Opinión

Re-humanizar el centro de la ciudad

Alberto Muñoz Peñaloza

23/01/2019 - 08:25

 

Re-humanizar el centro de la ciudad
Calle del centro de Valledupar / Foto: Joaquín Ramírez

Mucha agua ha pasado, bajo los puentes, desde el feliz momento en que el querido y recordado compositor, cantante y narrador, Rafael “Wicho” Sánchez Molina, vertió en versos sencillos y memorables su angustiosa búsqueda de aquel capuchón que lo cautivó en el salón central y, luego de tener asegurado más que el polvo de la maicena, el prolongamiento de la incipiente relación se le escapó de la casa del comodisimo “Pibe Felizzola, a la cual regresó para recoger sus pasos y fue a parar al río guatapuri, donde sin presiones y el con el dolor del amante burlado, le puso fin a la banda borracha, canción que le dio “la vuelta al mundo” y sigue dándosela, convencidos, quienes la escuchan, que la referencia principal es el “temple” orquestal y no la pena de amor, a primera vista, del cantor del Cañaguate. Los primeros versos grafican la columna “vertebral” del centro de Valledupar:

Caminando por la calle del Cesar

De arriba’bajo de abajo a arriba…

La recuerdo sin pavimentar, con variedad de piedras y, por fortuna, no se contaba entonces, con la presencia física, transformada en mítica con el paso de los años, de don Jacobo, el gran chorrobalin. Allí, servía la Niña Triny, uno de los mejores petos en la historia de la humanidad, se intercalaban comercios variados: la esquina lasting o del aviso al revés, la farmacia central de los hermanos Serrano, el hotel Arauca de Pio Contreras, los almacenes de los hermanos Chinchilla, el bar palatino, el entonces Banco de Colombia, en “moderno” edificio de la época, cacharrería La Sorpresa, del viejo Rubén Carvajal, fuente primigenia de la capacidad emprendedora de Rey y Ava Carvajal, el merenderito, más abajo hacia el viejo mercado, García Hermanos, el almacén Eternit de Orlando A. López, la esquina de don Pacho, la estación de transportes Bolivar y Rápido Ochoa, el estacionadero de culebreros, indígenas del Putumayo, lectores de la bola de cristal, magos de la pimientica, hechiceros y gitanas, y los infaltables “artistas” del paquete chileno, con su corte infaltable de calanchines y caletreras, la cacharrería Valledupar, de Rubén Carvajal hijo, la zona Aramendiz y, ya de subida, el almacén La Fe, del viejo Enrique Díaz, legado a sus hijos, en especial al floreciente Enriquito, la casa inglesa-texaco- y La Viña, salsamentaria enorme para lo que éramos como pueblo, con la cual Dios, y el inestimable Colí Botero, premió a Valledupar, Singer, Leónidas Lara e Hijos, concesionario de los jeeps willys, el añejisimo Rey de los bares, la distribuidora del Cesar de Manuel Pineda Bastidas, la ferretería El Yunque, del decentísimo para el cobro Yayo Ustáriz y, ahí mismo, los jugos mágicos de la recordada Tirsa, calzado la corona y mesace, el punto de encuentro social la bolsa y el paisaje multicolor asomándose desde el patio de la matrona Paulina Maestre de Socarras: ciruelas en todas las tonalidades, nísperos y variedad de aves, pajaritos y ruiseñores que llegaban “a nutrirse”.

En comparación con otras áreas de la ciudad, sin desconocer la visión de ciudad cuando el Alcalde Jhonny Perez Oñate, edificó el centro “calle grande” con parqueadero elevado, poca atención ha tenido el centro de la ciudad, pero los gobernantes que obraron de manera excepcional, ganaron un puesto de honor en la recordación y en los meandros sublimes de su propia consciencia porque contribuyeron -en grado sumo- al crecimiento organizado de la ciudad y a preservar el orden, la memoria colectiva y el bien estar de quienes concurren diariamente a ese sector prioritario, vital e histórico y determinante para el ejercicio comercial, cultural y turístico.

