Opinión

El privilegio de ser upetecista

Eddie José Dániels García

31/07/2019 - 05:15

 

El privilegio de ser upetecista
Sede de la UPTC en Tunja / Foto: Boyacaradio

Son muchas las personas que se han sorprendido cuando les comento, por razones de historia, que en 1977, cuando me gradué en la UPTC de Tunja, tuve la oportunidad de trabajar en catorce colegios nacionales, ocho del interior del país y seis de la región Caribe. Aún recuerdo la cantidad de telegramas que llegaban a la Facultad de Educación de la universidad tunjana solicitando profesores licenciados en todas las asignaturas del bachillerato. Los egresados y estudiantes de los últimos semestres nos fastidiábamos y muchas veces no alcanzábamos a leer el montón de telegramas que tapizaban las carteleras de la facultad y de la secretaria académica. De vez en cuando, también aparecían los mensajes en las dos carteleras que flanqueaban la entrada de la rectoría. Era una época en que los licenciados se daban el lujo de escoger el plantel y, por supuesto, la ciudad o población donde deseaban estrenarse como profesores. Así lo había percibido yo cuando cursé mi bachillerato en el renombrado Colegio Pinillos de Mompós.

También ocurría que para asegurar a los egresados, muchos rectores se presentaban directamente  a la universidad para conocerlos en persona y cerrar con ellos las condiciones del trabajo. Les ofrecían residencias, sobresueldos, horas extras, primas de clima,  subsidios de transporte, alimentación barata y muchos beneficios  más que terminaban halagando a los contratados. Otros rectores se trasladaban al Ministerio de Educación y allí conseguían a los profesores que estaban necesitando, les suministraban dinero adelantado y se presentaban con ellos, tres o cuatro  a las instituciones que estaban administrando. Por disposición oficial, los colegios  tenían residencias bien dotadas, elegantes e independientes para los rectores y los profesores. En el Colegio Pinillos, por ejemplo,   el rector tenía sus aposentos al lado de la rectoría. En el Colegio Loperena de Valledupar había una lujosa residencia para vivienda del rector. También las había en el Liceo Celedón de Santa Marta y en el Colegio San Juan del Córdoba de Ciénaga.   

Además, casi todos los planteles nacionales ofrecían el servicio de internado para los estudiantes, quienes, para conseguir el cupo, debían presentar y aprobar el examen nacional de beca que se realizaba a comienzos del año en la capital de la República. García Márquez, por ejemplo, viajó Bogotá en enero de 1943 para presentar el examen y salió favorecido  para el Liceo Nacional de Zipaquirá, donde se graduó en 1946. Todos los años, las becas eran removidas, por disposición del Gobierno o porque los rectores informaban sobre el comportamiento de los internos y, si habían generado problemas, tenían que desplazarse para donde los mandara el Ministerio. Emilianito Zuleta, estudiaba becado en el Colegio Loperena de Valledupar y en 1965 fue trasladado para el Colegio de Boyacá en Tunja, donde se graduó en 1966. El doctor Fernando Meneses, autor del clásico “Momentos de amor”, inicialmente estudio en Colegio Pinillos y en 1962 le trasladaron la beca para el Colegio Miguel Antonio Caro de Ocaña, donde se graduó en 1966.    

Con la llegada de Guillermo León Valencia y después de Carlos Lleras Retrepo a la Presidencia de la República, en la década del sesenta, 1962–1970,  desapareció el internado en todos  los colegios del país. Lo mismo sucedió en algunas universidades que brindaban este servicio. El Gobierno tomó como pretexto las huelgas internas, las semiparrandas, los desórdenes y las quejas  que propiciaban los estudiantes, sobre todo, por los alimentos. Estudiando en la UPTC, al  comienzo  de los años setenta, me enteré que el embarazo de unas domésticas en el seno de ese claustro fue la causa para acabar definitivamente con el internado. En el Colegio Pinillos de Mompós, El Instituto Simón Araújo de Sincelejo, el Liceo Celedón de Santa Marta y en el Colegio Loperena de Valledupar, el internado perduró hasta 1963. Y en las escuelas normales,  los internados perduraron  hasta finales de los años setenta. Para suplir las becas alimenticias, el Gobierno cancelaba mensualmente  una cantidad irrisoria a los estudiantes seleccionados.   

