Opinión
Y el diablo creó la pólvora

Las evidencias históricas señalan a los chinos como inventores de la pólvora, allá en el siglo IX, pero muchos juran y perjuran que fue creada por el mismísimo Lucifer.
Cuentan que los alquimistas orientales buscaban afanosamente el Elixir de la Eterna Juventud cuando, al mezclar carbón, azufre y nitrato de potasio, desarrollaron la ‘Pólvora Negra’ utilizada, inicialmente, para fabricar fuegos artificiales, provocando perplejidad entre quienes presenciaban aquel efímero milagro de colores y detonaciones; pero muy pronto intuyeron que aquel extraño descubrimiento también podría emplearse con fines de conquista y saqueo y, desde entonces, la pólvora acompaña, hasta el sol de hoy, la esquizofrenia de la guerra.
De China, la pólvora pasó al resto de Asia, llegó a Europa y, durante la invasión de América por los españoles, ingleses, franceses y portugueses, fue ficha clave para obtener, con muy poca resistencia, la rendición de los pueblos ancestrales.
Pero como una maldición, la pólvora negra y la blanca, permanecen arraigadas en nuestra cultura cautivando el asombro instantáneo por los fuegos pirotécnicos, cercenando de paso la vida y la salud de un sinnúmero de víctimas inocentes, principalmente niños. De muy poco han servido las campañas educativas mientras la pólvora se venda en cada esquina, tiendas, ventorrillos junto al pan y la leche.
En Colombia, después de cuatro años de prometedora reducción, la cifra de víctimas de quemados con pólvora volvió a crecer alcanzando la escandalosa cifra de 827, presentando un incremento del 6 por ciento y, de nuevo, la tercera parte fueron menores de edad.
En Cartagena, durante las últimas festividades de año nuevo, hubo tres personas quemadas, pero infortunadamente hace pocos días falleció una humilde niña de diez añitos, víctima de mortal intoxicación por fósforo blanco, presente en los traicioneros ‘triquitraques’, ‘velitas de bengala’ y ‘chispitas mariposas’. Confieso que me desmoroné al escuchar la noticia, pues ese angelito tenía la misma edad de mi nieta Amelie.
Pensándolo bien, no es el Diablo el causante de tan repetidas y dolorosísimas tragedias, son nuestras autoridades pusilánimes, incapaces de amarrarse los pantalones para prohibir, de una vez por todas y para siempre, su comercialización irresponsable, y limitándola a los expertos en pirotecnia.
Yo también exonero al Diablo de cualquier responsabilidad, pues son los propios padres de estos niños quienes, por ignorancia, descuido o terquedad en preservar tan mortíferas tradiciones, incineran la vida y la sonrisa de sus hijos, cuando aún no han mudado sus dientecitos de leche.
Henry Vergara Sagbini
Sobre el autor
Henry Vergara Sagbini
Rocinante de papel
Profesor y médico. La columna “Rocinante de papel” es una mirada entrañable a la historia y geografía del Caribe, y en especial de Cartagena (ciudad donde reside el autor).
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