Opinión

El Tío Víctor, pequeñas memorias

Edgardo Mendoza

24/06/2019 - 05:35

 

El Tío Víctor, pequeñas memorias

 

El pequeño rio estaba crecido. En las orillas, cientos de limones amarillos y patillas partidas. Seguramente se había inundado alguna roza en la parte superior.

Era una mañana de octubre cuando el tío Víctor, después de dejar otras instrucciones con una orden de militar activo, en el mismo lenguaje y tono me pidió que si alguien los buscaba estaba en un duelo en Tocapalma, en la mesa, una bolsa con ropa que me había traído de San Juan para estrenar las fiestas patronales de San Rafael a punto de llegar. El ruido de los cucaracheros en el patio y algunos canarios solitarios rondaban el patio. Bajo el higuito dos burros blancos masticaban maíz para esperar la tarde.

Con la alegría de mis seis años tal vez, me entretuve abriendo la bolsa con mi pantalón oscuro, de rayitas moradas y verdes que aun reposa en mi memoria, y unos zapatos que luego supe que eran mocasines. No conocía ni esa palabra y jamás había escuchado duelo, de manera que rogaba no tuviera que decir dónde estaba el tío Víctor si llegaban sus compadres a buscarlo, pero esa mañana nadie montó a caballo en el pueblo.

Mientras la casa vieja estaba sola, subía al caney donde había unas cajas llenas de libros y cuadernos usados que los hijos iban dejando allí y que Mamá Luisa guardaba celosamente. Yo, que apenas conocía algunas letras y frases, me entretenía con los dibujos. Cuando aprendí a leer, meses después, con la prima profesora María Cecilia, descubrí el mundo y sus alrededores. No ha habido otra cosa tan feliz en mi vida.

El tío Víctor Guerra, después de haber criado su larga cosecha de 16 muchachos, se convirtió en protector de sus sobrinos, era como una forma de pagar el servicio militar sin armas ni uniformes. Levantarse temprano a buscar los burros al potrero, ir al corral y verlo ordeñar las vacas, traer la leche, hacer queso, buscar agua, recoger por las tardes el ganado en los callejones cuando otros tenían igual tarea, y defenderse de los toros contrarios al nuestro con esas peleas y bramidos entre los caminos. Quien no haya sentido un toro persiguiéndolo como un buldócer, que se atenga, cuando ese animal viene en su búsqueda con los ojos cerrados, es lo más parecido a la fuerza de un diablo.

Como éramos varios muchachos, tomar la leche mañanera en espuma sacada del balde era una tarea deliciosa para los amantes de la leche. Yo jamás lo he sido, por eso tal vez no aprendí el oficio de ordeñar vacas, amansar caballos, amarrar o soltar portones, de manera que más demoraba en amarrar los burros cuando ya estaban sueltos, en cerrar los portones cuando ya estaban abiertos, y cuidar el maíz de los monos aulladores que llegaban en manada y, de forma organizada, se llevaban las mejores mazorcas en mi presencia y yo maravillado de verlos con sus crías trepar felices entre bejucos y ramas.

He sido un desastre en el campo, nunca aprendí a sacar abejas, buscar loros y cotorras entre los arboles de mayor tamaño y coger higuarayas entre los cardones tampoco me iba bien, pero andar en grupo de algo sirve. Jamás pude ni intenté atrapar una iguana, y menos enlazarla con la maestría de mis otros compañeros, poner lazos para ahorcar conejos, hacer trompos o jaulas, tampoco quemar paracos en busca de miel y menos coger un oso hormiguero que habían en abundancia para comerciarlos con los arhuacos. Para mí, un puercoespín era un tanque de guerra, es decir lo más lejos posible.

Mal para todo, inútil irremediable. De vecinas dos muchachitas que parecían reinas me despertaban curiosidad, hoy las encuentro en los velorios (los duelos de ayer) ya señoras, con abundancia de kilos y nietos y no saben que mi corazón de niño las miraba con suspiros.

Al tío Víctor G le debo cien mil cosas. A pesar de mis debilidades para el campo, siempre me tenía una especial consideración y cariño, muy pocas veces fui víctima de su correa, que entre otras cosas no pasaba de tres pencazos. Su mirada con unos tremendos ojos marrones lo decían todo, en una ocasión encontré un cabrito abandonado en el camino, me lo llevé a casa y cuál sería su sorpresa al preguntarme donde la había encontrado y de inmediato me obligó a llevarlo al mismo lugar. Fue quizás mi primera lección de honestidad.

Muchos octubres han pasado, siempre cuando veo a los abuelos despiertos, valientes, trabajadores, resistentes y honestos, me llega a la memoria el Tío Víctor.

Ahora, cuando he leído tantos libros y me faltan tantísimos más, recuerdo las letras, sus sonidos y significados y a mi profe María Cecilia. Incluso cuando he sido maestro de escuelas y universidades, comprendo la importancia de leer de todo y de todos. En pocos meses aparece octubre con sus lluvias locas de estos tiempos locos. Hoy hay pocos duelos naturales, toda la gente se mata con armas y tantas cosas escasas de ayer son abundantes hoy, menos la conversación entre amigos y familia, porque los celulares se robaron todo. Son los reyes.

El año pasado por cuestiones laborales estuve en Cúcuta, tierra que huele a petróleo, a Venezuela, a frontera caliente, a mujeres de encanto, a tardes entre toches. El día 24 de octubre, fui a la capilla San Rafael, pero allá celebran sus fiestas en septiembre. La Imagen del santo santandereano tiene un perro grande, al contrario del nuestro que carga un pez. Debe ser que el de allá era iguanero, me dice el primo Ñemo con una serena autoridad. Hoy asisto a muchos duelos de amigos y amigas que marchan sin tiempo a despedirse, uso mis infaltables mocasines. Regreso a los libros de todas las tendencias e ideologías, alabo a los investigadores y escritores de todos los tamaños y estilos. Sigo siendo un campesino urbano, inútil y a veces torpe y con una cuota de terquedad de algunos abuelos que siguen en la sangre. Pero el tío Víctor es inolvidable, por él canto victorias, algunas pírricas, pero las canto.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Sobre el autor

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

Tiro de chorro

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

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