Opinión
La palabra desconocida de la alcaldesa

Aunque nos parezca increíble, por estos tiempos de tribulación por la pandemia del Covid 19, talvez se haya dado una inexorable sensibilización a ciertos temas, inicuos en épocas normales.
Si existe algo difícil en las relaciones interpersonales de la contemporaneidad, es la expresión óptima, objetiva, la utilización correcta de las palabras y, en general, la aplicación de la “pureza” del lenguaje; pienso que debe ser una tendencia permanente, una actitud propositiva en todos los medios de comunicación, por lo menos. Reitero, es algo complejo, sin pretender “sentar” cátedra sobre el tema, porque aún estamos en ciernes, en la etapa del aprendizaje; pero, reiteramos, pensamos que todos los idiomas del universo, hay que hablarlos y escribirlos correctamente. Y es que el idioma español, circunscribiéndonos a lo nuestro, al igual que la música y muchos otros aspectos de la vivencia cotidiana, son dinámicos y su evolución corresponde a la normatividad de la razón y la lógica. El diccionario, una de las mejores herramientas para sortear el cúmulo de dudas e inquietudes que nos asaltan con frecuencia, en el afán de cumplir con las normas gramaticales establecidas.
Hablando del libro invaluable, el emérito escritor de Aracataca, alguna vez manifestó: “Una de los placeres de la vida es encontrar las imbecilidades de los diccionarios. Para mí, en especial, constituyen una cierta forma de venganza contra el destino, porque mi abuelo, el coronel, me enseñó desde muy niño que los diccionarios no solo lo saben todo, sino que además no se equivocaban jamás. El hábito de mi abuelo se me transmitió por siempre y debieron pasar muchos años antes de que descubriera con mi propia alma que no sólo los diccionarios no lo saben todo, sino que además se equivocan muchas veces, en forma divertida”.
Para mí, una de las grandes frustraciones de la vida es quizá no haber tenido la posibilidad de conocer un diccionario que contenga la totalidad de las palabras inventadas en español, incluyendo todas las figuras, acepciones, modismos y regionalismos, por ejemplo. Obviamente es también comprensible e ilógico, tal pretensión, máxime que existe mucho tiempo antes de que la RAE, avale la terminología surgida, considerando las variables de la dinámica y la evolución, respondiendo aquello de las lenguas “vivas”.
Hablando de esos términos, tal vez en el transito riguroso de conseguir la aceptación ante la jerarquía del Idioma, recientemente, la alcaldesa de Bogotá, en una alocución propiciada por la crisis sanitaria mundial, tratando de sociabilizar y concientizar algo complejo como el aislamiento socio económico de una comunidad, expresó: “La utilización de los centros comerciales no puede ser para parchar”. Aludido por lo desconocido de la expresión, acudí como siempre al leal compañero, el diccionario, encontrando lo siguiente:
Parchar: Emparchar, poner parches.
Parche: Remedio, cataplasma, apósito, emplasto, remiendo. En pintura: Pegote, retoque (mal hecho).
Es decir que la mandataria de los rolos quiso expresar un colombianismo que significa “hacer programa”; en alguna época supe de esa expresión utilizada, por cierto, en sectores vulnerables, como se indica modernamente, de la población, con la tendencia significativa de algo clandestino y poco claro. No aplica aquí, por supuesto, polarización política, como tampoco mojigatería idiomática.
Álvaro Yaguna Nuñez
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