Opinión

El machetazo de Pistolita

Alberto Muñoz Peñaloza

02/12/2019 - 05:10

 

El machetazo de Pistolita

 

En aquellos tiempos en que ‘salir’ a estudiar no era fácil, algunos vallenatos ya lo hacían en Europa, otros en Bogotá, unos pocos en Zapatoca, Nemocon, y en otras regiones de Colombia. Por entonces, Carlos Morón Cuello, Alvaro Aguirre, Jesús Erasmo Sierra Rodriguez, Miguelito De Ávila, Tavo Cotes, estudiaban en Medellín. Justo en ese tiempo, arribaron a la ciudad de la eterna primavera, los hijos del venerable Faustino Rosado Subero y su querida esposa, Carmen Sánchez, encabezados por Bolivar, el mayor de todos, hombre de pensamiento y acciones avanzadisimos, para su tiempo. Con Faustinito, Ibellintong, Edinson y el monito, o sea, el menorcito, no por ello el más manso, con hambre de estudio, de ciudad y de ritmo, se tomaron la ciudad de la eterna primavera. En la capital de la montaña, ya era famoso, Gabriel “Rumba” Romero, quien “pegó” tremendo hit musical con “Mi machete”: Cuidao’ con mi machete, porque está muy afilao’, pregúntale a Socorro, cuántas veces se ha cortao’ (…) cuidao’ con mi machete, mi machete bonito, mira como lo tengo, siempre bien afilaíto”.

Cada venida, por el mes de diciembre, era un volcán de alegría que circulaba en el espacio cañaguatero y se expandía por el pueblo de entonces. Inolvidable su aporte a la moda con los pantalones muslo-tubo y bota de campana, gracias a los cuales el menor se volvió un ‘duro’ en la diferenciación de los triángulos, ya que, por la habilidad de Bolivita, fue cuidadoso en que cada pantalón tuviera un isosceles, otro el equilatero, hasta coparlos y cumplir el doble propósito, lo cual le permitió subir la nota de geometría. Ellos actualizaron la moda del ‘afro’ con un sin fin de peinados y permanentes, sin que ninguno pudiera superar el de Faustinito. En camiseria superaron con creces las de Yayo Molina, elevaron el estándar en Valledupar e impusieron la abertura hasta el botón anterior al ‘ombligo’.

Uno de los avances mayores se dio en la preferencia musical y en el baile. La salsa copó sus expectativas y lograron un nivel superior en pases, vestimenta y categoría. En ese sentido el menor se transformó en tremendo bailador, unas veces con barba sin bigote, otras el candado y más de las veces a lo ‘Che’.  Había que verlo con su indumentaria arábiga, algunas veces con capa y capucha, y muy de cuando en vez, con pinta de vaquero. Entonces, se emocionaban con la música del Michi Sarmiento, de Ariza y su Combo y la salsa mayor.

Mi siempre amigo, Gonzalo Sierra Rodriguez, ‘biografaba’ aquel periodo inolvidable, cuando en Medellín, los vallenatos encabezados por Tavo Cotes, el inicio orquestal de Carlos y Juancho Piña, el fervor comercial de mi hermano mayor y el silencio contumaz, cuando iba por la calle, de Checha Maya, acogieron a los grupos vallenatos, que, con el tiempo, grababan sus discos de larga duración en aquel vividero feliz.

Se produjo la trágica partida de Bolívar, pérdida irreparable y dolorosa, pese a la cual sus hermanos siguieron adelante y han cumplido su recomendación de ser útiles a la sociedad, conservar la tradición, la autenticidad y no perder de vista las raíces, mucho menos el tallo, la rama, las ramitas, las flores, las hojitas y los frutos.

Machete posterior

Años después, el menor recordaba sus pases de baile y nombró otra canción que sacude su corazón, un merenguito bonito del grandísimo compositor, Sergio Moya Molina, incluido en el segundo disco de larga duración, de Beto Zabaleta y el comandante Emilio Oviedo: Si a una mujer yo le entrego el alma, creyendo que es la que me conviene, luego descubro que ella no tiene, las cualidades que yo esperaba; ay como en el mundo hay tantas mujeres, entonces machete estate en tu vaina”.

