Opinión

El eco de la nostalgia

Alberto Muñoz Peñaloza

19/05/2020 - 05:10

 

El eco de la nostalgia

 

Mientras la tarde reinaba, el sol iba escabulléndose por entre los matorrales, la sonrisa tierna de la brisa retozaba sin parar como regalo a quienes confían en el prodigio de la mansedumbre. Parecía un episodio onírico, pero no, era la nueva realidad en aquellas tierras sembradas de fruta, platanales, y el eco doloroso de páginas inmerecidas, escritas con sangre e injusticia en la llamada masacre de las bananeras.

Santander Durán Escalona, el prolífico compositor vallenato, registra ese hecho en su bello canto: “se fueron se fueron las bananeras, y explotaron y explotaron la nación, solo quedan los recuerdos de otras eras, añoranzas y quimeras, deudas penas y dolor; porque allá en la zona vallenata, allá sufre sin queja un pueblo soñador, que nada ganó al pelear dos guerras, solo que hoy hoy olviden su dolor; es el pueblo bananero de abarca y de sombrero que espera redención”.

Gabriel García Márquez, por su parte, la describió en Cien años de Soledad: “La huelga grande estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos desbordaron los pueblos. La calle de los Turcos reverberó en un sábado de muchos días, y en el salón de billares del Hotel de Jacob hubo que establecer turnos de veinticuatro horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en que se anunció que el ejército había sido encargado de restablecer el orden público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un anuncio de la muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el coronel Gerineldo Márquez le permitió ver un fusilamiento. (…) La ley marcial facultaba al ejército para asumir funciones de árbitro de la controversia, pero no se hizo ninguna tentativa de conciliación. (…) José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café. -Debían ser como tres mil -murmuró. -¿Qué?. -Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación”.

“Las bananeras es tal vez el recuerdo más antiguo que tengo”, cuenta Gabo. “Fue una leyenda, llegó a ser tan legendario que cuando yo escribí Cien años de soledad pedí que me hicieran investigaciones de cómo fue todo y con el verdadero número de muertos, porque se hablaba de una masacre, de una masacre apocalíptica. No quedó muy claro nada, pero el número de muertos debió ser bastante reducido. Lo que pasa es que 3 o 5 muertos en las circunstancias de ese país, en ese momento debió ser realmente una gran catástrofe y para mí fue un problema porque, cuando me encontré que no era realmente una matanza espectacular en un libro donde todo era tan descomunal como en Cien años de soledad, donde quería llenar un ferrocarril completo de muertos, no podía ajustarme a la realidad histórica. Decir que todo aquello sucedió para 3 o 7 muertos, o 17 muertos… no alcanzaba a llenar ni un vagón. Entonces decidí que fueran 3.000 muertos, porque era más o menos lo que entraba dentro de las proporciones del libro que estaba escribiendo. Es decir, la leyenda llegó a quedar ya establecida como historia”. De esa forma explica García Márquez la dimensión del relato, en una entrevista para la televisión británica en 1990 (Entrevista citada por Eduardo Posada Carbó en su ensayo La novela como historia. Cien años de soledad y las bananeras).

Es el mismo territorio el que “pinta” bellamente el maestro Rafael Escalona, en su obra musical “El testamento”, relato magistral de aquellos viajes esperanzadores, pero cubiertos de aventura y nostalgia: “(…) paso por Valencia, cojo la sabana, Caracolicito luego a Fundación, y entonces me tengo que meter, en “un diablo”, al que le llaman tren, que sale, por to’a la zona pasa, y de tarde, se mete a Santa Marta”.

Migración y canto

Durante la franja de tiempo que involucra desde la mitad del siglo pasado, en esos tiempos en que se presentaban dificultades supremas para la humanidad, antes y después de la Segunda Guerra Mundial, la migración doméstica surtía efecto entre pueblos, alejados entre sí por el atraso en todos los frentes y el distanciamiento imaginativo. En cualquier dirección partían, “sufrían” el distanciamiento familiar y se nutrían de lo nuevo. De alguna manera, el aprendizaje era frecuente a través de quienes llegaron antes, a los pueblos de origen, casi siempre procedentes del interior del país movidos por la violencia política o por otras razones.

Armando Zabaleta, compositor nacido en El Molino, la tierra del magistral Chico Bolaño, del “todo terreno” Beto Zabaleta y Jorgito Aponte Celedón, como de los mejores zapotes y mameyes en la confluencia Cesar-La Guajira, partió a la tierra del mejor cayeye en el Caribe, del verdor cundido por el guineo y los mangos de azúcar. En cualquier momento, la tenaza del recuerdo y la ausencia afectiva le “osterizó” el cerebro, que en compinche con su musa, le permitió relatarlo de manera espléndida: “allá en la zona me encontré un villanuevero, yo me acerqué a preguntarle a ver si me daba cuenta, le pregunté por la vida’e Julio Suarez de Escolástico Romero y Emilianito Zuleta, y si te fueres me llevas este recuerdo, que se lo’ manda Armando Zabaleta”.

