Opinión

El corroncho contemporáneo

Álvaro Yaguna Nuñez

01/09/2020 - 04:30

 

El corroncho contemporáneo
El monumento a Iván Villazón, dañado en Valledupar / Foto: El Tiempo

Con mucha frecuencia, se difunden noticias y denuncias por diferentes medios de comunicación acerca del escaso espíritu cívico de ciertos sectores de la población, con comportamientos que dejan mucho que desear, observándose la renuencia connotada a no respetar normas de convivencia necesarias para la obtención final de entornos y escenarios más agradables y tranquilos.

Los gobiernos, delegando en los mandatarios de turno la propensión por la seguridad ciudadana, excelente movilización, espacio público, empleo, educación, transporte, salud, inclusión social, bienestar, transparencia en sus procesos y las comunidades, alinderadas en una efectiva función de respuestas positivas y actitudes cívicas, en beneficio comunitario; en teoría es el deber ser, en la práctica, el tema es para revisar, inobjetablemente. Pero, pensamos, que el buen comportamiento ciudadano puede ser más expedito, más dinámico, dado que los resultados, la mayoría de las veces son inherentes a su propio acomodo y confortabilidad. Los gobernantes, es posible, se toman mayor tiempo en la realización de los aspectos que le corresponden constitucionalmente, muchas veces, también es cierto, soslayan dichos compromisos.

Esta visualización  se manifiesta a raíz de los recientes hechos vandálicos acaecidos en Valledupar, en contra de los monumentos erigidos en las inmediaciones del Parque De La Provincia, en el Balneario Hurtado, del Rio Guatapuri, cuando los cantantes Iván Villazon y Diomedes Díaz (qepd), fueron despojados de un dedo y el famoso diente falso de diamante, respectivamente; esta conducta antisocial en nuestro medio no es nueva porque alguna vez, una estatua del Libertador Simón Bolivar, localizada en la intersección de la calle 21 con carrera 18 D, fue decapitada; igual suerte corrió, en época más reciente la caja del monumento a los músicos, en el emblemático sector de La Ceiba, cuando desadaptados trataron de robársela. Es increíble que en esta ciudad intermedia existan enemigos agazapados tras la impunidad, para dañar el activo cultural nuestro.

Se denotan modernamente, para referirse a ellos, expresiones como vándalos, desadaptados, antisociales, depredadores, barbaros, pillos, etc., faltando quizá una acepción asertiva, contundente, impresionable y persuasiva, para lo que se quiere significar y conseguir; es necesario indicar que en nuestra región Caribe, el término “corroncho” es de mucha utilización e históricamente ha ido ganando trascendencia y significación diferente, hasta nuestros días; es de recordar que para designar a nuestro genuino hombre del agro, la denominación más acertada ha sido “coralibe” ; esta , indujo al “pollo vallenato” Luis Enrique Martínez a componer una famosa melodía, que orgullosamente señala el grado de trabajador honesto, de nuestros campos, así :”Soy coralibe, de la montaña, mejor se vive, plata se gana “.Otro termino análogo al referido es el de campechano, definido como sencillo, franco, jovial, abierto y cordial.

Hace mucho tiempo, el escritor cordobés, David Sánchez Juliao, en una columna de una reconocida revista nacional, titulo un artículo, “Porque soy corroncho”; inicialmente explicó que la palabra de marras, es una especie de neologismo puesto que los diccionarios especializados admiten la expresión “corronchoso”, utilizada en América Central, Venezuela y Colombia, como rudo y tosco. En su momento, el creador insigne de “El Flecha”, “El Pachanga” y “Abraham Al Humor “, entre otros, presentaba  la acepción “corroncho” como un estereotipo o ´personaje correspondiente a una estructura social definida; en el interior del país decir “corroncho” es referirse a alguien originario de la Costa Atlántica, poseedor innato de una idiosincrasia, lenguaje  y relevancia cultural definida. Hasta este punto, el término de marras, es posible, que pase desapercibido, indiferente e inocuo.

Al inicio de esta exposición indiqué que el comportamiento irregular de las comunidades con respecto al civismo y buenas costumbres, merecía catalogarse de una manera diferente, acre, irritante y coherente con los atributos negativos inherentes a él; en nuestro entorno coloquial, donde la mayoría aprecia los valores culturales y tiene sentido de pertenencia por lo propio, por las bondades de un pueblo alegre, festivo y trabajador, han comenzado a perfilar a ese especifico individuo agresor, depredador de los activos culturales de la ciudad, como el “corroncho contemporáneo“, amante por naturaleza de las tendencias anti–cívicas y lesivas a la integridad ciudadana ; es un concepto amplio que, por supuesto, también  integra, entre otros, a los conductores irresponsables que conducen frecuentemente en estado de alicoramiento, los que transgreden diariamente las normas de tránsito en el perímetro urbano, los que pitan en los semáforos para que los vehículos que les preceden violen la restricción semafórica, los moto taxistas que transitan por andenes y zonas restringidas, los que desconocen el significado de las “cebras” y otras señales de prevención, las personas que arrojan basuras a las calles, especialmente en los periodos lluviosos, los que no respetan los turnos en ninguna parte, los que practican la intolerancia en cualquier lugar y situación, los impacientes, los que hacen mal uso del idioma y normas gramaticales, principalmente en los medios de comunicación, los que no saben utilizar las redes sociales (emisión de odios y sentimientos oscuros del corazón), los políticos corruptos, los malos gobernantes, los esnobistas , y en general los que no respetan a nada y a nadie.

Muy loable seria que, en el escenario de las ciudades modernas, amables, con claras tendencias de desarrollo progresista, se erradique este tipo de elemento (el “corroncho contemporáneo”), lesivo a la pujanza y visión transformadora de ellas, que siempre debe caracterizarla. Es una realidad, esto de los depradores y vándalos, mezclados en  la comunidad creciente cada día; el concepto de la educación debe ser revisado y tratado adecuadamente en las instituciones dedicadas a ese fin; indudablemente la labor más importante debe originarse en el seno de la familia, donde, pienso, se deben retomar los principios y valores, inculcándolos y haciéndolos indelebles a la acción de la dinámica de los tiempos; es una pauta, una sugerencia respetuosa, no de otra manera podríamos aspirar a realizar los cambios que esta sociedad requiere.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

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