Opinión

Desde “El cielito” del Loperena

Alberto Muñoz Peñaloza

10/12/2018 - 07:10

 

Desde “El cielito” del Loperena
El colegio Loperena en Valledupar / foto: archivo PanoramaCultural.com.co

Hay ocasiones especiales en la vida, decisivas y dejan una impronta en el corazón, se tornan vívidas para siempre. Esa mañana de 1968, ingresé como muchos muchachos y adultos al Colegio Nacional Loperena, a presentar mi examen de admisión para iniciar el bachillerato. La nostalgia de ateneista me acompañó desde la casa y ya ubicado respondí con alegría, entusiasmo y tranquilidad cada una de las preguntas del cuestionario. Días después confirmé mi condición de admitido en la lista de calificaciones publicada en la cartelera principal. Me sentí honrado, victorioso y, a la par de mis hermanos Rodrigo, Álvaro e Ismael, quienes ya lo habían logrado.

Y fuimos al primer día de clases con, las brisas nuevas de 1969, la expectativa del corroncho que se acerca a la ciudad, en ese ir interminable, del portón por la 16A hasta el nuevo salón, en el ala derecha, y hacia pocas habitaciones del profesorado. Luego de ubicarnos arribó el primero de todos, el profesor Luis Zequeda “Tio Lucho”, de andar pausado, con la fumarola en acción y su sapiencia, profundo conocimiento y destreza, en el arte de enseñar las matemáticas. Tuvimos la fortuna de contar con el majestuoso Jaime Gómez, en español y vino la tortura para mí, con la licenciada Nimia Ureche, en estética, caligrafía y otros. A partir, del primer momento, se produjo un nudo emocional muy fuerte con William Barón Larrazabal “él nuncio” y Santander Araújo “el chueco”. Fuimos recibidos por la amabilidad de Ivan Morón Cuello y con Ricardo Douglas, conformamos un grupo fuerte en fútbol y en rendimiento escolar.

El paso de reclutas nos llevó en 1970 a encontrarnos en segundo bachillerato con profesores como Pedro Araújo, a quien distinguíamos con el apelativo de Tio Pello, Colacho Diazgranados en inglés y la tripleta que admirábamos en educación física: Roberto Campis, Jaime Rivas y Siervo Saul Quiñónez. Ya en tercero, el complique fue mayor: no se conoce brigadier, ni almirante ni mucho menos general, con el rigor del profesor Armenta, en geometría; el profesor Riascos en Álgebra, Carrillo el cienaguero en Biología, el padre Florez en Religión y el profesor Ahumada, en historia. Ah tiempos.

Durante esos años, la avena de Franco, todo un manjar hecho pudor -cuando se mencionaba que nunca acababa porque en el fondo del tanque yacía una calavera que “oía el cuento”-, fue la mejor avena de todos los tiempos. Ni el rostro, de pistola sin atascamiento, del señor López, nublaba la calidad de esas panochas únicas que pudimos degustar entonces. Tiene razón mi amigo Gustavo Morales, inolvidables las empanadas de los chocoanos, con su picante peculiar.

Practicar deportes, como el fútbol, basketbol, Ping pong, pese a las carencias y dificultades, apreciar la calidad de jugadores como Julio Monsalvo Castilla, Eutimio Rodriguez, Tataca Monsalvo, Alvaro Muñoz Peñaloza, el Chiche Maestre, el pollo Jairo Martínez, entre otros; degustar los torneos de basketbol con Chente y Lucho Rodriguez, Calleja, José Jorge Dangond, Miro Jiménez, Oscar Hinojosa, los hermanos Soto, sin desconocer la perseverancia de Rafa “el cabezon” a quien varias veces se le vio encestando balones un 31 de diciembre, a Las nueve de la noche; la finura atlética de Arrancayuca; Justo Garantiva y Guinda guinda en sóftbol, Monche Duque, mi hermano Ismael y el Mocho Duran, en tenis de mesa; tuvimos una biblioteca en la que perfilamos nuestro maridaje eterno con la lectura, y el ejercicio de la intelectualidad, el dolor ante la injusticia y las ideas al servicio de la causa, entre otros émulos: Evelio Daza Daza, Jaime Araújo Rentería, Raulito Martínez Martínez, José Francisco “el pelú” Ramírez, Casto Socarras Reales, Efrain “el mono” Quintero, Alberto Quintero, los hermanos Quintero Romero, Álvaro Morón Cuello, Rafael Gutierrez Rodriguez, Angel Vega, Aníbal “el Ñego” Ariza, Alvaro Yaguna y más.

