Opinión

La maldición del cubano

Álvaro Yaguna Nuñez

26/08/2019 - 05:30

 

La maldición del cubano

 

En el contexto del mundo literario Latinoamericano fungieron siempre figuras rutilantes y manifestantes de la expresión oral dinámica de los pueblos, conformando,, un grupo poético, identificado por la idiosincrasia de su arte, parecidos entre sí, dando la impresión de haber sido paridos en un mismo hogar, portando en sus venas el Adn de la literatura y el libre pensamiento, catalizador de las revoluciones, tendencias y movimientos que, hoy por hoy, sostienen en vilo el mundo contemporáneo, con la expectativa de que, en un futuro intermedio, las cosas y los sistemas imperantes deben cambiar y modificarse en pro del desarrollo, una verdadera paz, y lo más importante, la preservación de los derechos fundamentales del hombre.

En este círculo de autores nacidos en este sector geográfico, figuran, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Juan Carlos Onetti, Pablo Neruda, y el no menos importante, nuestro laureado García Márquez, adalid de su realismo mágico, escuela literaria deslumbrante e imperecedera; al igual que los anteriores, es insoslayable y no excluyente el nombre  de Manuel Zapata Olivella, médico antropólogo, genuino representante del genero de literatura afrocolombiana, morador empedernido del asentamiento La Mala crianza, en el Corralito de piedra, heredero innato de la cultura y manifestaciones del continente de color.

Zapata Olivella, profesional integro, médico de todos en el otrora municipio de Robles, hoy La Paz, departamento del Cesar, se distinguió por mantener una línea literaria, denotando las injerencias, e influencias culturales de la esclavitud y la herencia afrodescendiente. En su gran obra “Changó, el gran putas”, una vez más se ocupa de temas coloquiales en el Caribe antillano, como la superstición, el fetichismo y la santería. Esta expresión, muy caribe, es arraigada grandemente en una de las islas mayores, Cuba, para ser más precisos. La definen la mayoría de los diccionarios de habla hispana como un establecimiento de objetos religiosos, pero en el ámbito del territorio isleño va asociada inexplicablemente con la brujería, las artes pérfidas y las malas energías.

A finales del 2005, en mi corto periplo por el sector minero del Cesar, conocí a Pedro Covarrubias, un cubano originario de la región de Matanzas, cuna insigne de la afamada orquesta, intérprete de música tropical, La Sonora Matancera. Jamás había conocido personalmente a un habitante antillano y mucho menos proveniente de la isla de la revolución castrense, por allá entre 1956- 1958. La primera impresión que tuve de Covarrubias fue de un contraste significativo, con aquel imaginario isleño, apacible y triste, deseoso permanentemente de embarcarse en una balsa, sin permiso de nadie, huyendo de un sistema político no compartido por la mayoría de sus congéneres.

Covabarrubias era un tecnólogo especializado, reconocido en muchas partes del orbe como constructor de plantas térmicas, en el periodo en el cual el mundo industrial avizoró una fuerte crisis, en el sector energético. Nuestro personaje era de una naturaleza autoritaria, rayando en la prepotencia y la altanería.

Dada la circunstancia de compartir el desarrollo de un proyecto de ingeniería con Covarrubias, fue preciso aprender y familiarizarme con alguien empecinado en hacer, pensar y manifestar todo a su manera tosca y ríspida: En vez de concreto armado decía cemento, metal en vez de hierro de refuerzo, camión en vez de volqueta, chusma en vez de personal y mitin por reunión; en su lenguaje promiscuo de caribeño mezclado con un inglés maltratado, sus ideas recalcitrantes, autoritarias e intransigentes lo llevaban diariamente a discutir y controvertir todo lo propuesto y desarrollado. Esta situación descrita se suscitó en una época de fin de año, periodo en el cual, a pesar de los compromisos y responsabilidades profesionales, el rendimiento y trajín laboral se disminuían ostensible e inexorablemente, motivado por las festividades tradicionales

Esto, por supuesto disgustó al amigo Covarrubias, terco y porfiado en que su proyecto debía finalizar a más tardar, el último día del año. Su deseo, esta vez, no se cumplió, dando lugar a una rabieta de marca mayor, lanzando insultos, improperios desobligantes y una imprecación inolvidable: Maldita sea, esto no se queda así. De alguna forma van a saber de la santería.

El reinicio de las actividades en los primeros días de enero fue normal, hasta mediados de él, cuando, de una forma súbita e inopinada, se presentó en la Mina una ola invernal, fuera de todo cálculo y comportamiento de estación, con aguaceros diluvianos diariamente. Este factor meteorológico irregular y desproporcionado, afectó notoriamente las actividades laborales, conjugando atrasos, incumplimientos y, por supuesto, desbarajustes económicos. El grupo de trabajadores, los mayores damnificados y alertas al acontecer lluvioso, no tardaron en señalar: Señores, todo esto se lo debemos a la maldición del cubano, Dios nos ampare y nos favorezca.

El fenómeno acaecido fue explicado técnicamente por expertos, indicando que en los procesos de explotación minera, las detonaciones frecuentes, las oleadas de calor provenientes de las grandes excavaciones, los vientos del nordeste, incidían considerablemente en el comportamiento de las capas atmosféricas, dando lugar, muchas veces a fenómenos como el denotado.

Menos mal, dijimos todos. La maldición del cubano quedó desvirtuada totalmente, pero, de que ocurrió, ocurrió, indudablemente. Obviamente, de allí en adelante, el afamado antillano, lo pensaba más de una vez, antes de enojarse insensatamente.

 

Álvaro Enrique Yaguna Nuñez

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