Opinión

Dígales… que coman mierda

Eddie José Dániels García

18/05/2020 - 04:30

 

Dígales… que coman mierda

El día que mi compadre Rodrigo Hernández se presentó a mi casa con la orden de trabajo, firmada por el Secretario de Educación Departamental, no experimenté ningún aire de satisfacción. Por un momento, sentí ganas de decirle que le agradecía altamente su deferencia, pero que no estaba en condiciones de aceptar ese nombramiento. En realidad, todo obedecía a que el colegio donde me tocaba laborar nunca había sido santo de mi devoción y en la intimidad sentía cierta inquina por ese centro educativo. Para esa época, yo tenía alrededor de quince años de ser profesor del prestigioso Instituto Simón Araújo y jamás había conocido las instalaciones de ese plantel, salvo el frontispicio que era de obligatoria presencia cada vez que pasaba por la enorme y antiquísima plaza de Majagual, sitio donde está ubicado. Y por los comentarios callejeros sólo tenía conocimientos de que era un colegio con fama de revoltoso, donde la mayoría de sus estudiantes exhibían un falso liderazgo y estaban infectados por las cenizas de la revolución.

Ya en una época anterior, recién llegado a Sincelejo, había tenido la oportunidad de ser profesor de ese plantel, gracias a la propuesta que me hiciera en Corozal, departiendo en una finca, un alto funcionario de la educación, a quien tuve la oportunidad de conocer por intermedio del doctor Guillermo Márquez y Márquez, uno de los grandes amigos que me presentara don Remberto Montes Hernández, propietario del Liceo Juan XXIII, plantel donde laboré durante una década, y con quien mantuve una sólida  amistad hasta el día de su muerte. En ese momento, le agradecí al funcionario su intención pero no tuve valor para aceptar el ofrecimiento. Mi formación docente en la UPTC de Tunja, me había definido las bases para orientar a cabalidad la academia en las aulas, y por ningún motivo estaba dispuesto a enfrentarme a cualquier colegio plagado de insurrectos e indisciplinados. Es una costumbre sana, que he mantenido inalterable desde 1977 cuando inicié mi vida profesional en el prestigioso Instituto Simón Araújo. 

Por esos tiempos era común encontrar profesores que laboraban en varios colegios, y durante algunos años se puso de moda la bonanza de “la doble vinculación”, figura que, a todas luces, fue uno de los factores que contribuyó a empobrecer la calidad de la educación en Colombia. Muchísimos docentes, acosados por el tiempo para trasladarse de un lugar a otro, llegaban a los colegios prácticamente a descansar y a improvisar los temas académicos. Y frente al nacimiento de muchos colegios oficiales y privados, había escasez de profesores, razón que los obligaba a comprometerse con varias instituciones al mismo tiempo. Recuerdo que conocí a un “licenciado” que trabajaba en cinco colegios simultáneamente y en las clases confundía las listas de los diferentes cursos donde dictaba la química orgánica. También recuerdo a otro que laboraba fuera de la ciudad y cuando llegaba al Simón Araújo, se sentaba en una silla, estiraba las piernas y se quedaba dormido. El ingenio estudiantil lo bautizó: “el profesor coche cama”.

La educación nacional se había convertido en una actividad comercial, y muchos docentes llegaron a expresar “que habían estudiado licenciatura para amasar fortuna y hacerse ricos, como también lo hacían los médicos, abogados, ingenieros y demás profesionales”. Este desorden llegó a su clímax cuando varios departamentos, entre ellos Córdoba, engendraron el sistema de nombrar por tiempo y medio a los profesores. De esta manera, los designados con este privilegio tenían que laborar en una jornada las treinta y cinco horas académicas que, en ese entonces, establecía el pensum oficial. Esto significaba que los educadores dictaban sus clases de campana a campana, sin tener una hora de descanso, salvo los quince minutos del recreo. Y estando en un colegio con esta tarea, pasaban a otro, lógicamente derrotados por el cansancio escolar y los viajes por carreteras destartaladas. Esta costumbre comenzó a desbaratarse a comienzos del presente siglo cuando el Gobierno tuvo el firme propósito de acabar con la “doble vinculación”.   

