Opinión

El reloj del Tío Tomás

Diógenes Armando Pino Ávila

29/05/2020 - 04:10

 

El reloj del Tío Tomás

 

Mamá siempre me recomendaba la ruta más corta para llegar al colegio, yo, un niño de nueve años, obedientemente la seguía, pero un día, uno de mis compañeritos de estudio llegó tarde a clases y, cuando el profesor le preguntó por las razones de su tardanza, contestó que como el día estaba nublado su mamá no pudo ver la hora. Todos los niños del salón soltamos la carcajada con esa inocente crueldad que tienen los niños a esa edad. El profe nos miró furioso y con el solo fruncimiento del ceño nos mandó a callar. Cuando se hizo el silencio, le preguntó al niño: ¿Qué tenía que ver el día nublado con la hora? El niño sonrió ampliamente, desparramó su mirada sobre nosotros y con un gesto de suficiencia explicó: en la casa no tenemos reloj, los vecinos tampoco tienen, por eso miramos la hora en el reloj de sol que tiene el carpintero en lo alto del portón lateral de su casa.

Sonó la campana, anunciando el final de la jornada, con el acostumbrado alboroto, recogimos los cuadernos, los metimos en las mochilas y salimos en tropel del colegio, pero, contrario a los otros días, el curso entero se enremolinó en la calle a un lado del portón de salida. Rodeábamos a Cristian, el niño que llegó tarde, queríamos acompañarlo a su casa para que nos mostrara el reloj de sol del señor Tomás. Salimos por la solitaria calle, bajo la resolana ardiente del medio día, conversábamos sobre relojes, cada quien iba contando del reloj de la casa, el hijo del relojero se erigió como autoridad sobre el tema y nos explicaba, a su manera, el intrincado mecanismo del reloj de péndulo que colgaba en la sala de su casa. El hijo del ganadero comentaba de un reloj de leontina que tenía su papá al que todos los días le daba cuerda a las seis de la mañana. El hijo del dueño del almacén de tela contaba del nuevo reloj de su mamá, el cual tenía una manilla de cobre para controlarle la presión a la señora que era hipertensa. En fin, cada uno contaba de las rarezas de los relojes familiares, pero la curiosidad iba centrada en el reloj de sol del vecino de Cristian.

Llegamos a la calle donde vivía Cristian, era una calle de casas prefabricadas de aluminio, al sector le habían dado el nombre de «Calle Aluminio», pero por mamadera de gallo, los tamalamequeros le llamaban «El barrio de los peroles». Por fin llegamos a la casa del señor Tomás, nos paramos frente al portón lateral que daba entrada al patio de una pequeña carpintería, donde laboraba el señor Tomás, inclinado a un banco de carpintería, puliendo con una garlopa artesanal un madero de roble.

El señor Tomás, un hombre de mediana estatura de una edad entre los sesenta y setenta años, de tez morena y cabellos blancos, al sentir nuestra presencia detuvo su accionar con la garlopa, se irguió y nos miró curioso, cuando se dio cuenta de nuestro interés por el reloj, salió y nos saludó afable y comenzó a explicar que el sol hacía un recorrido de 360 grados en 24 horas, 12 de día y 12 de noche, y que la tabla cuadrada seccionada por rallas, cada sección representaba una de las 12 horas en que estaba dividido el día y que el estilete que estaba en el centro se llamaba «gnomon o estilo» y que servía para proyectar la sombra sobre el número correspondiente a la hora del día. Se explayó en minuciosas explicaciones que la mayoría no entendimos, pero que avivaron nuestro interés por el artefacto ingenioso que señalaba la hora.

Llegué a casa y conté lo del reloj de sol del señor Tomás, una de mis tías abuelas, me dijo sonriente, ese señor Tomás se llama Tomás Gómez y es pariente cercano de la familia, por tanto, debes decirle tío Tomás. Ése fue el comienzo de mi admiración por el tío Tomás, años después me enteré de sus ideas liberales y sus ideales libertarios, supe de una hoja anónima que sacaba bajo la complicidad de la noche, donde denunciaba los desfalcos del erario municipal y fustigaba a los alcaldes por sus trapisondas. Esa hoja la titulaba «Clarín» y él se firmaba como «Clarinete», la gente del pueblo la leían en grupos y se comentaba en corrillos, dándole la razón a «Clarinete» por sus acertados comentarios y su ácida crítica, la cual hacía siempre con un sarcasmo fino y un lenguaje preciso.

El Tío Tomás fue defensor de la propiedad comunal sobre las sabanas del pueblo, las que el alcalde de turno vendía bajo la mesa a los terratenientes antioqueños que comenzaron a llegar comprando la tierra productiva a los nativos. El Tío Tomás con un grupo de personas del común lideraron la lucha por esas sabanas, pero pudo más la corruptela del dinero que la voluntad inquebrantable de ellos y las sabanas terminaron siendo tituladas a foráneos recién llegados que se apropiaron de malas maneras lo que por cientos de años había sido de todo un pueblo.

Desde esa niñez lejana he soñado siempre con fabricar un reloj de sol y, ahora, cercana mi pensión, creo dedicaré algunas horas en su fabricación.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

@Tagoto

Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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1 Comentarios


Carmen Lozano 29-05-2020 07:56 AM

Excelente narracion de los hechos diarios de la provincia. Felicitaciones Diogenes . Hace muchos años no escuchaba el termino TRAPISONDA.

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