El título de licenciado comenzó irradiar fama en 1956 cuando salieron los primeros egresados de la Universidad de Tunja, llamada entonces UPC, Universidad Pedagógica de Colombia. Desde esa fecha, los licenciados upecistas comenzaron a regarse en todos los colegios prestigiosos de Colombia y consolidar el prestigio de la universidad tunjana. A comienzos del sesenta, se iniciaron las carreras tecnológicas, entonces la UPC introdujo la T y pasó a llamarse UPTC. Paralelo  a la Universidad de Tunja surgió en Bogotá la UPN, Universidad Pedagógica Nacional, hermana de la UPC, pues ambas habían nacido de la Normal Superior de Colombia, con sede en Bogotá, en 1953, institución que otorgaba el título de Normalista Superior. Cuando se hizo la escisión de la NSC, en el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, tunjano,  los hombres pasaron a la UPC de Tunja y las mujeres se quedaron en la UPN de Bogotá. A finales de esa década muchas universidades reconocidas, copiando los modelos de Tunja, comenzaron a abrir licenciaturas.

El prestigio que iluminó a la Universidad de Tunja se mantuvo inalterable durante muchísimos años. Ni siquiera los licenciados de otras universidades reconocidas, como la Nacional, la de Antioquia, La UIS, la del Valle y la del Atlántico, gozaban de la fama y aceptación que rodeaba a los upetecistas. A la ciudad, y al plantel donde llegaban a ejercer la docencia eran bien recibidos,  respetados y valorados. Y como había una suprema escasez de licenciados en todos los colegios del país, tanto oficiales como privados, éstos eran contratados para trabajar en diferentes  instituciones. En Sincelejo, verbi gracia, un upetecista se dio el lujo de laborar en cinco colegios simultáneamente, dictando la química en los cursos superiores. Este prestigio, que era expresado a voz en cuello por los upetecistas, comenzó a extinguirse en 1982 cuando Belisario Betancur, para ganar la Presidencia, se inventó el cuento de “La universidad a distancia”, y las únicas carreras que podían estudiarse en esta frivolidad belisarista, o bentacuriana, eran las licenciaturas.

Hoy, el panorama laboral para los licenciados, ofrecido por el Gobierno, es desalentador. Existe un concurso de méritos que se realiza con un intervalo de varios años y  de éste surge una lista de elegibles, que debe someterse a la posibilidad o existencia de las vacantes disponibles. Esta situación contrasta inmensamente con la experiencia vivida por mi persona en 1976 cuando me gradué en la UPTC y por curiosidad me presenté al Ministerio de Educación a solicitar trabajo. La funcionaria que me atendió, ante mi propuesta de que yo quería laborar en el interior el país,  recuerdo que me dijo: “Miremos a ver: hay vacantes de idiomas en los colegios: Murillo Toro de Chaparral, General Santander e Honda, Laureano Gómez de San Agustín, Santa Librada de Neiva, Guanentá de San Gil, Universitario de Vélez, Miguel Antonio de Ocaña y  el Marco Fidel Suárez de Medellín. Para dónde le gustaría irse, me preguntó. Le hacemos la orden de trabajo para que se vaya inmediatamente a entrevistarse con el rector”.

Tras meditar un poco, le pregunté: “¿Y para la costa dónde hay vacantes?” Inmediatamente consultó unas páginas y me dijo: “Hay vacantes en el los colegios Almirante Padilla de Riohacha, San Juan del Córdoba de Ciénaga, Loperena de Valledupar, Simón Araújo de Sincelejo, Celedón de Santa Marta y José  María Córdoba de Montería”. “¿Qué piensa? ¿para dónde se va?”. Le contesté: “Me voy para el Loperena de Valledupar”. Anotó mi nombre y me dijo: “Ya le vamos a comunicar al doctor Antonio Serrano Zúñiga, el rector, póngase en contacto con él”. Y así lo hice. Ya decidido el viaje a Talaigua para posteriormente trasladarme a Valledupar. Sin embargo, en el mes de diciembre vine a Sincelejo a visitar unas amistades apreciadas. En medio de las charlas, una gran amiga, me comentó. “En lugar de irte para Valledupar, ¿por qué no te quedas en el Simón Araújo? No lo pensé dos veces y al día siguiente me presenté a esta institución. En seguida el rector, don Dhimas Arias Valencia, me dijo: “Usted  es de la UPTC, aquí lo necesito, no se me vaya para otro colegio”.  En ese instante valoré el privilegio de ser upetecista.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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