Opinión

Tertulias con Beto Muñoz Peñaloza

Álvaro Enrique Yaguna Nuñez

16/07/2019 - 06:00

 

Tertulias con Beto Muñoz Peñaloza
Alberto Muñoz Peñaloza / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

Conocí a Beto Muñoz Peñaloza finalizando la escuela primaria en el colegio Atenero El Rosario, localizado entonces en el emblemático sector de Valledupar, el callejón de la Purrututú, en el barrio Cañahuate, frente a la casa de Pascuala Borrego y al lado de la familia Valdés, precursora de la venta de las alegrías con coco y anís, producto originario de las tierras, donde todavía existen vestigios verdaderos de la época de la esclavitud en nuestro país, San Basilio De Palenque.

Beto siempre se caracterizó por ser un buen estudiante, inteligente, jovial, carismático y, sobre todo, con un poder de convencimiento y conciliador extremo quien a temprana edad llegó a ganarse con creces en el medio estudiantil el remoquete de “El Embajador”. Era tal su ascendencia conciliadora que frecuentemente intercedía y servía gratuitamente de defensor de oficio a sus díscolos y traviesos compañeros de aulas, llevados, previo un jalón de orejas, a la rectoría para dirimir casos perdidos, ante la inflexible y férrea disciplina impartida por el excelente educador Cesar Pompeyo Mendoza Hinojoza.

Después de mucho tiempo, ya formados académicamente, nos reencontramos contemporáneamente en el patinódromo del barrio Las flores, conformado con Gustavo Morales y El Chuny Palmera (QEPD), un grupo de madrugadores caminantes, que disciplinadamente instituimos unas tertulias amenas, enriquecedoras, en el ambiente sano y alegre de los amaneceres vallenatos. Un tema recurrente para mí siempre fue la inquietud y discusión sobre el eje de la renovación del género periodístico en nuestro medio, como espacio, oportunidad y posibilidad de catapultarlo hacia un escenario de conclusiones y afinidades literarias. Todo lo anterior fundamentado en mí querer recóndito de aprender con Beto Muñoz a hacer crónicas y reportajes, una reconocida frustración particular. Nunca obtuve de él una aceptación, ni mucho menos la aprobación, esgrimiendo quizá un argumento sabio, certero y sagaz. Con su dicción característica de dar salticos en la “Erre”, bastante serio expresó: “No señor, zapatero a tus zapatos. Usted es un buen profesional. Si persiste en su empeño de alternar en un medio difícil como el nuestro, corre el riesgo y tal vez le toque aplicar lo que en alguna ocasión manifestó un gran autor: SI usted es capaz de sobrevivir sin escribir, mejor no escriba”.

Con esa otra frustración continuábamos las discusiones y disertaciones sobre la evolución del género musical vallenato, la belleza literaria y alcance de su poesía, las mejores introducciones, los casos raros y  anecdóticos del festival vallenato, la intromisión comercial entre otros aspectos; en diferentes ocasiones nos enfrascábamos a determinar el desarrollo de nuestra ciudad, partiendo del aporte invaluable dado por las colonias foráneas, precursoras y forjadoras de una evolución socio económica, hoy vigente, rivalizando con los efectos e incidencias negativas dados por un sistema actual incomprensible, constituido por un engranaje gubernamental, centralista y complejo.

En otras ocasiones, el tema tratado era el acontecer citadino actual, contrario a la apacibilidad y tranquilidad de una otrora ciudad siempre arrullada y dormida por los sones y cánticos de su folclor insigne, acompañado de alegrías fiesteras pertenecientes a sus gentes de bien y buenas costumbres. En este punto nos remontamos  y rememoramos  un hecho que se convirtió en un hito de la realidad vallenata, salpicada de una problemática social aun irresoluta: La cárcel judicial del barrio Dangond; conocedor de su participación importante como mediador y conciliador efectivo en el problema surgido, insté a mi contertulio Muñoz Peñaloza para rememorar aquel episodio de miedo y pavor vivido por los vallenatos; mirándome de soslayo como queriendo desaprobar mi petición osada, tomando fuerzas en su sistema respiratorio, explicó: fue un 4 de Abril de 1997, a las 4:30 pm.

Al interior del penal se fraguó un plan diabólico de fuga, tornándose en una toma por la gravedad y características de los hechos acaecidos. Inicialmente asaltaron un vehículo tipo furgón (10 presidiaros), que neutralizaron la guardia, asesinando a su comandante y a otra persona más. Asumieron el mando del penal durante un tiempo largo y mediante la participacion efectiva del Comité Internacional de la  Cruz Roja se pudo conjurar la rebelión. Fue una negociación difícil donde participé en forma exitosa, pero nada agradable. Algo para olvidar, indicó. Lo sorprendente del caso, agrega, es que, después de 20 años de transcurrido, ese fatídico episodio aún se mantiene latente la amenaza por existir la prisión en el mismo sitio y en condiciones mucho más desfavorables.

Convencido de que es una condición natural sus dotes de conciliador eximio, recuerda con regocijo que esa característica la puso a prueba muchas veces en el colegio, cuando liberó de toda culpa a Agustín el mono Vanegas de las sindicaciones del incendio del quiosco, la desaparición de las meriendas en la tienda de Ino y la lesión en la cabeza del profesor Manjarrez. Fue mi obra insigne, dice. Lo rescaté del precipicio de la indisciplina y los malos caminos, asevera jocosamente. Toda tertulia con nuestro compañero Beto Muñoz, finaliza con la promesa inveterada de invitarnos a su casa a recoger la cosecha de cotopri, frondoso árbol plantado en el frente de su residencia. Todavía no se ha dado cuenta de la infertilidad del vegetal, propia de ciertas variedades del exquisito fruto tropical.

 

Álvaro Enrique Yaguna Nuñez

2 Comentarios


Alvaro 19-07-2019 01:17 PM

Excelente

Alvaro Amaya Corrales 27-07-2019 11:48 AM

Alvaro Yaguna, cuando se desempolvan esos recuerdos se siente el ineludible e imposible deseo de poder retrasar el tiempo y volver a vivir esos momentos y aprender más de una persona como el hermanado amigo Beto Muñoz Peñalosa. Fraternal abrazo Alvaro Amaya Corrales.

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