Opinión

El 3325

Eddie José Dániels García

12/05/2020 - 05:30

 

El 3325
La ciudad de Mompox / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

La lancha de don Vicente Villa lanzó el segundo pitazo anunciando que estaba pronto a iniciar la partida. Era un viaje que realizaba todos los días, de lunes a sábado, hacia la histórica Villa de Santa Cruz de Mompós. Zarpaba a las tres de la mañana para tocar las murallas valerosas con los primeros rayos solares y, tras permanecer en esa ciudad gran parte del día, salía de regreso a las tres para arribar a Talaigua sobre las cinco de la tarde. Dona se había levantado casi a las dos de la mañana para tener tiempo de arreglarse, hacer el café para mi papá y dejar preparado algún desayuno para consumirlo después de las siete de la mañana cuando todos nos hubiéramos levantado. “Apúrate, Dona, que ya casi va a salir la lancha”, le dijo mi papá, mientras saboreaba el tinto y sintonizaba a Radio Santafé en su transistor de batería. Dona agarró su bolso de mano, se despidió alegremente y salió por la oscura albarrada rumbo a la lancha. “No olvides traerme un quintico de la lotería de Bolívar”, le recordó mi papá.

Para esa época, mis progenitores eran una pareja que ya se conocía de sobra, pues llevaban casi treinta años de casados y habían concebido una familia numerosa: “Seis mochorocos y tres mujeres”, solía decir mi papá cada vez que alguien le preguntaba por su número de hijos. Se habían enamorado en los albores de 1938, cuando mi padre había llegado a esa pequeña población como maestro de escuela, nombrado por el departamento de Bolívar. Según nos refería Dona, muchos años después, “fue un amor a primera vista”, que tuvo como incentivo la buena pinta del maestro recién llegado, la facilidad de expresión, su caligrafía exquisita y el prestigio que aquilató por sus virtudes pedagógicas. De acuerdo con los testimonios de algunas personas de aquellos tiempos, vestía pantalón y camisa mangas largas blancos y usaba corbata negra que combinaba con el color de los zapatos. Algunas veces lucía un elegante sombrero de fieltro, que le entonaba muy bien por su elevada estatura y sus facciones bastante orientales.

Dona viajaba con frecuencia a la Ciudad Valerosa a realizar diligencias menores. Allá compraba hilos, encajes, botones, agujas, telas y otros detalles necesarios para mantener al día su oficio de costurera. Otras veces lo hacía para enviar las cartas familiares o cobrar los giros que le mandaban los hijos mayores que se encontraban trabajando en otras ciudades. Asimismo, aprovechaba los viajes para visitar algunos familiares y amistades que residían en esa población. Y nunca faltaban, por supuesto, los saludos para sus comadres del alma, madrinas de sus hijos mayores: Isabel Gandur, madrina de Betty, Farides y Aida Jalilie, madrinas de Amaranto y Haydee, respectivamente. Todas, dueñas de sendos almacenes ubicados en la albarrada momposina, frente al cariñoso río Magdalena.  Y años más tarde, cuando Jocé y yo ingresamos al glorioso Colegio Pinillos, llegaba con frecuencia al plantel para averiguar sobre nosotros y a la pensión donde residíamos a cancelar las  mensualidades.   

En esos tiempos, cuando Dona o mi papá anunciaban un viaje a Mompós, los hijos menores, que aún permanecíamos en el seno familiar, nos disputábamos la escogencia del viaje para acompañarlos. Esto nos obligaba a portarnos bien, a no andar en la calle, a hacer los mandados con prontitud, a no decir malas palabras y a acostarnos temprano. Ese día, ninguno de los hijos se había ganado el privilegio del viaje y nuestra madre había decidido partir sola. Sin embargo, recuerdo que esa noche, ninguno de nosotros pegó el ojo y nos mantuvimos en vilo durante varias horas. Todos habíamos estado pendiente de la levantada a las dos de la mañana por si cambiaba de opinión, pero todo fue en vano: la determinación se mantuvo. Su posición obedecía a la reciedumbre de su carácter: era una mujer inquebrantable, de una sola posición y muy difícil transigía o se dejaba convencer por ruegos. Y su mano era bien dura, y sentíamos su fortaleza, cada vez que éramos blancos de una cueriza por algún desliz o falta cometida.  

Cuando Dona llegó al puerto, sorteando la oscuridad y las dificultades de la albarrada, ya “La Preferida”, como se llamaba la lancha, estaba calentado los motores. “Buenos días, don Vicente”, le dijo mi madre. “Buenos días, Dona, casi te quedas”, le respondió don Vicente, quien llevaba varios años timoneando la embarcación y realizando el mismo recorrido de ida y regreso, entre Mompós y Talaigua. Se había ganado el aprecio de toda la región, sobre todo, porque recogía pasajeros en el Vesubio, San Fernando, San Zenón y Peñoncito, poblaciones ubicadas en las riberas del río, y transportaba la mercancía para surtir las tiendas de estos pueblos. Por una pequeña escalera, Dona descendió al interior de la lancha, saludó a los pasajeros presentes y se acomodó en una de las bancas laterales, dispuestas para los viajantes. Luego, sacó del bolso una toalla pequeña, se la enrolló en el cuello para prevenirse contra el frío de la madrugada, apoyó la cabeza en el terminal de la banca, cerró los ojos y se quedó dormida.

