Opinión

Nano La Cruz

Arnoldo Mestre Arzuaga

09/07/2019 - 06:05

 

Nano La Cruz
Iglesia Inmaculada Concepción y vista sobre la Plaza Alfonso López en Valledupar

Como se acerca mi cumpleaños, estoy un poco nostálgico, recordando todo lo que he vivido, tiempos de abundancia, tiempos de carestía, momentos felices y momentos de tristeza y dolor. Pero así es la vida y hay que vivirla de la mejor manera.

En medio de mi meditación que me ha llevado a todas las etapas de mi vida, recordé a un personaje de mi niñez, muy querido por los vallenatos. Me refiero a Nano la cruz. Llegó a mi mente su imagen: era de pequeña estatura vestía como un típico cachaco: es decir con saco y sombrero, pero sin corbata. Lo conocí donde Elena Pavajeau, allí dormía en el patio. La prima Elena era una mujer piadosa y en su patio le daba albergue a otros indigentes, no sé porque creo que Nano sentía cierta simpatía conmigo. Nosotros vivíamos al lado de la prima Elena de modo que veía a nano todos los días. Me sonreía cuando me encontraba y me hacía señas con sus manos tratando de comunicar conmigo en medio de su mudez.

Con frecuencia le llevaba arepas de queso que sacaba de mi casa, él me esperaba y reía con su rostro de niño consentido, los demás niños le tenían miedo y yo no sabía porqué. Un día, cuando salí del colegio sagrado corazón de Jesús, donde hacía mis estudios primarios, vi cómo todos mis amigos le gritaban haciendo la cruz con sus dedos "Nano la cruz, Nano la cruz”. Se puso furioso y lanzaba piedras que sacaba de los bolsillos de su saco, pero eran inofensivas. Las tiraba sin fuerzas y rastreras como si jugara bolos.

Cuando llegué a mi casa, le comenté a mi mamá lo que había visto y le pregunté por qué a nano le hacían la cruz con los dedos y le gritaban "Nano la cruz”. Mi mamá me dijo que él le tenía temor a la muerte y, cuando le mostraban la cruz, entendía que se iba a morir.

Cuando terminé mi primaria, mis padres me enviaron a santa Marta a estudiar mis estudios secundarios, después me trasladé a Bogotá a la universidad donde hice mis estudios de derecho. Al regresar a Valledupar fui nombrado por Afranio Restrepo, el alcalde de entonces, como inspector de policía de la permanente central para hacer mi judicatura. En una ocasión la policía puso a mi disposición cientos de huevos incautados por ser de contrabando. Mi única idea fue llevarlos al ancianato y qué sorpresa me llevé: allí estaba mi amigo “Nano la cruz”, esta vez lucía diferente, limpio y hasta lo vi más joven.

Apenas me vio, se rio feliz haciendo señas con sus manos. Unas veces bajaba su brazo mostrando cómo una medida con su mano y después la sabía, no le entendí pero lo abracé emocionado, una de las hermanitas de la caridad me dijo: “Cómo lo quiere a usted. Dice que lo conoce desde pequeño y ahora usted está grande, un hombrón”.

No pude evitarlo. Por mis mejillas rodaron lágrimas de alegría. Después, con frecuencia iba a dejarles víveres y todo lo que la policía incautaba y ponía a mi disposición. Recuerdo que la hermanita de la caridad lo llamaba "señor Zuleta, llegó su amigo el comisario”.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

2 Comentarios


Antonio Rodríguez 31-07-2019 04:31 PM

Arnoldo te felicito por este recuento de la vida de uno de los personajes del valle. Seria bueno que escribieras sobre el dañado, otro personaje de aquellos años, muy interesante y tu seguramente lo recrearas de buena manera. Atte Antonio Rodríguez

Tomas Alfonso Ramirez Ocho 19-05-2025 01:33 AM

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