Opinión

La fuerza irresistible de creer

Alberto Muñoz Peñaloza

12/02/2019 - 04:50

 

La fuerza irresistible de creer

 

Para el que cree todo es posible. “Jesús le dijo: —No digas: “Si puedes hacer algo”, todo es posible para el que cree” (Marcos 9:23). Creer es poder: “El alcance del acto creativo trasciende siempre al creador, revelando el potencial ilimitado de creer en lo que para otros no es posible. El creador va a tientas, disfrutando del camino en la penumbra, presintiendo la luz y amándola, innovándola, recreándola antes de verla. Sabe que incuba la vida aunque no tenga ninguna evidencia, sabe de las certezas de la incertidumbre, el creador experimenta más allá de las fronteras de la razón y los sentidos. Sabe sin conocer, siente sin tocar. Se rinde y gana. Renuncia y posee. Ama el vacío porque conoce de su plenitud. No teme de la sombra porque la sabe madre de su luz.”

Me cautivó aquel cieguito que se situaba, durante menos de un año, desde las siete hasta las nueve de la noche, a un lado de la taquilla del teatro San Jorge. Tocaba la guitarra, se acompañaba con la dulzaina incorporada y cantaba hermosas canciones por “lo que le dieran”. La víspera de año nuevo, del maestro Tobias Enrique Pumarejo, la cantaba con amor, entrega total y sembraba nostalgia, todo lo cual anidé, para siempre, entre mis mejores recuerdos.

Cualquier día me encontré de frente, en la plaza Alfonso López, con unos músicos, cuya maestría era evidente y quien cantaba era ciego, como decíamos entonces. Esa tarde conocí a dos grandes: Toño Salas y Leandro Diaz. Interpretaron un par de canciones, a manera de ensayo, debajo del palo e’ mango y se fueron para donde iban. Quise preguntarles si eran familia del cieguito del San Jorge, pero preferí callar y pensar que si no eran los unía la capacidad de hacer mejor lo que otros hacían regular a pesar de “ver” con sus ojos. A la semana siguiente hubo una fiesta en la casa de la señora Rosa Orozco, en plena avenida Pecastro, con la amenizacion musical de Los Playoneros del Cesar, se lucieron como siempre hasta, las once de la noche, que mi condición de muchacho me permitió verlos, por deferencia de José Alberto Orozco y su “gallada”. Miguel Yanet, cantó con su voz de trueno, el mal herido, ganándose los aplausos de invitados y “mirones”. Me le acerqué al querido Villo y le pregunté que si esa canción era del cantante, “no esa es de Leandro Diaz, hombrecito que compone bien y es ciego de nacimiento”.

Cuando el Festival de la Leyenda Vallenata ya tomaba fuerza, se presentaron, en la categoría de aficionados, Marcial Luna y su hermano Eugenio, ya ciegos. Marcial fue declarado “fuera de concurso” en 1971, el año siguiente ganó el segundo puesto en la categoría semiprofesional y, segundo también, en el concurso de la canción inédita, superado solamente por el gran Camilo Namen Rapalino, quien ganó con “recordando mi niñez”. Los dos hermanos perdieron la vista y lo atribuían a un “castigos de Dios” porque sus padres contrajeron matrimonio sabiéndose primos hermanos. Años después me emocioné muchísimo cuando la queridísima vieja Hilda Suarez me contó que fue con Marcial, precisamente, con quien, el magistral, Omar Geles, aprendió a tocar el acordeón y deduje que, a lo mejor, su hermano Juan Manuel, también aprendió con él a componer canciones.

En una de las muchas parrandas, a las que me acercaba para vivir eso que me gustaba tanto, vi algunas veces a “Los guapachosos del Cesar”. Eulogio el cantante, se fajaba siempre con “matica de toronjil”, la piña madura, charanga campesina de Calixto, el saludo, de Lisandro Meza; la luz: “yo tenía una luz, que a mí me alumbraba, y venía la brisa, fua, y me la apagaba”. Al preguntarle por “la luz” me explicó que esa canción la interpretaba un dominicano. Me llamó la atención, averigüe hasta el cansancio y supe entonces que se trataba del “cieguito de Nagua”. Pereira González Alvarado, nació el 10 de enero 1947 en el pueblo dominicano llamado La Jaguita, Cabrera (en la región noroesta de la República Dominicana). Nació ciego con una familia modesta de diez hermanos y hermanas. Sus padres le animaron a seguir su interés en la música –quizás porque la música era una de las pocas oportunidades para un persona ciega. Bartolo, como llamaba, primero aprendió a tocar la tambora. Pronto estaba ganando un poco de dinero tocando con un show de magia viajante. Pronto aprendió a tocar la armónica, que a menudo remplazaba el acordeón en la República Dominicana por ser más barata. Finalmente, a la edad de 7 u 8 empezó a tocar el acordeón. Su gran oportunidad fue cuando en 1966, Radio Nagua, una estación de radio regional, le invitó a presentar un show semanal en vivo. Para dos horas cada domingo, Radio Nagua emitía El Ciego de Nagua y su conjunto por toda la región. Pronto recibió un contacto con un sello discográfico. Su primer éxito “María”. Por consecuencia, luego se casó con una mujer llamada María, aunque no la conocía al tiempo que grabó la canción. Su éxito más grande era en 1973 con su interpretación de “La luz” (o “El Fua”) por el arreglador puertorriqueño Alfonso Vélez. Esto le estableció como uno de los músicos más populares de merengue típico en la República Dominicana. Hoy en día, todavía toca localmente en la República Dominicana e internacionalmente.