 Tuvimos ocasión de afinar el paladar cultural con Nicolás Maestre, Juvenal Daza, Leovedis Martínez, William Figueroa, José Hernandez Maestre, Nicolás Maestre, Rafael Orozco, Daniel Parodi, entre otros. Como ya habían pasado por allí, comprobamos con el tiempo, los cimientos adquiridos en el Coloperena por, el médico reumatólogo y científico, Rafael Valle Oñate, el siempre recordado Anaurio Manjarrez, el médico neurocirujano Álvaro Amaya Corrales, como muchos cuya luz ilumina el campo realizacional terrenal. José Maestre Aponte, por cuya “flaquencia” lo llamaban muslo e’ pollo pero hoy día tiene cuerpo de pesista, Jorge Luis Armenta y el Cuchi Perez, brillaron con luz propia. Por sus aulas pasaron los maestros Poncho Cotes, Rafael Escalona, Emilianito Zuleta Diaz y la cacica Consuelo Araújo Noguera.

Por encima de crisis, dificultades mayores, necesidades y el desdén de ex alumnos, la Institución Educativa, Colegio Nacional Loperena, se mantiene firme y cada día incrementa los buenos resultados en materia de pruebas al tiempo que evidencia una sabia, como recia y disciplinada conducción que nos lleva a rememorar los tiempos del rector Pretelt Naranjo. Honor a nuestro querido centro educativo y felicitaciones a todos sus profesores, estudiantes y servidores.

Ese caserón, como cariñosamente lo denominan algunos, fue declarado Bien de Interés Cultural, el el grupo de Patrimonio Material, Inmueble, mediante Ley 93 de 1993, depositario de una parte significativa de la memoria cultural, educativa, deportiva y humanistica de Valledupar. Epicentro de sueños y propósitos, punto mágico en esta tierra de magia y anfitrionismo, igual de desafiante, al cielito, esa aula callada, fría, apartada y elevada, la más alta de la sede del Coloperena, de la cual me “echó” de su clase, un día de recocha breve, el inolvidable profesor, Gerardo Mancilla, diciéndome con voz ronet “ey Muñoz, te vas, busca tu charco babilla, ubícate en una piedra debajo del uvito al lado del portón; donde me sitúo mentalmente para escribir estas notas. El Loperena es a Valledupar lo que la Nacional a Colombia. A pesar de los cambios, del erosionamiento de la convivencia social sana, el Loperena sigue firme como siempre y es Emiliano, quien nos lo recuerda, con sus versos:

“(…) ya no es el Valle… ese, que conocí aquel día

Cuando en el Loperena…ay, lo comencé a querer

Yo era un muchacho, que a vece’ amanecía

Tocando serenata, subido en un anden

Ya no se puede tocar por la calle

Así como anteriormente se hacía

De cualquier parte un disparo nos sale

Ya uno no vale lo que antes valía

Aquí ninguno responde por nadie

Este es el plato de todos los días (…)”

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

3 Comentarios


Enrique José Pereira Oñate 20-12-2018 10:56 PM

Excelente remembranza del mítico, insondable y eterno Loperena; recordé mi paso por sus aulas entre los años 79 a 86 y claro la memoria de mi padre: Aurelio Pereira Manjarres, Médico por más de diez (10) años de nuestra Alma mater

Nasser Jalaff 21-12-2018 07:11 AM

Excelente articulo Alberto soy Neurologo egresado de esa gran institucion siempre estaran en mi los inolvidables momentos grandes amigos y sobre todo la inmensidad de conocimiento que adquiri gracias a mis valiosos profesores. Loperena es tierra fertil para lo que somos semillas con ganas de crecer. Un abrazo

WDITH GUTIERREZ RODRIGUEZ 25-12-2018 12:21 PM

Excelente artículo el de Alberto Muñoz.No se puede nunca olvidar tantas enseñanzas aprendidas,que marcaron una guía.para la vida personal y profesional.Además de Riascos tambien estubo de Profesor de Geometría el Profesor Orozco,quien me marco inspiracion para la medicion de areas.Me es grato recordar que por mi desempeño,como estudiante estuve becado tres años.

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