Opinión

Desde el viejo mercadito

Alberto Muñoz Peñaloza

23/07/2019 - 06:00

 

Desde el viejo mercadito

 

Estudiábamos en el Ateneo El Rosario, enclavado en el inicio del callejón de la Purrututú, por punta y punta, de frente con la inolvidable escuela parroquial, donde el profesor Arroyo no se quedaba atrás en el camino formativo de estudiantes cuyo comportamiento no era el esperado y en los casos, que eran todos, necesitados de sembrar principios, valores, creencias, actitudes, modelos conductuales, buenos hábitos, patrones compartamentales, para labrarse un buen futuro.

La entrada principal al colegio estaba ubicada, frente con frente, paralela al patio, dinámico, en movimiento constante y aromatizado por el fragor de fogones y el anafe, de la siempre vital, servicial y práctica, la señora Pascuala, madre del prestigioso hombre público, compañero ateneista y amigo, Gustavo Cabas Borrego, hermano y sobrino del gran Borrego, hombre de faenas agropecuarias ligadas al ganado vacuno, a los mulos, burros, caballos, yeguas y a “mono juicio”, el gato blanco nombrado así en procura de motivar el mejoramiento comportamental del menorcito de los hijos de don Faustino Rosado, en el internado del colegio.

En viernes, partíamos con el profesor de grupo hacia el campo del Ateneo, desde las tres de la tarde hasta poco más allá de las cinco, en recorrido aventurero y lleno de desafíos para llegar, desde la carrera séptima con calle trece, hasta la carrera once con calle ocho, de hoy. Debido al enmontamiento era una travesía que nos llevaba por toda la séptima hasta la tipografía raquelita, ubicada en la esquina con doce. Hacíamos una parada y por la ventana le volábamos “la piedra” al propietario, señor Enrique Morales sintiéndose millonario por su bondad y la vieja camioneta azul celeste, con la preguntadera de siempre, cuyo remate era el interrogante tradicional de mi primo querido Juancho Castro Daza, ¿Cómo sabe usted los que van a morir mañana y pasao’ mañana para hacer los carteles desde hoy?

Continuábamos la marcha regocijándonos al arribar al tradicional “mercadito”, ubicado donde ahora es disfrutable el parque El Viajero, con la línea de colmenas bien alineadas y la romería de patillaleros, atanqueros y gente de todos los pueblos de norte, en procura de partir a sus territorios cuando no era que llegaban, en la flotilla de jeep willys, Toyotas, camionetas y uno que otro patrol.

Cada colmenita en el Mercadito nos remitía a las tiendas ‘bojo lúas’ que ya eran famosas en Valledupar: la Boston, del señor Vidal, en el barrio El Cerezo; la Onu, frente a la cárcel del Mamón; La gran vía, de Héctor Plata, a la salida de Valledupar donde queda hoy el banco Colpatria; El Todo, de Ángel Naranjo, en la carrera novena; La Canoa, ahí mismo, en la carrera cuarta, donde se la ubica hoy; La Florida, La Boyacá; el Brasil, donde siempre permanece y muchas más. Seguíamos en zigzag hasta llegar al destino que nos hacía felices, encontrábamos el oso hormiguero, subiéndose al manguito, vacas que iban y venían. Era el comienzo de Calleja, la finca del viejo Pedro Nel Martínez y de otras áreas rurales que inundaban de verdor y dulzor ecológico. José González, con la pantalonética azul de otomana, Chivirico Cabello y su estilo internacional, el Viki Rosado e Ibelintong Montañez, que entonces caminaba como crack argentino; Jorge Garcia Oñate, Alvaristo Cespedes Diaz, Efrain Quiroz “Camperucho”, el Papito Quiroz, Yiga Manjarrez, Eduardo Dangond Castro, toda una pléyade juvenil que saltábamos, corríamos y nos solazabamos sintiéndonos en el campo y disfrutábamos a montón.

Comentábamos la falta de grandes almacenes en Valledupar, como los famoso Tia, Sears y el Ley, en Barranquilla. Contábamos en ese tiempo con tres cacharrerias de muy buen nivel: La Sorpresa, en plena carrera séptima con la calle 12A, hoy 16b o la de “los turcos”, del viejo Ruben Carvajal, el abuelo de Rey; La Gitana, del señor Páez y la Valledupar, a cuatro pasos de Cinco esquinas, de Rubén Carvajal, padre y tocayo de Ava Carvajal. Eran más, pero sobresalían los almacenes: Popular, de Telismar Mieles, con venta exclusiva de las camisas Scotland y los pantalones “Picasso”, la “muda” preferida del abogado Pedro Luis Toro Sierra, en gracia del barranquillerismo que lo caracteriza; Londres, de Oscar Salazar, frente al “teatro San Jorge” y el almacén La Fe, de Enrique Díaz padre, en la calle del Cesar. La Proveedora, La Miscelánea y Singer, las grandes ‘superficies’ de entonces, las dos primeras en víveres y abarrotes y el tercero en materia de máquinas de coser y electrodomésticos. Leonidas Lara e hijos, concesionario de los jeep Wilys, con la muy querida Marina Monsalvo Castilla, como secretaria 1A; en materia microempresarial, el peto de la señora Triny; las arepas, el poliéster bofeliano, el agua e‘ mai’ y los pastelitos emcumbrados e inolvidables de la señora madre de la Bella Ustariz; las arepitas e’ queque’ merengue, chiricana y dulces, de la incansable matrona Eli Villero y los patacones, chicharrones, arepuelas y papas saladas, con la consabida chicha de maíz cortada con batata, de la consagrada Peña Baquero; chicha que quedaba Jimy Peña, la transformaba en guandolo.

