Opinión

Libros que se fueron, pero se quedaron

Diógenes Armando Pino Ávila

17/01/2020 - 04:35

 

Libros que se fueron, pero se quedaron

 

Atendí un reto de publicar por 25 días en mi muro de Facebook las carátulas de los libros que me han gustado, con dos condiciones: no dar explicación ni hacer comentarios y cada día invitando a un amigo diferente. Estuve a punto de no aceptar, pues suponía que era una de esas cadenas inútiles que pululan en las redes. Lo pensé largo rato y decidí aceptar el reto que me proponía Miguel Barrios Payares, un narrador joven, nacido en El Copey y residenciado en Valledupar. Confieso que sentí la tentación de presumir, mostrando la lista de los clásicos que he leído, de mis lecturas silenciosas de filosofía, sociología y antropología que me apasionan, pero no, me revestí de humildad y publico sin pretensiones las caratulas de algunos libros que me han gustado.

Este ejercicio elemental, y que muchos creerán estéril, para mí ha sido grato en suma medida, pues cada día aflora a mi recuerdo los libros que he leído y como una regresión en el tiempo, me paseo por sus páginas, oliendo, sin poderlo, la tinta, sintiendo el crujir suave de sus hojas amarillentas, y he re-vivido las aventuras de personajes que el velo de los años había borrado de mi memoria y que creía no recordar nunca jamás, pero mentiras, ahí estaban jugando a las escondidas en los callejones de mi alma, correteando por los pasillos de mi corazón, en ese juego perpetuo de quienes llevamos un niño por dentro. Ha sido grato corretear en descampado con el travieso Tom Sawyer después de habernos escapado de la escuela para nadar libremente, sin importarnos un carajo que la tía Polly nos hiciera blanquear la valla, descubrí que sigo admirando su viveza al convertir sus dificultades en oportunidades, es más, le ayudé en este episodio a recibir los tesoros de los demás niños a cambio de participar en la obra maestra del blanqueado de la valla. Acompañé al cementerio, curiosos y asustado, a Tom y a Huckleberry Finn, esa noche yo fui testigo del asesinato del Dr. Robinson, de manos del Indio Joe. Disfruté de nuevo, como cuando era niño aún, con la magia inigualable de Mark Twain.

En este ejercicio volví a sentir la repulsión contra Richard E. Hickock y su cómplice Perry E. Smith por la sevicia y crueldad con que asesinaron a sangre fría a la familia Clutter en ese crudo y fascinante relato de Truman Capote. Sentí de cerca la prosa panfletaria de Vargas Vila, con la que avivaba mi rebeldía de joven leyendo El Minotauro, Flor de Fango, Aura o las violetas, La ronda de las horas. Mucho más allá, en lo más profundo de mi ser tenía, y tengo, grabado en mi alma de lector las imágenes del primer libro que me regaló mi madre, una edición ilustrada para niños de Las mil y una noche donde la osadía de Scherezada me cautivó con sus historias al igual que cautivó al Sultán Schariar; con ese libro aprendí a volar encerrado en una habitación de mi casa, con una toalla enrollada en la cabeza al estilo árabe y sentado en posición de meditación sobre un petate que me servía de alfombra voladora dando imaginarios vuelos por encima de mi pueblo.

Recordé un libro voluminoso escrito a mano con tinta verde y una caligrafía impecable que me prestó un amigo a escondida de sus padres, ahí, entre esos trazos artísticos de tinta verde encontré y disfruté de poetas como Julio Flórez y sus Bodas negras, Juan de Dios Peza con la tragedia de Garrick; libé la tristeza amarga de Amado Nervo cantando versos a su Amada Inmóvil y tantos y tantos poetas que mi flaca memoria no recuerda en el momento, pero que leí en esos renglones y sé que están agazapados en mi recuerdo y aflorarán el día menos pensado.

En esa búsqueda tropecé físicamente con Tolstoi, Dostiesvki, Ostrovski; escuché las voces de Comala contada por Rulfo, Visité de la mano de Borges a Tlön, Uqbar, Orbis Tertius; César Vallejo me mostró sus Heraldos Negros; Rimbaud dejó sentir su aliento poético lo Mismo que Neruda con su Canto general; saltaron ante mis ojos, tantos escritores y tantos poetas que sería largo enumerar, lo mismo que sociólogos, antropólogos y pedagogos que me apasionaron y todavía me tocan las fibras del alma con sus lecturas.

También encontré autores que no encontré y encontré libros que no encontré, pues habían desaparecido con el paso de los años de los anaqueles de mi pequeña biblioteca, algunos habían sido prestados y nunca fueron devueltos, pero encontré algunos que me habían prestado y que nunca devolví, descubrí que faltaban muchos que regalé pensando no necesitarlos más y encontré muchos que no recordaba haber leído y otros que, en efecto, no he leído y descubrí que faltaban otros que no había regalado ni prestado y que misteriosamente se fueron de mi casa para nunca más volver.

Descubrí que hay libros que no se olvidan ni olvidándolos, libros que perviven en nuestro subconsciente, que se agazapan y juegan a las escondidas y que a veces salen al asalto asustándonos o alegrándonos con el encuentro. Gracias, Miguel, por invitarme a este reto que me hizo sumergir en lecturas del pasado y del presente. Ojalá todos hagamos este ejercicio y motivemos a los demás a la lectura.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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5 Comentarios


Gloria Durán de DeBacker 17-01-2020 06:16 PM

Diógenes: Gracias por su artículo, me sentí completamente identificada a través de él. Mientras lo leía recordé mis propias lecturas, personajes y lugares. En San Francisco de Sales, un pueblito de Cundinamarca tenemos una tertulia y habíamos pensado iniciar este año con las lecturas favoritas de cada uno. Le pido permiso para iniciar la reunión con este artículo que nos hace recordar las lecturas amadas y que creemos olvidadas, pero ahí están bien adentro!

Diogenes Pino 18-01-2020 09:03 AM

Gloria, adelante, es todo de ustedes. gracias por comentar

Rita Ochoa G 19-01-2020 09:17 AM

Gracias por este maravilloso camino en los recuerdos. Seguí su ruta,.vivi recuerdos, desperté sueños dormidos y sentí las risas,las lágrimas, los dolores,angustias, travesuras y vivencias de los personajes de mis lecturas y porqué no decirlo, los míos. Gracias, gracias, gracias.

Mery García Metzger 19-01-2020 10:16 AM

Gracias Diógenes por compartir parte de sus recuerdos literarios. Leyendo su artículo confirmé que para los que hemos sido lectores furibundos, ni la edad ni la vida podrán quitarnos ese agradable vicio que nos llena de placer al romper la funda de un nuevo libro, acariciar la portada, y revisarlo por todas partes antes de iniciar su lectura, como cuando nos daban un caramelo envuelto y el afán de probarlo era inmediato. Recomiendo El Médico, de Noah Gordon. Gracias por éste espacio.

Eduardo cuadrado Hernandez 26-01-2020 12:21 PM

Gracias Diogenes por revivir a través de sus anécdotas tan maravilloso mundo de la literatura,que tan sólo lo habitan quienes los esculcan.

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