Cualquier día, el gran Nuncio Barón Larrazabal, quien con el Chiche Marbello, colmaron de academia e ingeniería la capital de Antioquia, me dijo que el Monito bailaba entonces en la setenta y Envigado, Garrote y machete, del “macho” Lisandro Meza: Oigan señores, origen señores, no se lo que va a pasar, cuando llegue el día, que llegue aquel hombre, que fuere enviado de Dios, que se llama Jesus que se llama Jesus, él trae un garrote, él trae un garrote, también un macheteeee, pa’ cortarles la lengua, a los habladores, cuidado señores, ahora si hay peligro, porque dicen que trae guantes de boxeadores, pa’ pegarle’a los hombres, aquellos bandidos, que los tiene medidos de los pies al cogote….

Siguió luego, con el machete de Daddy Yankee, el machete de Jiriki, mi machete, con el grupo Niche y la más reciente: mapalé machete, como componentes de la constelación musical familiar en la que Juanjo, Carmen Julia y mi ahijado Bolivar de Jesus, emulan los pases bailables de su progenitor: el basketbolista, sicarare, Amparo arrebato, Paco Monsalvo en Bogaloo, los condorones, muchos más, y al final mi comadre Nora Gamez baila el mapalé machete, con ponchera, batola y turbante morado.

La raíz del asunto

Andaba preguntándome el por qué esa obsesión con la rula. Fue el amigo e ingeniero, Álvaro Yaguna, quien me recordó el famoso episodio ateneista, primigenio de esa monomanía. Era 1968, en el patio del glorioso Ateneo El Rosario del magistral Checha Mendoza, estaban alineados los pupitres para el examen final de ciencias naturales. Varios profesores vigilaban, sabían que los estudiantes de ese grado no eran ‘perita en dulce’. El rigor del titular de la materia, ofrecía confianza al colegio, pero susto reverencial a la muchachada, de modo principal a los desaplicados.

El silencio era abrumador. Con paso lento pero seguro, fueron repartidos los cuestionarios, mientras tanto, cada profesor vigilante se acomodó para cumplir, de la mejor manera, la misión encomendada. Nuestro amigo seguía sentado con expresion tranquila, algo de sobradez y una risita burlona que más parecía indicio de nerviosismo. Llevaba en la muñeca derecha sus acostumbrados ‘cauchitos’ con los cuales disparaba cascaritas de naranja, de limón y mandarina que pegan más duro, apenas el profesor daba la espalda. Pero aquella mañana, se presentó al examen sin munición, estaba preparado para convertirse en el mejor. Cuando los mejores de la clase no contestaban todavía la mitad de las preguntas, ya él se disponía a poner su nombre, lo único que faltaba, para entregar. Su alegría era gratificante.

De pronto, la voz recia del profesor Manjarrez, con su copete caneado, camisa de listas y mancornas, tomó una recarga pulmonar de amplísimo espectro, amainó la sensación de bostezo y rompió el silencio comunitario, con su grito militar, ¡Rosado, entrégueme la hoja! Había que ver el rostro del docente, con ceño fruncidisimo y recogimiento vestibular. ¡Apúrese!

Sintiéndose acorralado, intentó salirse con la suya, sin doblegarse y simulando control de esfínteres, afinó la voz, lo más que pudo, para decir, -vebe, a mi por qué, yo no he hecho nada!. Y acudió al último recurso, buscó la mirada de uno de los mejores profesores de Valledupar, Enrique Vega, cañaguatero como él, vecino y amigo de la familia. Con ojos de tigrillo rendido, la expresion de su rostro era apacible, tierna y misericordiosa, arqueó las cejas, dejó asomar las dos lagrimas más pesadas de su vida y carraspeó, como señal de bondad, mientras dijo con voz tenue, -cómo le parece profesor Vega…

El lunar frontal del profesor Vega, emitió un destello de molestia, recogió la pierna izquierda, conocedor del personaje se ‘armó’ con el borrador, y luego sentenció: entregalo Mono, y antes de salir, entrega también el machetón que llevas en la canilla izquierda. Así lo hizo, era todo un rollo, finamente escrito, sin descorrerse la tinta porque lo elaboró con tinta china y en papel cebolla.

Mientras salía presuroso por el portón se saludó con Pipe, el palenquero de las alegrías, quien le preguntó, ¿cómo te fue en él exámen? Con caminaito de pitcher sobrador, medio dijo: “Y bien, de tres pa’ arriba”. Pipe, que era de pocas palabras, murmuró entre dientes: “Tres pa’rriba que…si te lo anularon”.

Entonces, resurgió el de siempre, que te pasa pendejo e’ mierda: ¡te voy a jodé mariquita!

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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