Opinión

El palo de cotoprix

Álvaro Yaguna Nuñez

26/10/2020 - 04:10

 

El palo de cotoprix
El follaje del árbol de cotoprix

Inicio esta breve exposición presentando mis sentidas disculpas a los puristas y defensores de la mejor expresión del lenguaje, por la razón de utilizar el término coloquial palo en vez de árbol, acepción más contextualizada y moderna. Ambas son castizas, pero aclaro también que palo es definida como una planta arbórea de alguna localización de Suramérica; en nuestro entorno criollo es muy utilizada sin contrariar, reitero, las normas gramaticales y la claridad en el pensamiento. 

Referirnos específicamente al Cotoprix es mencionar una variedad del mamón (Melicoccus Bijugatus – familia spindacea), el conocido fruto dulce, del orden de las drupas, delicioso, y jugoso en su punto de madurez, propio de las ubérrimas tierras tropicales. Y, al considerar aspectos pertenecientes e inherentes al patrimonio regional y criollo, es necesario involucrar desprevenidamente a un personaje conocedor de su terruño, de sus historias, vivencias, al igual que los tratados de su flora y su fauna. Ese egregio y emérito hijo de estas tierras vallenatas, es el buen periodista y eximio conversador, Alberto Muñoz Peñaloza, uno de los vástagos de la unión familiar conformada por el señor Julio Muñoz y la señora Tulia Peñaloza Tarifa, ambos fallecidos.

Como buen conocedor de la flora regional, Beto Muñoz nos podría dar durante varias horas,  mucha cátedra acerca de los árboles de pereguetano, cañahuate, algarrobillo, totumo, mangos de azúcar , de hilacha, pico e loro, orejero, algarrobo, ceibote, higuerón, cañandonga, trupillo, roble, ciruela joba, guayaba pirulera, mamon , y el connotado Cotoprix, alcahuete de esta pequeña narración; es este espécimen (variedad fecunda) de gran producción en los meses de abril y mayo, convertido en un valor agregado más y atractivo para los miles de turistas que por dichas épocas revolotean alrededor de las tradicionales fiestas folclóricas de Valledupar, el Festival Vallenato, gran legado de La Cacica Consuelo Araujo Noguera, Rafael Calixto Escalona Martínez y el Doctor López Michelsen, principalmente.

Desde su feliz infancia, Beto Muñoz ha sentido un gran apego, cariño y aprecio connotado por el palo de marras; su máxima demostración de afecto la realizó al momento de adquirir su vivienda en el sector residencial de Las Flores, en inmediaciones del Patinodromo Elías Ochoa Daza, donde, sin muchos aspavientos, sembró un pequeño ejemplar en la zona verde de la misma, prefiriéndolo, antes que a los  tradicionales cauchos, higuitos y acacios, especies pasadas de moda en el ambiente vallenato por los inconvenientes de sus raíces protuberantes y la proliferación de insectos nocivos, propiciadores de un desequilibrio fitosanitario reconocido por expertos agrícolas; el palo de Cotoprix bajo cuidados especiales creció notablemente, convirtiéndose al poco tiempo en un atractivo especial para los frecuentes visitantes de la casa, que siempre aspiraban a llevarse un saco de ¨tres rayas¨ repleto del producto correspondiente a la vendimia permanente, según el testimonio del propietario.

A mediados del año 2019, después de una agradable visita al barrio Las Flores, degusté una vez más el exquisito regalo del saco de tres rayas, con su agradable contenido. Fue la magnífica ocasión para proponerle a mi anfitrión Muñoz Peñaloza, la gran posibilidad de ampliar la cobertura de utilidades provechosas del palo de Cotoprix. Él estuvo completamente de acuerdo, y además, manifestó, que sería maravilloso aprovechar las festividades del tradicional festival del año entrante, para celebrar en forma más que merecida los primeros quince (15) años de existencia del connotado ejemplar de la flora criolla. Se realizó la programación tentativa consistente en que el evento inicial se dispusiera para tratar y consolidar el acervo testimonial y recopilación de todos los datos, anécdotas, vivencias personales, hechos curiosos ocurridos en todos los certámenes de la fiesta de acordeones; la exigencia rigurosa era que dicho material fuese, como ya dijimos, totalmente inédito. El auditorio para la gran tertulia a reunirse bajo la fronda espectacular y exquisita del Cotoprix era selecta, conformada por Gustavo Morales Fuentes, Fredy Socarras Reales, Edgardo Mendoza, Carlos Cadena Beleño, William Rosado Rincones, Tomas Darío Gutiérrez, Nando Peralta, Monche Duque Sarmiento, El Mono Rosado, Beto Murgas, Álvaro Yaguna Núñez, Leovedis Martínez Duran, Rosana Cabas, Irina Fernández y José Maestre Aponte, entre otros.

En los primeros meses del presente año, con la finalidad de  retomar la iniciativa de celebración anunciada, visité al compadre Muñoz, encontrándolo en un estado lamentable de postración, desconsuelo, tristeza, desazón, acompañado por un séquito de plañideras connotadas del viejo Valledupar, que lloraban a lágrima viva el suceso inusitado de que el famoso Cotoprix, el de la producción exuberante durante los 365 días del año, esta vez renunció y sucumbió a ese delirio de cosecha mágica y prodigiosa, obedeciendo irreversiblemente como a una maldición gitana. Obviando el tumulto de personas y atravesando las calles bloqueadas, como pude, llegué ante mi gran compañero, indagando ansiosamente: ¿Qué paso, compadre Beto? Él, enjuagándose las lágrimas, con su dicción característica, no necesitó mucho tiempo para explicarme: “Compadre Yagu, al Cotoprix lo afectó el Coronavirus, mire, tiene hasta el follaje “rechauchio”. Se dañó la cosecha y la celebración. El año entrante, si Dios lo permite, nos desquitamos, ¡no se preocupe!”.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

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