Opinión

El poder

Diógenes Armando Pino Ávila

06/11/2020 - 06:40

 

El poder

La palabra poder, para bien o para mal, ha movido el mundo desde los tiempos de la creación hasta nuestros días. Primero fue el poder supremo, el que desde la nada, según el mito de la cosmogonía de los pueblos emergió para crear el mundo. Todos los pueblos indígenas cuentan en sus mitos historias bellísimas de dioses que crearon al hombre y al universo. Los pensadores griegos poblaron se cultura de una constelación de dioses, semidioses y héroes que crearon o ayudaron en la creación. La religión judeocristiana toma de sus orígenes algunas narraciones para dotar del poder creador a su Dios. Igual hacen todas las religiones del mundo, la utilización de un ser supremo con poder supremo que a capricho creó lo que hoy llamamos universo.

Ahora bien, ¿qué significa la palabra poder? Según la RAE: «Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo. Tener facilidad, tiempo o lugar de hacer algo. Coloquialmente tener más fuerza que alguien, vencerlo luchando cuerpo a cuerpo. Ser más fuerte que alguien, ser capaz de vencerlo. Aguantar o soportar algo o a alguien que producen rechazo. Ser contingente o posible que suceda algo». En todas estas acepciones se denota fuerza, superioridad sobre otro u otros. Pues en efecto, el poder es eso, superioridad, supremacía sobre algo o alguien.

Hay, pues, muchos tipos de poderes que el individuo utiliza en provecho propio, siempre a expensas de otros, bien sea utilizando su poder sobre las mayorías u oprimiendo las minorías. Esto se da en el hogar, cuando hay machismo o feminismo que impone normas que violentan a las personas sometidas, llámense cónyuges, hijos, nietos, padres o abuelos ancianos, generalmente se da a través de la violencia intrafamiliar ya sea de palabras, sexual, física o económica.

Otro muy en boga últimamente es el poder religioso, ese que utilizan las iglesias de diferentes cultos para someter a la grey, a una especie de reglamentación que limita el libre desarrollo de la personalidad de los creyentes, imponiendo formas de vestir, de comportamiento social, abandono de amistades y prácticas sociales y familiares, es decir, ponen a sus ovejas a vivir en una época bíblica sin tener en cuenta que lo que reflejan las escrituras están contextualizadas a otra nación, otro pueblo, otra cultura y una época remota.

Existe el poder del “tener” que es utilizado por el que detenta la fortuna, el dinero, la riqueza, la propiedad sobre algo, especialmente la tierra, ese poder es arrogante, abusivo, grosero y, por estar sustentado en rezagos del feudalismo, es entonces retardatario, negacionista, bravucón y terrorífico, siempre se acompaña de formas violentas para sentar su dominio hegemónico sobre las personas o comunidades enteras, este se da, más que todo, en los territorios donde debido a la ruralidad y al bajo nivel de estudio de la población se lo permite. Este poder siempre se rodea de despojo, de expoliación y campea la violencia, la amenaza, la extorsión, el crimen. Pues hay detentores de ese poder que “tienen” pero quieren “tener más” y, generalmente, entran en disputa con los que tienen el poder de las armas en la ilegalidad, los que también quieren acceder a ese “poder tener”, generando violencia y desolación.

Otro poder supremamente peligroso es el “poder político”, el que últimamente ha sido utilizado por “el poder del tener” ya que la política por sus prácticas corruptas ha perdido su esencia de servicio a la comunidad a los electores y se ha convertido en un negocio de familias que detentan el poder económico y, como tal, imponen normas, leyes y comportamientos que solo les favorecen a ellos. Aquí es bueno aclarar que los poderosos políticos permiten el ingreso de personas que no tienen dinero, pero los supeditan a la disciplina de perro al tener que aceptar los mandatos del amo y a partir de ahí se demarca una ruta de sumisión y corruptela, ya que este último asume el rol y el tren de vida de su amo y para ello requiere dinero que no tiene, por tanto termina vendiendo su alma al diablo y participando de la expoliación a los dineros del estado, vendiendo los cupos indicativos a los poderosos y reservándose pequeñas partidas para llenar las apariencias en los territorios que les vota.

Por último, hay un poder, ese es el poder nacido del saber, del estudio, de la lectura, de la disciplina intelectual, este es ostentado por los ancianos, sabedores ancestrales, los profesionales, artistas, investigadores, escritores, poetas. Este poder es asumido de dos maneras, uno el del arrogante, menospreciador, descalificador con que se oculta las falencias de su propio saber y el egoísmo de no reconocer en el otro el saber que él desconoce. Sin embargo, hay otro detentor del poder del saber que es mesurado, comedido, democrático, analítico, respetuoso y que siempre encuentra en el saber del otro algo positivo para complementar, o que, a través del análisis riguroso y con argumentación valedera hace una crítica veraz.

Para concluir, el poder, sea cual fuere, si se usa con arrogancia es odioso, pernicioso y perjudicial. Hay que morigerar la ostentación y esas ínfulas que opacan al detentor del poder. Y para los jóvenes ojalá quieran ser más sabiendo más y esto se logra con la lectura.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

Diógenes Armando Pino Ávila

Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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