Y en la casa del parranderisimo, Héctor Arzuaga Freite, el novel Poncho Zuleta cantó “caño lindo”, en plena parranda y mereció aplausos a morir. De inmediato se refirió al compositor, “es de Adriano Salas, muy bueno, es ciego como Leandro.” Esa noche no podía dormir, imaginándome a ese otro ciego, compositor igual que Leandro, cómo hacen, para componer, me preguntaba. ¿Se enamoran? ¿Y cómo miden el sentimiento cuando la mujer les dice que no. ¿Se enamoran sin cruzarse miradas con la geva? Recordé, sin esfuerzo, a la cieguita Lucy Gonzalez, cantante del combo Orense, de Antolin Lenes, muy conocidos en nuestra tierra por sus presentaciones, en carnavales y a veces en diciembre, en el club campestre Brasilia, de don Delio Cotes. Intérpretes de canciones inolvidables: Sonia, la tabaquera, fiesta y cumbia, lunita primaveral, la yeguada, oye mi voz, la vaca prieta, las vueltas de Pello, la aventurera, entre las más.

Fue el inolvidable Beto Reales Castilla, figura primigenia de la locución Vallenata, artífice de las buenas maneras al servicio del gusto popular y presentador insigne en el gran salón Central, hombre de bien, persona noble y servicial, como su progenitora la gran Fina Castilla; sí, fue mi tocayo quien me indicó alguna vez, en mis primeros lustros, que la canción “feliz navidad”, recién salida entonces, era de Cheo Feliciano, el puertorriqueño. Quedé en la luna, pero me lo explicó bien: “este es el ciego, Jose Monserrat Feliciano Garcia, músico, cantante y compositor, considerado un duro que más adelante se consagrará. El es el de la “copa rota”.

Con el paso del tiempo tuve oportunidades y conversé, muchas veces, con el maestro Leandro Díaz, gracias a lo cual llegué a quererlo más, me solacé siempre que lo escuchaba, con alegría e interés, porque fue un hombre práctico, consciente de sus limitaciones, pero seguro de su potencial y confiado en sus fortalezas. Sus versos, como el de “cuando Matilde camina, hasta sonríe sabana”, fueron sobrios en el interés de agradar, pero abundantes en finura, galanura y certeza, para expresar sus sentimientos, para comunicar dolor, alegría o tristeza, para transmitir esperanza, confianza o canalizar el dolor del alma. Le cantó a la pena e hizo del dolor, de la estigmatizacion, de su “incapacidad” y de las limitaciones sobrevinientes, un caudal de fuerza interior, un océano de autoestima y pasión irresistible, que lo catapultaron victorioso ante el desafío de superar la barrera de la “discapacidad”. Cualquier complejo termino pulverizado por la seguridad de sus versos y la belleza, poética, melódica y precisa, de su inspiración. Autor de cantos emblemáticos y habilitador de estrofas certeras, como la de la canción, “los tres amigos”, dedicada a su amigo, nuestro querido viejo Emiliano Zuleta, en sus mejores tiempos: “son tres amigos que saben, de la vida de Emiliano, los demás se han alejado, como perfume en el aire. Se marchó invicto y nos dejó a Ivo Luis, su continuidad y el divulgador, musical y narrativo, de su portentosa obra. Como legado, un gran racimo de canciones, con diversidad rítmica, temática y disfrutables al punto.

Cuando paso por la novena y lo miro de frente, erguido como fue, en el busto escultórico que facilita rememorar su grandeza humana y cultural, me satisfago y le doy gracias a Dios por permitirnos maravillarnos, durante tantos años, de su compañía terrenal y aprender, como aprehender, su enseñanza perpetua, para enfrentar la adversidad y ser resilientes -como él lo fue- tal cual como lo describió en Dios no me deja:

(…) Y cuando quiero flaquear

siento que Dios no me deja

luego me pongo a cantar

le doy alivio a mis penas

 

He sufrido mucho en esta vida

diria que es mentira si yo no cantara

si la pena matara enseguida

ya de este hombre nadie recordara (…)

 

(…) He sabido librar la batalla

No hay que negar la existencia de Dios

Él la vista me negó

para que yo no cantara

y en recompensa me dio

los ojos bellos del alma!

 

Gracias siempre, maestro Leandro Diaz, el hombre que vio con los ¡ojos del alma!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

3 Comentarios


Wadith Gutierrez R 12-02-2019 03:44 PM

Excelente articulo escrito por Alberto Muñoz.

Uvaldo Antonio Torres Rodríguez 12-02-2019 04:10 PM

Compadre que recuerdos tan inolvidable siga con esa pluma redescubriendo y recordando el pasado de historias tan nuestras que son para nunca olvidar porque sino recordamos seremos huérfanos de nuestra propia cultura a través de los tiempos,mil felicitaciones.

hernando Suarez Gomez 19-02-2019 08:12 AM

Maravilloso, estas narraciones llegan al alma

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