Muy frecuente era marcharse por decisiones emocionales trenzadas con el orgullo y la autosuficiencia, pero en cualquier caso, la reflexión resultante de la tristeza y el ‘guayabo’, la recapacitación no se hacía esperar. Zabaleta, lo reconoció, “y me le dice que salí por decepción, salí pa’ tierra lejana con fin de no regresar, yo me enguayabo cuando oigo estos acordeones y recuerdo esas parrandas que se hacen por allá, me entristece el alma y a veces me da dolor, pero es imposible que un hombre pueda llorar”.

La gratitud, como fuente de abundancia y prosperidad, presente en la almas nobles, “llegué a u retiro por cierto llaman copey, allí me di a conocer pa’ que más tarde me quieran, principal,ente por Ancialito Barrera que es una persona buena y le tengo que agradecer, por ese motivo salgo pa’olvidá esta tierra, pero es imposible y siempre tengo que volver”.

Un poco más allá

Cuando el tío Álvaro Castro Socarras, partió en barco a la Sorbona rompió el paradigma, sin consideraciones parroquialistas, emulado después por Lorenzo Padrón, el profesor Penso, Basilio Padilla y otros vallenatos que, guiados y promovidos por el bacteriólogo y humanista, Orlando Velásquez García, se fueron a los Estados Unidos y construyeron una mejor realidad para sus vidas. Periplo similar emprendieron también, en tiempo posterior, los que enrumbaron a Chile, entre otros, Benjamín Costa y el gran Pedro Luis Del Toro Sierra.

En esta época se registran idas y venires, a distintos países del mundo. Entonces, a Zabaleta le resultaría fácil encontrarse con otro villanuevero en cualquier lado del planeta. Instalándose en Atlanta, sede vivencial actual de la imbatible Laura Calderón y del original sin copia Fredy Oñate Acevedo, iría sin esfuerzo al Acuario de Georgia, donde no encontrará moncholos ni coroncoros, pero si ballenas,  tiburones, belugas, pingüinos, delfines, nutrias de mar, medusas que puede ver en tercera y cuarta dimensión, más de quinientas especies de todo el mundo, lástima que la pareja de bocachicos que, de la ciénaga de Pijiño, donaría la triunfal Sandra Machado en su reciente viaje, le fue decomisada por ‘chirrincheros’ antes de salir de Colombia; de seguro visitaría el Jardín Botánico, el Parque Olímpico del Centenario -parque público de 85.000 metros cuadrados-, visitar el parque de Stone Mountain,  al World of Coca-Cola, entre muchos sitios de interés. Encontraria además, la posibilidad de disfrutar el espectáculo tradicional en el Modern Circus Fun: Circo Hermanos Vazquez, donde el enanito malabarista “Carpetin” luce emocionado un par de zapatos, de industria vallenata, nanoshoes, obsequio tierno del brillante Jairo Jiménez, en su periplo habitual, hace unos meses.

Circular por la famosa calle Peachtree es asumir un posible encuentro con el villanuevero Isaias Celedón Cotes, psicólogo, compositor, poeta, declamador, editor, periodista, músico, escritor y conferencista. Los hombres como él triunfan, a pesar de todo, y obtienen la crispeta de diamantes que tallan con lo que son.

Mientras tanto, lágrimas involuntarias recorren la planicie facial de quienes se saben fuera de su tierra, pero siembran sueños mediante realizaciones diarias, con hábitos de grandeza humana, y potencian emociones de poder, como la determinación y la contribución por ejemplo, en procura de materializar la vida que merecen vivir.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

3 Comentarios


Jesús erasmo sierra rodriguez 19-05-2020 04:49 PM

Carajo muño,cada vez que te leo me emociono más,y me lleno de tristeza cuando termina tu escrito,pero me queda una enseñanza imborrable ,con verdadera tinta indeleble.felicitaciones ,por lo único que quiero seguir encerrado ,para seguir leyendo tan estupendas narraciones de hechos ciertos vividos y acaecidos en nuestras tierras caribes.un abrazo amigo muño.

Isaías Celedón 22-05-2020 06:23 PM

Si Garcia Márquez lo hubiese leído, seguro que estaría orgulloso y entusiasmado; al ver que Macondo está Vivito y Coleando, con la Narrativa exquisita que usted le imprime a los personajes y hechos de la región(Párrafo a párrafo, o como diría Chema Corrales "Ñervo a Ñervo" mi querido Amigo). Su pluma destila un aroma de lluvia primaveral,"adobada" con perlas marinas que andan en busca de sirenas encantadas... Desde la distancia reciba Un Abrazo Villanuevero!

David Sierra 05-07-2020 08:43 AM

Me había quedado con la versión de los 3 mil muertos en la bananeras. No sabía que eran tan poquito. Asistí a la instalación del monumento a cortador de bananos, con machete y sin ropa. Todos en sus discursos hablaban de los 3 mil muertos, unos cerraban la cifra y otros la aproximaban y ahí están la bananeras

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