Opinión

El lenguaje es nuestra Maloka

John Harold Giraldo Herrera

30/04/2020 - 05:45

 

El lenguaje es nuestra Maloka
Antigua maloka indígena / Foto: Wikipedia

 

El multiverso que nos hace y deshace es el lenguaje. En ese cosmos vivimos, y hemos originado el abono necesario para germinar en sentidos. Conmemorar y celebrar la fiesta de las palabras, de las lenguas, así como lo multi comunicativos, es recordarnos en la diversidad. Muchos colombianos creen que nuestro idioma es único y olvidan o es poco masificado que en Colombia hay más de 70 idiomas propios, como parte de haber dado una “legalidad” a unos 118 grupos de origen, adicional está el castellano, dejado como parte de la invasión española. No es una sola manera de apropiarnos, tejernos y construimos, así como de comprendernos, enaltecernos o aniquilarnos, con la que contamos. Muchos son los campos semánticos, como diferentes los horizontes de sentido.

El lenguaje y el pensamiento se concatenan para generarnos un mecanismo de conexión con lo que nos rodea, con él pensamos al tiempo que nos comunicamos y al comunicarnos ejercemos el acto de estrechar las ideas, de paso, como dicen las comunidades de origen, el sistema límbico se alinea, es decir, que al hablar también sentimos, o nos emocionamos con el ejercicio de lenguajear. Antes prendíamos el fuego, y el aire y los leños nos permitían el combustible. Ahora es toda esa multiexpresividad unida a la necesidad latente de comunicarnos lo que nos arropa de las inclemencias y al tiempo nos las crea.

Los pueblos de origen conservan idiomas en los que no hay cosificación, todo se mueve, hemos de reconocer que tanto sustantivo en el castellano nos ha dado anclas, pueden ser amarras necesarias, con las que a veces contemplamos una nube, el río, los pájaros… también ha de generarnos un sedentarismo que nos sacó de las sabanas, seguimos trepados en los árboles, no por miedo a los mamuts, o al tigre de sables, sino por sentir comodidad y nos esforzarnos mucho. El confort es una muestra más del triunfo del mercado, en los que cada uno ha forjado su propia forma de linderos. Hernando Chindoy, líder indígena, me contó, que antes, esos límites, se asumían era como lugares no de separación sino de encuentro, sitios para compartir. Entonces la Maloka del lenguaje, esa casa universal, ese sitio para asistir a nuestras diferencias e intentar desarrollarlas, es un ejemplo, que podría generarnos más lazos.

Para los nativos, las cosas existen en tanto se mueven o poseen vida, de ahí que varias de esas lenguas no acudan a tirar estatismos. Una fuerza en nosotros las impulsa, abandonado el mito de congregarnos en la torre de Babel y unirnos, el idioma nos separa si se invisibiliza, y ese proyecto es uno que cumplió parte de su objetivo en Colombia; al impedir el diálogo y la interacción, sí que nos convertimos en sellos, en personas con candados, con fortalezas y como sociedad si no nos oxigenamos al departir, podemos perecer. Le concedemos más valor a los que nos invadieron, que a quienes nos legaron costumbres y siguen habitando y compartiendo con nosotros el territorio. Aunque hay una coexistencia, porque puede tenerse una quebrada llamada Nona o un río denominado Consota, así como una avenida Belálcazar, o Colón, por mencionar algunas.

El caso se encuentra en un proyecto que todavía tiene sus luces prendidas: el exterminio, que continúa con lo físico y también con la negación “¿Qué tal ser indio?”, se escucha, o lo menos por advertir es nuestra composición: somos mestizaje, mixtura, multicultura y es un crimen tan sólo concedernos o ponernos en una sola esquina, cuando estamos llenos de colores y pinturas, materiales y cantos, comidas y genes con los que se nos ha incubado. La educación, como los planes, así como los gobiernos y la propia ciudadanía con su abono, y con su impulso por proteger y extender aquello que nos pertenece y lo que nos cubre, es parte del ideario por puntualizar y hacer crecer. La escuela y los maestros saben de lo significativo de habitarnos con posibilidades y no encerrados desde una solo arista.

Hoy una palabra nos rodea, acecha como fantasma, invade el mundo y es parte de ese encuentro: cerco, tanto por lo confinados, aislados, sometidos y porque de un momento a otro al encontrarnos en un estado de excepción, donde ocurren vejámenes de todo tipo: la restricción de las libertades y el ejercer el control a mansalva a las autoridades, estamos sitiados. Puede que haya menos ilícitos de puertas hacia fuera, en las calles, pero lo que no cesa es la corrupción, como también el cometer deslices por parte de las autoridades y ni qué decir de cómo violentamos nuestros propios semejantes en el centro del que debería ser un preciado tesoro: el hogar y su avivada familia. Estamos cercados además por la era del Big data, del rastreo electrónico, de modo que, controlados, además porque donde cunde el virus, se debe de inmediato poner las barreras.

Un hecho, una perspectiva en contexto, un delirio sin tregua, una alegría, y una utopía, nos enaltecen: la libertad de salir por el lenguaje, esto es por la capacidad de imaginar, de cometer fugas y desvaríos, no hay quien pueda detenernos al fabular, al deslizarnos sin brújula cuando activamos el pensar, ni nadie puede confinarnos si a la vista se encuentra la facultad de la memoria.

Lo nuestro ha sido el tender perspectivas y contar con espejos retrovisores. El lenguaje, el pan con el cual nos alimentamos, el polen, la flor, el núcleo y la periferia, ese mar de aventuras, no puede ser sometido. Cada quien, y en comunidad puede hacer uso de él, a su modo, resguardando, eso sí, el nunca acabado derecho de la protección de la libertad del otro. Abrir la boca, como decía el maestro Tito Nelsón Oviedo, o poner de manifiesto las 4p, como anuncia el colega Leandro Arbey: Pasión, provocación, perversión y proyección. O tan desafiante como lo enmarcan los indígenas, ser coherentes, al decir, porque al hacerlo, debemos coordinar lo que pensamos, lo que sentimos y hacemos.

 

John Harold Giraldo Herrera

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