Desde la elección popular de alcaldes, fue Rodolfo Campo Soto, quien puso la plana, con el Plan Centro, que lo humanizó: microclima acogedor, con arborizacion prudente, bancas, faroles y más espacio para peatones, paisaje encantador y ordenamiento vehicular y de transeúntes. Siguió el Alcalde, Aníbal Martínez Zuleta, quien no sólo continuó el Plan Centro sino que concibió y dio al servicio la galería popular, con lo cual los vendedores ambulantes fueron ubicados allí, lográndose mayor organización, aprovechamiento total de la zona peatonal y facilitación a comercios, clientes y a quienes ejercen autoridad, para el cumplimiento de su propósito. Fredys Socarras Reales, le puso freno al desorden originado por la afluencia de mototaxistas, el caos reinante, a partir de medidas idóneas: prohibición de circulación de motos, control policivo y campañas inductivas y de persuasión, lo que permitió la disminución vertiginosa del ruido, ordenamiento vehicular y flujo armónico de personas, disminución significativa de la actividad delictiva. Y durante dos años, dispuso la peatonilazacion de la calle del Cesar y de la calle 16B, con lo cual se demostró que, más temprano que tarde, su aplicabilidad será permanente, con aumento de ventas, del número de visitantes y con la realización de actividades culturales y oferta gastronómica, más allá de la habitual, en una especie de centro comercial popular, y no por ello huérfano de orden y de atención y servicio al cliente, de calidad. Merecemos eso y más.

El alcalde, Augusto Daniel Ramírez Uhia, ha mantenido la norma y ha hecho esfuerzos, como la contratación de gestores de tránsito, ha optimizado la operatividad de los agentes municipales de tránsito intensificó, en 2017, el diligenciamiento de acciones conducentes a mejorar la seguridad en esa zona, como en la territorialidad municipal, para lo cual logró la concurrencia de directivos de la Policía Nacional y del entonces Vicepresidente de la Republica, General Oscar Naranjo. No obstante, el ruido imperante que estremece, la sensación de desorden por el cúmulo de vendedores ambulantes y la lentísima, por desarticulada, movilidad vehicular, la percepción de inseguridad y la monotonía paisajística, demandan mayor atención en procura de restablecer la normalidad y fomentar la agradabilidad colectiva, como epicentro del propósito institucional de convertir a Valledupar en destino turístico, para nunca dejar de volver.

Durante las últimas décadas, no ha logrado la Alcaldía Municipal, destrabar y eliminar para siempre, el nudo gordiano que bloquea el punto de ebullición, cinco esquinas, por la irracionalidad de los conductores de busestas, que en guerra de tiempo y de pesos, se estacionan donde quieren, congelan la movilidad, en especial durante las horas “Pico” y más desde las cinco de la tarde, sin que haya poder humano, ni policial, que lo impida. Así, se desvirtúa el ejercicio de la autoridad y se horizontaliza el despreciable mensaje, subliminal pero imperante, de que “cada quien hace lo que le viene en gana”.

Todavía hay tiempo para que las lecciones aprendidas en Curitiba, anunciadas con vehemencia y ofrecimiento de soluciones, sean aplicadas por la administración municipal, de manera urgente en el centro y en la calle del Cesar, como decantadores de la circulación peatonal, vehicular y conductual, que seguramente aumentará, de manera ostensible, tan pronto como sea dada al servicio la nueva Plaza Alfonso López, a partir del mayor número de personas que, se espera, la visiten para disfrutar su humanización y las nuevas condiciones físicas, culturales e históricas, de acuerdo con los anuncios del gobierno municipal, obra que es fruto, en lo financiero, del buen entendimiento del alcalde y el gobernador Franco Ovalle Angarita.

Tardear por la carrera séptima y sus vías aledañas, es un placer que, como en la canción de Tavo Gutierrez, nos da la vida. Por cierto, en la calle del Cesar, se consiguen los mejores chuzos del Valle. ¡Eureka!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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