Tuvo un sueño apacible, perturbado algunas veces por el ruido del motor y los gritos de los ayudantes, cada vez que atracaban en las orillas a recoger pasajeros. En las interrupciones momentáneas y los cabezazos permanentes, soñó que viajaba para el interior del país en un buque de cuatro pisos, soñó que estaba dándoles maíz a las gallinas en el patio de la casa, soñó que estaba cortando las telas de las camisas que cosía para la tienda de la niña Chon y, casi al despertar, soñó que estaba enseñándole a la Cuqui, su hija menor, las letras de la cartilla de cartón. De pronto el grito: “Mompós a la vista”, lanzado por uno de los ayudantes, la hizo abrir los ojos. Estaban en el último recodo del río y a lo lejos se divisaba, entre los brillos del amanecer, la torre de San Francisco, una de las iglesias que ennoblecen a la “Ciudad Valerosa”. Había realizado ese viaje muchísimas veces, y más en la década de los años cincuenta, cuando su hija mayor estudiaba interna en  la Escuela Normal de Señoritas de esa población.

Ya en el atracadero, frente al mercado público, Dona se frotó los ojos con los puños, se limpió la cara con la toalla, se arregló el pelo con las manos y se ajustó la peineta, canceló el pasaje y se despidió de don Vicente. Subió las escalinatas del puerto, atravesó la plaza de la Concepción, llegó a la calle principal y caminó hasta las Tres cruces para visitar a la tía Eufemia Maldonado. Sobre las nueve de la mañana regresó al centro a realizar las diligencias y visitas, previstas para el viaje. Casi a las doce llegó donde Emelina, su antigua amiga y reconocida fondera del puerto, a degustar el almuerzo acostumbrado cada vez que viajaba a Mompós: sopa de hueso y arroz con carne y papas guisadas, que eran su plato predilecto. Tras una breve siesta con los ojos abiertos, recordó el encargo de mi papá. Subió por el camellón del Colegio Pinillos y llegó donde Juan Balín a comprar el quintico de la lotería de Bolívar que jugaba ese día a las ocho de la noche. El calendario natural marcaba una fecha promisoria: lunes 8 de agosto de 1966.

Sin más diligencia que hacer, retornó a la lancha para descansar, mientras se iniciaba la partida de regreso. “La Preferida” zarpó casi a las tres de la tarde. Por el descenso del río, al regresar, el viaje era más rápido.  La llegada a la casa fue una alegría para todos por los dulces y regalos que siempre nos traía. Al rato, mi papá le preguntó: “Me trajiste el quintico?”. Dona le respondió. “Sí, pero lo compré para mí”. “Es mío porque yo te lo encargué”, le replicó mi papá y no hizo más comentarios. La tarde siguió su curso, se encendieron las luminarias y comenzó el canto de los grillos. Faltando cinco minutos para las ocho, mi papá prendió el transistor para oír el número de la lotería que jugaba en la Plaza de los Coches de la Ciudad Heroica. Las ruedas de la fortuna se pararon lentamente, el locutor anunció, uno por uno, el número ganador, mi papá lo memorizó y le preguntó a Dona: “Cuál es el número que compraste?”. Ella le respondió: 3325. El grito de mi padre resonó y quedó vibrando en la cocina de palmas: “Mierda, salimos de pobres, nos ganamos la lotería”.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

3 Comentarios


JAIME GARCIA CHADID 12-05-2020 03:52 PM

Limpia narrativa y factura impecable. Historia y sociología. Es un escrito fresco y atrayente.

Alfonso Herrera Urbina 12-05-2020 04:25 PM

Que bueno amigo Eddie, cuando se tiene la mente fresca para recordar y revivir las actividades y acontecimientos, de nuestros seres queridos, de aquellas epocas preteritas, y que hoy nos llenan de nostalgias, que quisieramos retroceder el tiempo, para recibir los besos y abrazos maternales que brotaban de sus corazones.

Rafael Gustavo BUENDIA DIAZ 29-05-2020 05:48 AM

Ésas son las crónicas que tienen Sabor CARIBE. Ese es el MACONDO que llevamos por dentro, con sabor a Ñame, suero con Yuca y el olor SALITRE. Colega Eddy Daniels García. Siga deleitandonos con esas crónicas Yo las devoro. Y te acuerdas de Aquel tema que parrandeabamos con Jairo Tapia Tiche. Que dice..... Cuando el río está crecido es porque arrastra piedra Recuerdos de la UPTC de Tunja

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