Opinión

Hablemos de gabinete

Alberto Muñoz Peñaloza

10/12/2019 - 08:15

 

Hablemos de gabinete

 

Uno de los cuentos de Gabriel García Márquez, “un día de estos”, retrata en cuerpo y alma el padecimiento de un dolor de muela, poco en uso hoy día gracias a la concientización colectiva en torno a la prevención en materia de salud oral.

“(…) Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina (…) -Papá. -Qué. -Dice el alcalde que si le sacas una muela. (…) -Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro. Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación (…)”.

Cuando estudiábamos en el internado del colegio San Carlos en Cartagena, el tiernísimo Mono Gil, aliviaba dolores de colmillo, de muela o parecidos, con un clavo caliente que, a la manera de la acupuntura china, introducía varias veces como puya mágica que al final producía un efecto analgésico. Con ese método, conseguía que Juancho el cocinero, alegrara la prima noche con una tanda de patacones, sin nada más, mientras Hernando, acupunturaba con la puntilla una muela averiada en la chapa (caja de dientes) de su uso vivencial. Nunca fue entendible por qué irradiaba tanto dolor esa pieza molar artificial y cómo el mono lograba aliviarlo, trabajándola fuera de la boca.

“ (…) Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo: -Aquí nos paga veinte muertos, teniente. El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas (…)”.

Hay que pasar la noche en vela, sufrir hasta el cansancio, llorar a mares y en silencio, para saber con precisión lo que es un dolor de muela. El más macho se humilla ante sí.

Antes y los pares

Nada más era pasar por algún lado, después de la prima noche, para escuchar el requiebro, en tono menor, que expresaba dolor, las carreras antes que cerrarán la tienda para comprar un conmel, mejoral o cresota, cuando el cráter molar lo exigía. Tiempos duros, con malas prácticas y poco autocuidado. Mucho sufrían los comedores de panela, de dulce de Maduro o de los turrones de leche, exclusivos, de la queridísima Aminta Monsalvo.

Como perder el año, la papera, la tosferina y la pecueca, ya los dolores de muelas son exclusividades ligadas a la incuría personal. Sin embargo, queda una que otra por ahí, dice mi compadre Juancho Geles, y él tiene por qué saberlo.

Geñito, precursor de la dentisteria en el medio vallenato, adelantó una cruzada heroica ante tanta “pieza” mala, hizo proezas en el cañaguate, donde mantuvo el imperio contra el dolor y la negligencia. Se convirtió en chapólogo aclamado por los logros que cautivaban a los mayores. Se aventuró con los ‘puentes’ removibles y cosechó satisfacciones. Contuvo, con la receta de la ceniza de cigarrillo pielroja, el avance doloroso de la postemilla. Recuerdo una muy famosa de Poncho Araújo Baute, ocasionada por el consumo excesivo de naranja ombligona, pero se la trataba con ceniza de ken, osé parliament, y nada que mejoraba. Geñito fue tajante, si no es con ceniza de pielroja te perforará el cachete. Por fortuna, Poncho consiguió la exclusividad con el negro Velorio, quien lo surtió una semana seguida hasta que “reventó”, lo que no había logrado ni con caraña.

Cuando los ingresos, sociales y económicos, son buenos la competencia aparece. En el Cerezo, abrió consultorio el odontólogo Emilio Lizarazo, quien pisó fuerte desde el comienzo, con enchape de baldosín en el frente del consultorio, en rosado mate para más señas. Un hombre pausado, decente, que no le hizo ni cosquillas a rebaño de Geñito. Eso sí, ejercía encorbatado, con bata blanca y silencio otoñal.

Casi al tiempo, el Dr Vélez, odontólogo interiorano, se instaló en el barrio Gaitán, atrajo clientela con la fijación de tarifas en la extracción molar y dentaría, doce pesos sin dolor, tres pesos con dolor. De los primeros clientes fue mi papá, nos llevó a sus muchachitos, ante lo cual el recién llegado decía, don Julio, estás muelitas son de leche, a dos y medio se las dejo. Así se mantuvo en bonanza por buen tiempo, y avanzó también en lo relacionado con “calzas” y prótesis. Se supo siempre que “empiyamado”, y bañándose, mantenía la corbata en su puesto habitual.

El riohachero, Gabriel Pinedo Barros, hizo historia por su ejercicio odontológico, a pesar de los movimientos, voces y susurros que se ‘sentían’ en la parte superior del consultorio, que quedaba a pocos pasos de la Plaza Alfonso López, al lado de la notaria única, primero al mando del venerable Anais Gutiérrez y luego en manos del doctor Jaime Dangond Ovalle. Allí se instaló la Universidad de Santander – Udes y opera desde entonces. Luego vendrían los prestigiosos, Arnaldo Pimienta, cuya experticia profesional y el gusto por la cebada marcaron una plana elevadísima en el medio; el chiriguanero Roberto Quiroz y el Dr Enrique Herrera, apóstoles de la odontología. De allá para acá, creció en número la disponibilidad profesional hasta la realidad presente.

En -Un día de estos- “Mientras hervían los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza”, como en lo que se vio en la década de los 60, era el mismo panorama. Todavía en 1985, en la cárcel de Valledupar, los reclusos eran atendidos por el Dr. Pinedo Barros, en una silla de peluquería, hasta cuando fue posible la consecución de un gabinete odontológico.

La sorpresa mayor se la llevó el Dr. Vélez, con Asterio Castilla, cuando el gladiador del Cerezo, recibió como fórmula de solución el decir de siempre: son dos Muelitas sencillas, a tres pesos cada una, serían seis pesos, dejémoslo en cinco y medio…

“Sin dolor”, aseguró Asterio. “No señor, con dolor”, dijo Vélez, “pero eso no le dolerá porque son de lechita”.

“Qué lechita ni qué carajo, tú lo que eres es un granvergajo que crees que uno anda limpio. ¡Me voy pande’ Geñito!”.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

2 Comentarios


Freddy Orozco R. 10-12-2019 03:42 PM

¡Excelente! Pocas veces he leído un escrito tan exquisito. Su narrativa es extraordinaria. Nuestra Provincia tiene un gran escritor.

Edgardo Mendoza Guerra 12-12-2019 10:11 AM

Leer a Muñoz Alberto, es como escuchar "Currimbi no te vayas," luego se Semana Santa en Valencia!

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