Opinión

Entretenimientos radiales de antaño

Álvaro Yaguna Nuñez

21/09/2020 - 04:15

 

Entretenimientos radiales de antaño

Si hay algo que identifica plenamente al mundo contemporáneo es el gran desarrollo tecnológico que ha llevado inexorablemente al hombre por senderos insospechados en el escenario de la radio, televisión, telefonía móvil, localización satelital y la abrumadora red de Internet, entre otros artilugios de la magia resplandeciente de las comunicaciones. Esta evolución, desbordada a veces, pero justificada a la postre, se ha hecho pensando en el beneficio comunitario, aunque, siendo objetivos, no siempre cumpliendo dichos predicamentos ya que también se dan en un contexto de abuso, utilización indebida y la profanación del umbral del respeto, principalmente en el seno de la dinámica, de las acuciosas redes sociales.

Como perteneciente a una generación divergente, muy anterior a esta época congestionada de los medios de comunicación, es divertido recordar cómo era el comportamiento de las entretenciones y momentos de solaz en nuestros humildes hogares, donde escasamente se poseía un radio Philips, utilizable en los exiguos y efímeros instantes de disponibilidad energética, cuando en la población la máquina Lister del tum-tum-tum permanente, operada por Manuel Navarro, contaba  con los combustibles necesarios para un funcionamiento racionado. La alternativa inveterada eran los radiorreceptores funcionales con las anti-económicas pilas “Eveready”; en cualquier residencia de la población era factible la utilización de estos elementos, capacitados para acompañar  gratamente a una audiencia especializada, concentrada también en los trabajadores del campo y amas de casa, todavía cocinando los alimentos en los fogones antiguos, cortando la leña en las huertas vecinas y alisando la ropa con las recordadas “planchas” metálicas expuestas directamente al fuego, en una labor titánica, asfixiante y agotadora. En esas circunstancias difíciles, el entretenimiento hogareño era merecido, actuante como un bálsamo reconfortante, acogedor y reparador.

En mi casa paterna, en Manaure de la Sierra, aprendí a ser un buen escucha de la radio existente, con programaciones nutridas de radionovelas, programas deportivos y de humor. En horas de la mañana, casi siempre a la hora del desayuno, irrumpía “La simpática Escuelita que dirige Doña Rita”, con Teresa Gutiérrez y Armando Osorio Herrera, secundando a los personajes Calvete, Zebelinda Parada, y la niña Rosero, entre otros. La primera radio novela escuchada en ella fue la emitida por una radio difusora reconocida nacionalmente, en el horario nocturno de las ocho de la noche con una temperatura glacial imperante; su nombre, “Yo Defendí Mi Honra “con personajes como el abogado José Ignacio Figueroa y María Teresa Del Toro; en la misma franja radial surgió “Cuando Llovió Fuego Del Cielo”, ni más ni menos un idilio romántico, tan dramático como todos los episodios originados en la Segunda Guerra Mundial. Esta historia se escenificaba en la Varsovia de los años 1939-1945, en el apogeo de la toma nazi en Polonia, direccionada por el dictador fascista, Adolf Hitler.

Posteriormente, en el escenario del entretenimiento radial nocturno aparece “El Cosaco Ruso”, representado por el soldado Nicolau Sherkov. Curiosamente, esta radionovela es descartada rotundamente de la programación acostumbrada, debido a que un argumento ininteligible, basado en la temática cruenta y difícil de la postrera época de los zares, en la revolución Bolchevique, obligó a mi mama a desistir de su empeño recreativo nocturno. El colmo de la confusión para ella fue creer que el contenido radial era igual al de los comerciales.

En el Valledupar de la finalización de la década de 1960, las cadenas nacionales editaron espacios correspondientes a radionovelas que acapararon grandes audiencias como “Natasha” y “El Hombre que habló con Dios“, protagonizadas ambas estelarmente por Fabio Camero, actor de grata recordación permanente; a las seis de la tarde aparecían en el espectro radial Carlos De La Fuente y Aldemar García en los papeles principales de Arandu y Taolamba en la obra “Arandu, el príncipe de la selva“ y su terrible pistola desintegradora ; más tarde, Aldemar García personificaba al paladín de los desprotegidos y vulnerables súbditos de los monarcas franceses en “El león de Francia“. En el espacio del medio día, a la 1:30 pm, se hizo reconocido el serial “La castigadora“ protagonizada por Rosmira Chica y Fabio Camero en un apasionante relato escenificado en las playas de Higuerote, cerca de la isla de Margarita, en las costas venezolanas; dramática narración pasional entre “el pirata” y “La Doña”, propietaria del Castillo del Farallón, custodiado celosamente por “los angelitos“ Macario y Candelario. Posteriormente en la misma franja de sintonía, apareció “Juan Centella”, extraño personaje convertido en mártir al sobrevivir a una ejecución marcial en la horca, salvado providencialmente por un rayo, en una impetuosa tormenta.

Completaba el menú de la recreación radial el espacio “Los Tolimenses”, Emeterio y Felipe, a las seis de la tarde, con su fino humor campesino, representando emblemáticamente a las tierras de Pacande, en el Tolima Grande; a las7:05 am, 1:05 pm y 7:05 pm era inmancable La Cabalgata Deportiva Gillette, acostumbrado resumen deportivo actualizado, matizado por la publicidad inolvidable de la famosa cuchilla de afeitar: “Recuerde que en el baño no las puede comprar “; otros programas de humor que en muchas ocasiones conformaron la variedad del entretenimiento a una leal audiencia nocturna, fueron  “Los Chaparrines”, Víctor, Mario y Augusto Saquisuela, un trio de hermanos ecuatorianos y “El Show de Ebert Castro, con su nómina de personajes extractados de imaginarios zoológicos de postín.

Así, a grandes rasgos, se plasma en esta exposición el esbozo e itinerario de los recuerdos referentes al entretenimiento radial de antaño. Existió, reconfortante, ameno, acogedor, emblemático. Muchos de aquellas generaciones lo evocan y lo añoran. No lo soslayan. La abrumadora modernidad está allí, latente, impetuosa, a veces, pienso, desbordada; el análisis y razones concluyentes se diluyen para dar paso en la programación a una película de un canal foráneo. No es muy llamativa, pero quizá sirva para copar el tiempo extendido, propiciado por un nuevo “toque de queda”, en el periodo pandémico del 2020, es apenas suficiente. Nada que hacer, es el entretenimiento moderno.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

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