Opinión

El que se fue y el que llegó

Diógenes Armando Pino Ávila

11/01/2019 - 07:30

 

El que se fue y el que llegó

Se fue el año 2018, para algunos colombianos dejando algunos triunfos, nuevos empleos, algo de prosperidad, nuevos amores, y qué sé yo cuántas cosas agradables más dignas de recordar y de contar en este 2019 que recién comienza. Para otros: por fin se acabó este desgraciado año; tal vez trajo desazón, rencores, abandono, corazones rotos, ilusiones destrozadas, sinsabor de la derrota y otras amarguras inconfesables. En cambio, muchos harán un balance de medio pelo, de altibajos, de comportamiento neutro, de no haber obtenido grandes triunfos, pero tampoco grandes derrotas.

Sea cual fuere el balance del año que pasó, es bueno reconocer que, sea como sea, sobreaguamos la mayoría de los colombianos, en un país que ha retomado el curso convulso y violento de las muertes, las masacres y la barbarie; hay que reconocer que, a pesar de todo, sobrevivimos en un país donde comienza a escasear hasta la vida, puesto que es segada sin compasión ninguna en los pueblos y ciudades por cuenta de una inseguridad galopante que amenaza la tranquilidad de los ciudadanos, sin que haya fuerza institucional que la controle.

En los campos y regiones apartadas pasa lo mismo, allí es cercenada violentamente la vida de los líderes sociales por una «mano negra» que muta con nombres diferentes por cada asesinato que comete, mientras la prensa y el gobierno esconden entre líneas el estado de barbarie que campea por campos y ciudades, vendiéndonos la idea de que Venezuela está peor que nosotros, ocultando, no solo el sol, sino el sistema planetario y tal vez la galaxia entera de la corrupción que carcome a nuestro amado país.

La prensa no registra, y si lo hace justifica las muertes de los testigos del caso Odebrecht, como si morir envenado por cianuro, fuera una moda exclusiva para los testigos del caso de la multinacional brasileira. Cómo si los condenados por los actos más sonados de corrupción implicados en la contratación estatal fueran angelitos buenos que deben estar en el hogar arrullados bajo el cobijo seguro de su riqueza mal habida y amparados en un confort que da la seguridad de los miles de millones de pesos sustraídos de mala fe del Estado.

Una prensa que magnifica la entrega de veinte millones de pesos a Petro por un préstamo para la campaña, y minimiza los miles de millones de Reficar, Odebrecht, los puentes caídos, los parafiscales de Fedegan, y tantos otros escándalos que le señor Fiscal, el gobierno y la prensa se ven en calzas prietas para tapar. Mientras tratan de opacar descaradamente los resultados de encuestas que dicen que el señor presidente Iván Duque registra el peor porcentaje de credibilidad que presidente alguno, por malo que fuera haya tenido en el país; pero sostienen que es caída pasajera. Grotesco, por así llamarlo, que el diario El Tiempo declare al señor Néstor Humberto Martines, como el colombiano del año, en una desfachatez del tamaño de una catedral, ya que la percepción general es la de que es un individuo que no hace bien su papel y que juega con cartas marcadas en el equipo del Grupo Aval.

Sin embargo, al terminar el año 2018 nos llenamos de nostalgia y nos dejamos llevar por esa corriente atávica que la humanidad ha sufrido desde siempre, cuando se pasa de una época a otra, de cuando el hombre primitivo veía con temor los eclipses y los rayos. Si, en ese atavismo unos tomamos la nostalgia y escuchamos llorosos los villancicos y los 50 de Joselito mientras que otros esperaron el Año Nuevo llenos de alegría y expectativas, lanzando memes por las redes donde se reivindicaba la parranda con frases como: «En diciembre todos los días son domingos» y preparaban, o mejor, vaciaban sus bolsillos en compras de objetos superfluos, creando necesidades que no tenían, pero que querían tener, esperando que con eso su círculo cercano le diera reconocimiento.

Esto ya es un hecho irreversible, de nada sirve llorar sobre la leche derramada, solo nos queda el propósito de luchar por mejorar nuestro entorno, por superar nuestras falencias y sobre todo de abrir los ojos hacia una realidad de país que han tratado de esconder a nuestros ojos. Por último, pedirle a los columnistas y caricaturistas de los periódicos de circulación nacional que paren esa discusión bizantina de los tibios, pues en un país como el nuestro esa tibieza mata, arruina y aniquila a nuestro pueblo. Que ojalá sigan teniendo la valentía de llamar las cosas por su nombre y que condenen lo malo, sea de izquierda o de derecha, pues la ideología no mitiga ni debe banalizar el delito.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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1 Comentarios


Néstor Robles Miranda 11-01-2019 09:13 AM

Es la vida, la individualidad con las diferentes maneras de ver las cosas, lo que hacen que la imaginación del portador exprese libremente su pensamiento para hacer público una realidad del constante vivir. No hay nada distinto a lo cierto.

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