Poco a poco, de manera planificada, Valledupar ha crecido, convirtiéndose en ciudad, se extiende ya no de manera tan organizada pero justo es reconocer la decisión de los dos últimos gobiernos de no permitir nuevas invasiones y promover soluciones para las que, habiéndose producido antes, merecen la mejoría en ciernes. Fue construida la galería popular, comercial el Tío como inicio positivo de la nueva realidad, unicentro en la calle del Cesar, hasta cuando se marcó un hito con el funcionamiento de Guatapuri plaza comercial, constituido más que como centro comercial en punto de encuentro social, gastronómico y comercial. Siguieron, Orbe Plaza, Mayales, Unicentro y Megamoll.

Inicia el afianzamiento gastronómico de la ciudad para lo cual resultará determinante el rescate, la preservación, divulgación y promoción de la cocina tradicional vallenata, privilegiándose para ello la que corresponde, no a la municipalidad y si, a la territorialidad Del Valle de Upar, con lo cual se enriquece la oferta y median fusiones interesantes para hacerla más atractiva, apetecible e irresistible. Todo el racimo de arepas, pasteles, pastelitos, caribañolas; las tres almojabanas: de La Paz, de La Vega Arriba y la de Cuestecita: el trío feliz que no es otro diferente al conformado por el maravilloso arroz de fideo, el insustituible queso rallado y el mejor gambeteador: plátano asado amarillo martillado; las arepuelas de Mariangola, las de Villanueva, con huevo y todo y las comunales de Valledupar; la amplísima, como consistente, variedad de dulces: Valledupar, Papayal, Mongui; los queques y chicharrones de Bosconia; la carne “de monte” permitida; el chivo, el carnero y el cabrito, en sus diversas variedades y preparaciones; su majestad el sancocho: de costilla, de hueso carnudo, de gallina criolla, de polloo de polla, mondongo, menudencias, chocozuela, rabo, bifásico, trifásico, pentafásico; los asados, la tortuga, los bollos en todas sus presentaciones; la gama modernista con fusiones que posibiliten la coherencia ‘ingestiva’: nueva salchipapa (solomitos de carne, albóndigas, chicharrones y papa); perro caliente sin salchicha pero con ebras cilíndricas de lomito; bocachico, doncellas y lo que el cambio climático permita en cuanto a productos de rio y/o de mar; arroces, carne pangá’ y pare de contar. “Faltan datos de otros municipios”.

Para lo que sigue, se requieren gobernantes comprometidos con la materialización de sueños, como siembra positiva con recolección secuencial de la cosecha en los mejores tiempos por venir. Mientras tanto, disfrutemos una rica porción de zamba, la mejor de Cecy Dangond -por todo y por la cubierta de dulce de leche- con bebida gengibrada. ¡Ah, la vida!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

5 Comentarios


LUIS ALBERTO DIAZ 23-07-2019 07:09 PM

MI QUERIDO ALBERTO EN LA CALLE DEL CESAR SE TE OLVIDÓ EL ALMACEN LASTIG QUE ERA EL AVISO AL REVES. BIEN CONSIDERALO PARA EL PROXIMO RELATO DE ESTE PUEBLITO QUE SE NOSW CRECIÓ AL PUNTO QUE YA NO LLUEVE EN TODOSW LOS TECHOS AL MISMO TIEMPO. FUERTE ABRAZO HERMNANO.

Ramón Elías Duartes Quintero 29-07-2019 03:59 PM

Excelente relato etnográfico, cuya descripción nos sitúa en la época y en la medida que vamoa leyendo, una película va pasando por la mente, tanto así, que hasta logré percibir los olores de la época...

Abigaíl Cecilia Martinez Diaz 06-11-2019 11:57 AM

Que bueno describir al viejo Valle...sus cinco esquinas....el salibón.....la cacharrería cartagena de césar gómez....el almacén de los chinchilla...etc...cuanta nostalgia ne trae cuando íbamos a la cll del cesar a tomarnos las fotos callejeras..cuando salíamos del colegio...! Un abrazo sr. Alberto desde Bquilla de esta patillalera..

libia 06-11-2019 02:03 PM

muy bonito el relato me hizo transportarme en el buen tiempo de mi niñez , esos años que ya no volverán pero están en la mente .

Jaime Alario 06-11-2019 03:06 PM

Hermano querido, le faltó mencionar entre las comidas, el bofe despues de asoliarlo por varios dias lo fritaban y lo acompañaban con yuca

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