Opinión

La virgen, los choferes y los evangélicos

Diógenes Armando Pino Ávila

17/07/2020 - 04:20

 

La virgen, los choferes y los evangélicos
Una imagen de la Virgen del Carmen

Al momento de escribir esta nota, es 16 de julio 2020, día de la virgen del Carmen, esa virgen venerada por los santandereanos y que hicieron popular a través del gremio de conductores y propietarios de tiendas que en su gran mayoría hacen parte de la diáspora de “toches” y “pingos” diseminados por el Caribe Colombiano.

Diáspora santandereana de los dos Santanderes que pululan en los barrios de todas las ciudades costeñas y que, en la gran mayoría de ciudades, han fundado sus propios barrios a los que han llamado “Barrio El Carmen” y al que los costeños peyorativamente llaman “El barrio o la calle de los cachacos”. En tiempos de “no COVID”, en esos barrios o calles se levantaba con el alborozo de la música y los cohetes de pólvora atronando el cielo y asustando los perros del vecindario, se hacía desfile de carros y motos y se tomaba trago corto, aclaro: el trago corto de los cachacos es un trago grande para los costeños, pues el interiorano llenan la copa hasta los bordes y la toma espaciadamente, contrario al hombre caribe que toma el trago más pequeño, pero en una seguidilla rápida que emborracha  los cachacos.

Traigo a colación este tema por cuanto, en la mañana de este 16 de julio, salí a “La calle del centro” a comprar un medicamento y en esa esquina había un predicador evangélico con un equipo de sonido y algunas mujeres ancianas que portaban en sus manos algunos instrumentos de percusión y frente a ellas unos taburetes de madera. El pastor hablaba pausado sobre un pasaje bíblico que trataba de la salvación y de no rendir culto a ídolos de yeso, sostenía que eso era pecado, en tanto las cuatro ancianas escuchaban de pie, con la atención puesta en las palabras del predicador, al que apoyaban al gritar en coro un “amén” monótono, hasta ahí, era un cuadro de esa nueva religiosidad que se ha tomado los barrios populares y las veredas y caseríos de nuestra ruralidad, a la que el pobre cristiano asiste para conseguir ser salvo y pedir para que se mitigue su pobreza o cambie su precaria situación económica.

Mientras el predicador hablaba con énfasis de mesías y las señoras respondían su monótono amen, se escuchaba a la distancia los pitos de los carros y el alboroto de una música de un porro. Fieles a la chismografía pueblerina, salimos de la farmacia y nos asomamos a la calle, todos miraban hacia la izquierda, nosotros lo hicimos y a dos cuadras, venía apareciendo por una esquina un desfile de carros encabezado por un automóvil rojo que, en su techo, adornada con flores de muchos colores lucía soberana la imagen de la virgen del Carmen, acompañada por una decena de carros más y una camioneta que llevaba encima unos enormes parlantes que emitían la música de viento que nos llamó la atención.

Miré al pastor evangélico que, con ojos de angustia, predicaba a grito tendido, pidiendo a Dios por la salvación de los pecadores. Reprendiendo al demonio por haber poseído a los hombres que adoraban imágenes. En tanto la caravana de los choferes y dueños de vehículos de la cooperativa de transportadores del pueblo se acercaba con su algarabía festiva, el pastor sudaba, gesticulaba, gritaba, oraba, reprendía demonios y con un gesto casi teatral le hizo una seña a las señoras, las cuales acomodaron los taburetes y con rapidez se sentaron, y todas a una, comenzaron a tocar los timbales, tambores, panderetas y bombos e iniciaron con todos agudos el cántico de alabanza que el pastor cantaba con voz grave y algo destemplada por los altoparlantes.

Los mototaxistas y transeúntes, sonreían en son de burlas por el espectáculo que, en nombre de Jesús, daban unos y, en nombre de la virgen, daban los otros. No tuve más que sacudir la cabeza y reflexionar sobre cómo la fe religiosa divide a las personas y cómo en un mundo convulsionado y amenazado por la violencia, el narcotráfico, el COVID, la corrupción gubernamental y otras plagas, cohabitan seres de submundos diferentes que miran la vida desde diferentes ópticas. Creo haber visto en la escena que les narro, cómo el miedo al infierno y el deseo de un cielo de salvación transforma a la gente. Con razón se dice que todas las guerras y la mayoría de los holocaustos han tenido como motivación y excusa la creencia religiosa y a Dios.

Por eso, respetando el concepto sagrado de libertad de culto, sigo sosteniendo que, amo a Dios sin religiones y a mi patria sin partidos.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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