Opinión

Indio manso

Diógenes Armando Pino Ávila

15/02/2019 - 04:00

 

Indio manso
Danza del indio manso durante el Carnaval de Barranquilla / Foto: El Heraldo

Se acercan las fiestas carnestolendas, la alegría represada por los problemas de la cotidianidad se desborda incontenible en la Costa Caribe colombiana, su epicentro nacional es Barranquilla, la ciudad de gentes de mente abierta que le ha dado hospitalidad a la cultura del río Grande de La Magdalena, ciudad que ha recibido con los brazos abiertos, nuestras danzas, comparsas, bailes cantaos y demás aspectos culturales de la subregión denominada «Depresión Momposina» y cuyo nombre distrae y engaña porque es precisamente en Mompox donde menos se nota esto de la danza y «el baile cantao». Es en el resto de la subregión donde más se marca esa cultura producto del sincretismo, el mestizaje y el zambaje.

Pensando en este tema se me ocurrió buscar al señor Pablo Perales, un hombre delgado, de aproximadamente 80 y tantos años, de estatura pequeña, pero con una vitalidad asombrosa, lo recordaba, porque en mi infancia, en la temporada previa al carnaval de mi pueblo, por las noches íbamos en romería los jóvenes a ver los ensayos de su danza, que hacía en un patio, en un barrio de casas prefabricadas que donó el Gobierno de Rojas Pinilla y que los tamalamequeros bautizaron con  el nombre de «barrio Aluminio» por el material con que estaban construidas las paredes y techos de las viviendas. Algunos mamadores de gallo lo llamaban «el bario de los peroles» lo que dio motivos para más de una riña a trompada limpia.

Decía que por las noches íbamos al «barrio de los peroles» con la excusa de ver los ensayos de la danza de Pablo Perales, esta era la danza tradicional de «Indio manso» una danza de coloridos vestuarios, con turbantes de plumas y adornos de espejos pequeños, una danza larga de 36 pases —dice Pablo— donde los danzantes en dos filas, indios e indias, categorizados como: Cacique y cacica, contra cacique y contra cacica, indios e indias, Polo y Pola (los más pequeños), danzan al son de un tambor y una flauta, dirigidos por un negro que porta una bandera y baila en forma diferente al resto de la comparsa

En un momento de la danza, bailan con unos arcos portados por parejas, luego tejen y destejen unas cintas que penden de la asta de la bandera. Todos los danzantes rematan su baile recitando unos versos que ellos llaman «las relaciones», son versos heredados de la oralidad o preparados por uno de los danzantes, son versos llenos de picardía en que exaltan el coraje y la habilidad del indio, muchas veces son versos tomados de décimas anónimas que sólo la memoria de algunos ancianos recuerda en este maravilloso universo mágico del río.

Le preguntaba a Pablo, por estas danzas, el por qué se han dejado de practicar, y él me comentaba que son danzas de larga extensión y que requieren agotadoras jornadas de ensayos y que la disciplina con que los mayores la enseñaban ya no es aceptada por esta nueva generación, porque el cacique que era el que tenía el mando portaba un rejo en la mano y estaba investido de una autoridad suficiente de dar con el fuete a quien se retrasara, y esto a las nuevas generaciones no les gusta.

Pablo me contaba que, en los carnavales de antes, valía la pena ensayar y prepararse, ya que a Tamalameque llegaban las danzas de Altos del Rosario, San Martín y Barranco de Loba, Ríoviejo y demás pueblos de la Depresión Momposina a hacer sus presentaciones y a enfrentarse con las danzas de Tamalameque en un intercambio cultural espontáneo y sin precedentes, ya que Tamalameque fue y sigue siendo epicentro cultural de esta región del río. En ese enfrentamiento cultural se daba la riña simbólica entre indios, o indios contra farotas, es decir, danzas de afuera contra las del pueblo, en un espectáculo aplaudido por el pueblo y pagado por las personas pudientes.

Esta danza de indio manso me llama mucho la atención por su colorido, por representar el sincretismo y mestizaje y por una anécdota de Hugo Cáliz con sus hijos (Los Mellos), cuando se dijo que en 1986 se iba a realizar el mundial de futbol con sede en Colombia. Hugacho en donde llegaba sólo hablaba de fútbol, del mundial y de los Mellos, los que había matriculado en una academia de futbol, y toda la charla, la parranda, era los Mellos para acá, los Mellos para allá, porque los mellos iban a ser la revelación de ese mundial. Acercándose la fecha y sin saber que Belisario Betancur iba a dar reversa a lo de la sede, Hugo dejó de hablar de Los Mellos y el fútbol, esto causó curiosidad entre los amigos.

Un día, en una parranda, un amigo lo interrogó: «¿Ajá Hugacho y cómo van Los Mellos con el fútbol?» —A lo que Hugo soltando la carcajada respondió— «Los Mellos salieron como la danza de Loba, un año practicando para salir en carnavales de indios y como no se aprendieron las relaciones tuvieron que disfrazarse de “puercos” y untados de barro recorrieron las calles del pueblo pidiendo plata y al que no les diera lo ensuciaban».

 

Diógenes Armando Pino Ávila  

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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