Opinión

No aprendí nada y aprendí mucho

Diógenes Armando Pino Ávila

12/07/2019 - 06:50

 

No aprendí nada y aprendí mucho

 

Fui un mal estudiante en la primaria y un alumno fatal en el bachillerato, en la primaria recorrí todas las escuelas del pueblo, incluso las de banquitos, esas escuelitas privadas en que la señora, un ama de casa, abría al lado de su cocina donde recibía por una módica mensualidad a los muchachos del barrio, para enseñarles las tablas de multiplicar a leer y escribir, oficio que combinaba con las labores del hogar enseñando y haciendo los oficios de la casa al mismo tiempo. Desde entonces, tengo los olores y sabores de esos platos caseros metidos en el alma.

En esa primaria lejana estuve en los tres colegios privados y en el único colegio público de mi pueblo, era expulsado de todos, razón por la cual, no recuerdo muy bien a ninguno de mis maestros de primaria, recuerdo sí, que salí del colegio Sagrado Corazón de Jesús, regentado por una pareja, el profesor Mayorca y la seño Aniana. Llegué a cursar tercero de primaria y a los dos días me bajaron para Kínder con el argumento de que mi letra era demasiado fea, me rebelé y no quise pasarme para el salón de los párvulos, esto hizo que me botaran del colegio, menos mal, porque todavía no he mejorado la puñetera letra.

El bachillerato pasó igual, tres años en Tamalameque en el único colegio de secundaria, y, justo en tercero de bachillerato, me expulsaron por estar dentro del grupo que lideraba una huelga contra el rector. Olvidaba decirles que la modalidad de ese colegio era agropecuaria. Tuve que salir disparado para Cartagena a hacer el cuarto. Me matriculé en un colegio privado comercial donde mis compañeros tomaban dictado en unas libretas raras escribiendo una serie de ganchos y signos que yo jamás en la vida había visto, un compañero me dijo que eso era taquigrafía. Otra cosa que me asombró en ese colegio fueron las clases de mecanografía, en el salón los estudiantes hacían ejercicios escribiendo en máquinas de escribir Remigton, con los ojos cubiertos con un pañuelo, mientras el maestro dictaba a una velocidad avanzada. Yo solo los veía escribir, pues en mi vida, nunca había tocado una máquina de escribir.

Terminé el cuarto de bachillerato en ese colegio de modalidad comercial y tuve que emigrar buscando otra oportunidad lejos de la taquigrafía y la mecanografía por ello ingresé a la Escuela Normal Piloto de Bolívar a estudiar como normalista dos años para aprender uno de los oficios más bellos del mundo: Ser educador; ahí conocí amigos y profesores que marcaron mi vida, fue la única institución educativo que atemperó mi carácter, la única en la cual no tuve problemas, de ella tengo gratos recuerdos y sobretodo mi gratitud.

De todas maneras, por las expulsiones y la trashumancia con que estudié, pasando de colegio en colegio de diferentes modalidades académicas y sintiendo que lo que aprendía no tenía sentido para mi vida, me convirtieron en un hombre que no sabe hacer nada. Puedo rescatar de ese desafortunado naufragio personal de mi paso por el bachillerato, el recuerdo de algunos profesores que para mí fueron mis maestros, uno de ellos, el profesor Rafael Noriega, quien le daba una importancia enorme en su clase de lenguaje a la oratoria y buena dicción, obligándonos todos los días a aprender el significado de una serie de palabras desconocidas para nosotros, que él nos dictaba de memoria, mientras las buscábamos en el diccionario, para luego escribir oraciones con sentido completo donde dichas palabras fueran utilizadas con precisión de cirujano, bajo el ojo crítico de él., siempre con el pedido perentorio de no abusar sobrecargando nuestros escritos y conversaciones con el uso de palabrería innecesaria.

Llegó un momento en que sus alumnos manejábamos un nutrido lenguaje, habíamos ampliado nuestro vocabulario y lo utilizábamos con la naturalidad del hombre letrado. Hubo algunos compañeros que abusaban de esa facultad como el caso de nuestro amigo Joselito Aguilar, que al ver pasar a un muchacho en un burro con una carga de leña, lo interpeló de la siguiente manera:

—Oye, rústico, ¿cuánto vale, cuesta o cotiza esa carga leñosa, resinosa, inflamable y combustible que cabalga sobre los lomos de ese animal cuadrúpedo y herbívoro de la familia asnal, más conocido como burro, jumento o borrico?

—¿Que qué? –respondió desconcertado el muchacho.

 Horacio Paba, compañero de estudio, hablando en sentido coloquial le dijo al joven:  

--Oye, pelao, ¿que cuánto vale la carga de leña que llevas en el burro?

—Ahora sí, eso vale quinientas barras—contestó el jovenzuelo.

Mejor que mil días de estudio diligente es un día con un gran Maestro (Proverbio japonés).

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

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Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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