Este era el cuadro desolador que reflejaba la educación sincelejana el día que mi compadre Rodrigo Hernandez se presentó a mi casa para llevarme la buena nueva de la vinculación por cátedra en el colegio departamental. Con la orden de trabajo en mi poder, aparte de pasar un mal rato, me dediqué a reflexionar y sin pensarlo dos veces tomé la firme determinación de no presentarme al citado plantel. No obstante, al día siguiente recibí una llamada de mi compadre, para preguntarme que cómo me había ido en el colegio. Le respondí que había tenido que hacer varias diligencias y no había podido presentarme. Me comentó que era urgente mi presencia, que ya el rector estaba enterado de mi nombre y que el secretario de educación me pedía que le colaborara porque los alumnos estaban perdiendo las clases hacía dos semanas. Ante su insistencia, me vi obligado a prometerle que al día siguiente me presentaría sin falta para conocer el colegio, hablar con el directivo y mirar los cursos que me correspondían.

Y así lo hice: el miércoles, sobre las nueve de la mañana, salí para esa institución, casi arrastrando los pies y con el propósito de no llegar nunca. Subí por la tradicional calle Nariño, miraba las casas que la embellecen y me detenía a charlar con los amigos ocasionales que encontraba a mi paso. De esta manera, y con esta deliberada parsimonia, de pronto me vi frente al portero. Le dije que era un profesor nuevo y que necesitaba hablar con el rector. Tras aceptar mi presentación, abrió la puerta y me indicó el camino para llegar a la dirección. El rector me atendió de inmediato, éramos amigos pues habíamos trabajado juntos varios años en el Liceo Juan XXIII. Me comentó que ya tenía la comunicación oficial sobre mi nombramiento, que me estaba esperando desde el día anterior y que estaba muy complacido con mi vinculación. Me enseñó el horario y después de unas generalidades le pedí que me mostrara el colegio. Salimos juntos, recorrimos varias dependencias, miramos las aulas y me señaló los cursos donde debía dictar las clases. Tuve una impresión un poco desalentadora de la disciplina.

Sin quererlo, alcancé a notar que, desde mi llegada, todos los presentes me observaban sorprendidos, sobre todo, los profesores y empleados que transitaban por los patios y pasillos. Mi sorpresa mayúscula fue cuando llegamos a la sala de profesores: los docentes que estaban allí se quedaron paralizados, algunos enmudecieron e hicieron gestos desagradables. El rector alcanzó a expresar que a partir de ese día me vinculaba oficialmente como catedrático en esa institución. Recuerdo que tan solo un profesor, con quien mantenía una sincera amistad nacida en el Juan XXIII, se acercó a saludarme y me abrió las manos de la fraternidad. “Qué bien, profesor Daniels, me dijo, espero que se amañe en este colegio”. Regresamos a la oficina, saboreé un tinto que me ofreció la secretaria, quien había sido mi alumna hacía muchos años, y el diligente rector me anotó en un cuarto de papel el horario correspondiente. Me despedí con mucha amabilidad y le prometí regresar al día siguiente, a la tercera clase, para comenzar en firme.

Eran doce horas de castellano que me tocaba desarrollar en tres grupos de noveno. De esta manera, el jueves, pasadas las siete de la mañana y con el ánimo despedazado como el día anterior, me dirigí a la institución. Durante el trayecto cruzaron por mi mente muchísimos episodios olvidados, y por un instante sentí la impresión de que era la primera vez que iba a dictar una clase. El portero me reconoció enseguida. Después de responderme el saludo, me dijo: “Usted es el profesor Daniels?”, le respondí que sí con la cabeza. Entonces, me informó: “Tengo órdenes de no dejarlo entrar”. Le pregunté: “¿Y por qué?” Un poco enredado y casi cancaneando me dio la respuesta: “Los profesores están reunidos desde la primera hora analizando su caso. Dicen que no es justo, porque usted es profesor del Simón Araújo y viene a dictar unas clases que le corresponden a una profesora que las tenía el año pasado y se encuentra enferma hace tres meses”. Casi sin pensarlo, mi respuesta fue espontánea: “Ah, sí, vaya y dígales… que coman mierda”. Di media vuelta y bajé rápidamente los escalones de la entrada. Sentí un alivio profundo y se me iluminó el alma.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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