Opinión
La emancipación de los tibios

Convierten la deliberación pública en una cloaca de improperios y saboteos. Atacan en gavilla, se ponen de acuerdo para deslegitimar y humillar a quienes piensan diferente a ellos. Cuando es necesario que los demás conozcan sus ideas, reducen sus expresiones a consignas huecas y a calificativos grotescos. Confrontan los datos científicos y los argumentos sólidos con simples lemas. Son expertos en despotricar sin cansancio contra la integridad moral y el círculo familiar de sus contertulios. Confunden el humor con la injuria, la ironía con el desprecio y el debate con la trifulca.
A veces, con el propósito de conmover y distraer a la audiencia, se victimizan mostrándose como perseguidos políticos, rehenes del sistema judicial o excluidos sociales. Consideran que los jueces y los periodistas son profesionales honorables cuando proceden en contra de sus adversarios, pero si afectan sus intereses los tratan como a unos criminales. Unos son ambiguos a la hora de rechazar el abuso de la fuerza pública, los asesinatos de líderes sociales y el menoscabo de las minorías. Otros son imprecisos al momento de oponerse a los vándalos que se infiltran en las protestas sociales, el irrespeto a las instituciones y el autoritarismo de sus líderes.
Hacen de la simpatía intelectual y el movimiento democrático una devoción incontrolable. Están enceguecidos por la euforia de los dogmas y los caudillismos. Para ellos solo existen dos caminos en la vida: el de su dios político y el de su adversario. Creen que su líder es un ser supremo que reparte amor y no comete errores ni crímenes. Se resignan a seguir los pasos y a repetir con fervor las frases efectivas o los discursos extensos de su héroe. No son capaces de cuestionarlo, él es sinónimo de certezas y antónimo de dudas. Como saben que necesitan un enemigo para vigorizar y difundir su causa, aseguran que el ídolo del otro extremo es un enorme demonio. Siempre están en campaña, no tienen tiempo para la reflexión y la autocrítica.
Piensan que son los únicos que luchan por un cambio auténtico, que defienden las normas y que aman a la gente. Acusan de cobardes a quienes no se enclaustran en ninguno de los dos extremos. Para ellos conservar el libre albedrio y la conciencia crítica no es una virtud democrática, sino un terrible defecto. No comprenden que la rebeldía es incompatible con la sumisión intelectual y el servilismo político. Olvidan que el verdadero poder ciudadano radica en la autonomía que tiene el pueblo para materializar sus propósitos colectivos sin dejarse embelesar por la codicia y la demagogia de un caudillo. Están embotellados en un ofuscamiento pueril, cambiaron la empatía por la animadversión y la franqueza por la cizaña.
No sean tibios cuando ejerzan sus propios derechos. Quieren rebelarse contra la injusticia, la corrupción y la pobreza, pero son incapaces de cuestionar a su líder. Es incoherente que busquen la libertad de una nación mientras confieren sin vacilaciones sus esfuerzos a un individuo. Dejen de seguir encarcelando sus pensamientos y sus acciones en los caprichos de un jefe electoral o en las artimañas de un partido político. Ustedes pueden votar por el candidato que más los atraiga y afiliarse a cualquier organización, pero nunca permitan que les metan los dedos en la boca. Entiendan que los movimientos democráticos son para luchar por un mejor mañana, no para tirar la duda a un lado y postrarse ante los pies de un dirigente. Valoren sus capacidades, sus aspiraciones personales y sus sueños de país. El cambio que anhelan no lo alcanzará un solo hombre, sino el pueblo, un pueblo colmado de generosidad y despojado de fanatismos.
Carlos César Silva






