Opinión

Desde el alma del pueblo

Diógenes Armando Pino Ávila

08/02/2019 - 04:40

 

Desde el alma del pueblo

Estar leyendo o escribiendo la mayor parte del día hasta altas horas de la noche o como dicen en mi pueblo “no haciendo nada”, me obliga a cambiar por ratos de actividad, y como “no hago nada”, cambio de actividad leyendo la prensa, viendo los noticieros, visitando las redes, Facebook, WhatsApp, Twitter, Instagram, visitando blog, canales de YouTube, en fin, “no haciendo nada”; en ese “no hacer” me encontré con un video donde Aida Bossa, con el tono natural de su pueblo, exalta con su actitud lo que significa ser de pueblo.

Ese video y la expresión sencilla y sin afeites ni pretensiones intelectuales de Aida Bossa me llevaron, contrario a los comentarios y la exaltación chistosa que se hacían en las redes, a pensar sobre el pueblo donde nací y donde vivo. Este pueblo, donde tuve la fortuna de nacer y tal vez, donde nacieron algunos de los que leen este texto, tienen un encanto natural que se ha ido perdiendo con el paso de la modernidad tardía que ha penetrado y sigue irrumpiendo en nuestras vidas pueblerinas.

En estos pueblos pequeños, nos conocíamos unos a otros, sabíamos de las familias de los demás, de sus vidas, de sus problemas y felicidades, éramos pueblos de gente cándida, generosa y efusiva que vivía en permanente abrazo de hermandad, donde los niños rompían las barreras sociales, porque sus amigos eran sus amigos y lo eran todos los niños del pueblo, porque asistíamos al único colegio e íbamos a la misma iglesia los domingos, porque la mamá o el papá del uno era el padrino del otro, porque éramos vecinos, porque hacíamos la tarea escolar en la casa del otro y a la hora de comer comíamos en la misma mesa, porque mi familia pasaba el día acompañando al vecino en solidaridad por la muerte de su ser querido, o porque tu familia visitaba mi hogar en la fiesta de cumpleaños, bautizos o matrimonio de alguien de la mía.

En estos, nuestros pueblos, correteábamos “a pie’pelao” por el vecindario y en las noches jugábamos a La libertad, al cacho, la lleva, la nonina, y un sinfín de juegos y rondas infantiles o escuchábamos de boca de los abuelos todo ese imaginario de la oralidad que nutrió nuestra cultura, en esos pequeños pueblos donde pululaban en las noches las leyendas y donde tomaban materialización corpórea los espantos. En esos rincones del alma donde se enamoraba con papelitos y se ponían serenatas con boleros. Esos poblados donde nacimos y vivimos y que se anidaron en nuestros corazones, la modernidad los ha invadido, sus gentes han perdido la candidez, la solidaridad y el calor de hermandad que antes se vivía.

Nuestras gentes han entrado por la moda de convertir a nuestros pueblos en remedos de ciudades, han acabado con los parques de árboles y yerbas donde nuestros mayores departían como un comentadero público a plena luz del día, para montarlos en concreto sin árboles, un peladero donde solo se puede llegar de noche, porque las inclemencias del sol de la costa ahuyentan a la gente de estos parques de ahora. El romanticismo de nuestras calles, sus leyendas, sus sitios, han sido desterrados, dando paso a bares y cantinas en los barrios residenciales, se acabaron los sitios de bailes de fines de semana y se dio paso a discotecas, la fiesta colectiva de los Pick Up donde la gente conversaba y se divertía como pueblo pasó a ser la de la discoteca donde cada grupo se divierte aislado en comunicación con el otro.

Estamos dejando de ser pueblos, nos estamos convirtiendo en remedos de ciudades, la línea arquitectónica se está perdiendo, demuelen las casas antiguas sin saber que es patrimonio cultural de la localidad, en nuestro caso, las casas antiguas tenían en el frontispicio el nombre de sus dueños y el año de su construcción, como una impronta de distinción y poderío económico de la familia, ahora, al cambiar de dueño, lo primero que hacen es destruir las letras de esa impronta, acabando con esos vestigios históricos que pueden guiar al historiador, al sociólogo en la investigación del pasado de esas localidades.

Sí, estamos dejando de ser pueblos, estamos dejando de ser nosotros, para convertirnos en esa masa informe que genera la modernidad, sin saber que, de seguir por ese camino seremos devorado por la vorágine insaciable de la globalización y andaremos por el mundo como seres anónimos, sin historia y sin cultura y no tendremos regreso a expresar como Aida Bossa «desde las compueitas del adma» ese grito alegre y fiestero de «¡La gente, la gente de’ pueblo gueijee!».

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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1 Comentarios


Juan Jose Lara V. 08-02-2019 12:23 PM

Usted estimado amigo siempre me sorprende. Que hermosa forma de desmenuzar la perdida de identidad que viven nuestros pueblos.

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