanto tengamos en común el presupuesto, la misma administración departamental, el que, como a la mayoría de colombianos nos guste escuchar la música de acordeón y otras tantas cosas, no quiere decir que seamos vallenatos, ni más faltaba.
El que algún cronista de la época, probablemente, haya exclamado, mencionado o escrito que éste era “el país vallenato” no nos obliga a ser vallenatos. La cultura de estos pueblos dice otra cosa, dice tozuda y llanamente que no lo somos, indica a gritos que los de origen santandereano hablan, piensan, actúan y se comportan como el pueblo de sus orígenes, los santanderes. Sus comidas, sus gustos musicales, sus fiestas, sus santos, están ligados a esos departamentos de los que en la década de los 40 y 50s salieron huyendo de la violencia política cruel que los asolaba, pero que el legado cultural de sus mayores lo llevaron e implantaron en sus nuevos sitios de residencia.
Podemos sostener lo mismo con los pueblos de la ribera del río Grande de la Magdalena y alrededores de la Ciénaga de la Zapatosa, estos pueblos insertos en esa gran hondonada conocida como la “depresión momposina” tienen rasgos culturales, patrones de comportamiento, creencias y oralidad común a los pueblos del río, y que a pesar de estar estos cincuenta años compartiendo la política del departamento del Cesar, no por ello hemos perdido nuestra identidad, no somos vallenatos, somos cesarences eso sí, pero sin perder nuestra condición de hombres del río y de la ciénaga.
Tratar de imponernos el rótulo de vallenatos, pretender encuadrarnos en el tal “país vallenato” con el único argumento de que algún cronista, en el pasado lejano, haya sostenido que este territorio era “el país del valle de Upar” y que, por lo tanto, en términos presentes, es “el país vallenato” y que ello nos hace “sí o sí” ser vallenatos, me parece un despropósito garrafal y una pretensión de ego inflamado de imponer criterios ajenos a la cultura, costumbres y tradiciones de nuestros pueblos.
Sobre la imposición de aspectos culturales en contra de lo vernáculo, se ha escrito en forma nutrida y se ha demostrado hasta la saciedad que crea rechazo e inconformismo de parte de la cultura que tratan de desconocer y lapidar, no podemos aceptar pasivamente la manipulación cultural que busca invisibilizar la cultura de nuestros pueblos. Estos intentos deculturadores son nocivos, pues tratar de subsumir por la fuerza y el dominio a los pueblos anulando su cultura, es contrario a lo que la Constitución y la Ley prescribe. Casos hay a nivel mundial en que esos intentos de dominio e invisibilización de la cultura nativa basados en una mal llamada “unidad cultural” ocasionan reacción contraria: como sucedió con el Estado Español, el Imperio Ruso o la Gran Alemania.
Es necesario reconocernos en la diversidad, en el respeto de la cultura de cada pueblo, reafirmando al Departamento del Cesar como un departamento pluriétnico y multicultural, que busca la unidad a través del respeto y el reconocimiento de las diferencias. Sin pretender el sometimiento cultural de ninguno de sus componentes humanos.
Nota: Ya estamos en mora de reformar el himno del Cesar, que en su letra es más el himno de Valledupar que del departamento, pues nos excluye y no nos reconoce como pueblos.
Diógenes Armando Pino Ávila
@Tagoto






