Opinión

La plata vuelve inteligente a la gente

Diógenes Armando Pino Ávila

13/11/2020 - 04:45

 

La plata vuelve inteligente a la gente

Mucho se ha escrito sobre la eterna parranda costeña, sobre la parranda de música de acordeón, esa parranda eterna que los marimberos de la Guajira y el Cesar realizaban libando whisky a cantaros, mientras los cantantes y compositores de la música de acordeón les adulaban con versos que trascendieron a discos grabados y que el pueblo cantaba mientras trataba de emular al mafioso que mencionaban en dichos cantos. Al desaparecer ese mafioso extravagante de camionetas Ranger, de pistola y guardaespaldas que atropellaba al mundo con su dinero, vino el político costeño que asumía esa pose jactanciosa y bravucona del marimbero, de camisa abierta y gruesa cadena de oro al cuello, éste, el político menos poderoso económicamente, encerraba en patios dicha parranda y, por los altos costos de la misma, terminó pagando con dinero saludos cursis que ofrecían los cantantes de moda en los nuevos discos que grababan.

Llegaron los paramilitares y copiaron el formato de la parranda y se pavoneaban tomando licor en las fincas con los cantantes de moda y cuando ampliaron su zona de influencia y eran dueños del territorio, patrocinaban las fiestas populares de los pueblos llevando conjuntos de música de acordeón, que en tarima saludaban a los comandantes de esos grupos, mientras, el pueblo embriagado aplaudía y admiraban a dichos patrocinadores, sin importar el constreñimiento, la amenaza y la muerte que rodeaba a dicho territorio. No puedo decir que la parranda fue inventada por los que he mencionado en los párrafos anteriores, pues nuestros abuelos eran hombres de parranda, y de parranda de dos o tres días, y estos últimos la hacían sananamente y con los dineros obtenidos con su trabajo y su sudor. Por supuesto, las generaciones siguientes continuamos con la tradición de la parranda, como una manera de socializar y afianzar los lazos de amistad y familiaridad con las personas más cercanas, con las que compartíamos alrededor de la música, los chistes, las anécdotas y los cantos.

En mi pueblo, se practica la parranda de viernes a domingo, los jóvenes, algunos, la practican en los patios y hay otros que asisten a los bares y discotecas y comparten con amigos y amigas acompañados de unos tragos y bailes. He notado que, últimamente, los mayores escasean en las parrandas y sólo asisten a fiestas familiares, ya no se reúnen alrededor de una mesa a jugar dominó o naipes, sólo los veo reunidos hablando de sus tiempos idos, pero sin la compañía del licor. Yo era de parrandas semanales y juegos de dominó, me encantaban las parrandas acompañadas con las guitarras de los Hermanos Pantoja, un trio de hermanos virtuosos en la ejecución de este instrumento y que eran un deleite escucharlos cantar un bolero, una ranchera o un tango, lo que hicieron hasta su muerte. Otra de las parrandas que me encantaban era la que se realizaba bajo el influjo hipnótico de las tamboras, como me deleitaba y me deleitan ver tocar, bailar y cantar esa música de mis mayores.

Tengo amigos en El Banco (Magdalena), ellos venían a mi pueblo o yo iba allá, y nos emparrandábamos hablando de cualquier cosa, sobre todo contando anécdotas de la picaresca local del Banco y de Tamalameque. Nos gozábamos las anécdotas que contaban de esos personajes idos de la vida pero que permanecen en la memoria de los pueblos, personajes del Banco como el Maestro Benito Barros, Nicanor Pérez, el Doctor Negrito, Campo Elías, Trespalacios y tantos otros que pueblen el anecdotario de ese pueblo, mientras yo contaba las de Kennedy Vargas, Mi tío Pepe, Timbale, Eliecer Romero, Juan Caballero y otros.

Luego de contar anécdotas por tandas, pasábamos a la conversación informal de cualquier tema, no importaba qué. Recuerdo que en una parranda en casa del hermano Octavio Vargas en el barrio Pueblo Nuevo del Banco, después de comernos un rungo de pescado que llevé de Tamalameque, nos sentamos a la puerta y comenzamos a charlar y a tomar trago, y hablando de todo, no sé por qué se llegó al tema de la medicina, aclaro, Octavio es un estudioso médico prestigioso de su pueblo, especializado en obstetricia y ultrasonido tiene un consultorio y equipo de ecografía en 3D.

Alguien dijo que no tomaba aguardiente porque se lo habían prohibido y que el médico le dijo que solo podía tomar whisky, a lo cual Octavio me comentó al oído que el hígado no sabía de marcas, que sólo procesaba alcohol. Alguien preguntó por los síntomas de una enfermedad, no recuerdo cuál, y cuando el hermano Octavio lo explicaba cuidándose de no utilizar la jerga médica para que le entendiéramos más fácil, uno de los asistentes, que no era médico sino comerciante de bicicletas, dijo que el médico estaba equivocado y comenzó a explicar él a su manera la sintomatología, causas y curas de dicha enfermedad. Yo miré a Octavio y él en forma mesurada me hizo un gesto de paciencia y se me acercó al oído y con voz suave me dijo «Se da cuenta hermano, como la plata vuelve inteligente a la gente». Festejamos el chiste entre los dos y dejamos que el amigo terminara su disertación.

 

Diógenes Armando Pino Ávila

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Sobre el autor

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Diógenes Armando Pino Ávila

Caletreando

Diógenes Armando Pino Ávila (San Miguel de las Palmas de Tamalameque, Colombia. 1953). Lic. Comercio y contaduría U. Mariana de Pasto convenio con Universidad San Buenaventura de Medellín. Especialista en Administración del Sistema escolar Universidad de Santander orgullosamente egresado de la Normal Piloto de Bolívar de Cartagena. Publicaciones: La Tambora, Universo mágico (folclor), Agua de tinaja (cuentos), Tamalameque Historia y leyenda (Historia, oralidad y tradición).

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