Opinión

El bajador de cocos

Diógenes Armando Pino Ávila

31/05/2019 - 06:05

 

El bajador de cocos

 

Este Caribe macondiano donde nacimos, este pedazo de patria al que amamos, este territorio llamado Costa Caribe que nos sorprende en su cotidianidad, donde el observador, el investigador cultural se pierde en un laberinto de historias, relatos, anécdotas, mitos y leyendas que sorprenden y subyugan por lo insólito de las situaciones pero que igual sorprenden y subyugan por la naturalidad con que ocurren día a día o son contadas y preservadas por la tradición oral.

Cabe aclarar que parte de estas historias que nacen en el día a día, antaño contadas por nuestros mayores a las generaciones jóvenes como una forma de aprendizaje de la tradición de nuestros pueblos, ahora son transmitidas en la mamadera de gallo, graciosa y elocuente del Caribe actual, y se cuentan día a día en los corrillos y parrandas de amigos, en los quioscos del patio, en las cantinas, en las tiendas de barrio, en el trabajo, en el colegio, en la plaza de mercado y en algunos sitios como plazas y parques (“comentaderos” públicos),  donde el costeño acostumbra a reunirse con sus amigos.

Hoy quiero comentarles algo curioso de mi pueblo y tengo la seguridad que ha ocurrido y ocurre en casi todos -por no decir todos- los pueblos del Caribe colombiano. Me refiero a algunos oficios que «ya David Sánchez en El Flecha había tocado tangencialmente, en su mamadera de gallo: pitcher de la Selección Colombia, porteros del junior de Barranquilla, guacharaqueros de Alejo Duran, cantantes de los Hermanos Martelo o sparring de Pambelé» en mi pueblo, aparte de bulteros del puerto, ahora de los camiones mercantes que traen sus productos a las tiendas y graneros de barrio, los músicos de la banda de viento del pueblo, matarifes dos o tres personas que sacrificaban la res diaria que consumía Tamalameque, La rezandera o rezandero de velorios, la rezandera de “mal de ojo”, La echadora de suerte que leía el café y las cartas, las modistas y el sastre, amén de peluqueros, parteras, maestros y albañiles existían un oficio curioso: «bajador de cocos».

Recuerdo que los patios de las casas del pueblo eran inmensos, plantados de guayabas, nísperos, grosellas, naranjas, brevas, mangos y cocos. Los nísperos los mangos y los cocos crecían exageradamente, eran arboles altísimos y difíciles de trepar, por ello se desarrolló el oficio de bajador de nísperos y cocos, estableciéndose como norma, casi Ley, que el producto de estos árboles al bajarlos se repartiría en tres porciones iguales; La del Árbol, la del dueño del patio y la del bajador, de ahí que al bajar la cosecha se contabilizaban los frutos y se repartían. En mi infancia no entendía este reparto y pregunté a una de mis tías abuelas, ella me explicó que, a la palmera de cocos, había que regarle sal en el centro del penacho y que la sal valía, no quedé convencido y seguí pensando que le hacían trampa al bajador.

El más avezado bajador de cocos, el que gozaba de popularidad, era un hombre delgado con cara de niño viejo, de espalda cargada que andaba descalzo con la cara cubierta de pelos, al que conocimos con el nombre de “Miguelito Pizano”, este vino muy niño de Bogotá con otro hermano, se criaron prácticamente en la orfandad. Miguelito era un fumador empedernido al cual los muchachos le apodaban “Chupa huevo”. ¡Vaya uno a saber por qué! Él montaba en cólera con este apodo y perseguía con piedras en la mano a los pelaos que le pusieran apodo, por ello cuando lo veíamos pasar a coro le gritabamos: ¡Chupa huevo!

Colérico y tembloroso se sentaba en los sardineles a calmar su enfado y, cuando los adultos trataban de aconsejarlo que no cogiera rabia, que eso le hacía daño, él maldecía a una muchacha del pueblo, pues la culpaba de haber sido la autora de tan curiosos sobrenombre. No sabemos el por qué Ana Cortes Aparecía siempre en las rabietas de Miguelito. Cuentan que una noche un vecino escuchó la caída de cocos en su patio, pensó que era la brisa que tumbaba los frutos secos, hasta que escuchó un golpe mayúsculo y su mujer exclamó «Ahora cayó el gajo completo, ve a recogerlo para mañana hacer unas cocadas» el hombre salió al patio con una lámpara y cuál sería su sorpresa al encontrar a Miguelito tirado en el suelo inconsciente, al que se tuvo que reanimar arrojando varias totumadas de agua en su rostro. Cuando volvió en sí, le preguntó que por qué se había subido sin permiso a lo que Miguelito contestó «por hambre».

Miguelito vivió largos años del producto de su trabajo como bajador de cocos, hasta que la muerte se lo llevó, desde entonces ha habido otros “bajadores”, pero ninguno con la habilidad de este diminuto trepador.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto  

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

@AvilaDiogenes

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