Opinión

Belisario Betancur y el mes de noviembre

Álvaro Yaguna Nuñez

23/11/2020 - 04:20

 

Belisario Betancur y el mes de noviembre
El presidente Belisario Betancur / Foto: Semana

 

Muchos analistas y conocedores de la historia contemporánea del país, relacionan hechos trascendentales acaecidos en el gobierno de Belisario Betancur Cuartas, precisamente en un mes de Noviembre, quizá por los matices trágicos que cada uno de ellos repercutió en las entrañas de la realidad nacional. Una anécdota recién publicada en un medio de difusión me llevó a recordar al personaje celebre, originario de Amaga (Antioquia), de quien sus biógrafos indicaron que uno de sus principales pensamientos a temprana edad fue: “Quiero ser presidente de Colombia”.

Increíblemente lo vi por vez primera en un mes de noviembre en la biblioteca Cecilia Meza Reales, de nuestra institución educativa, Colegio Nacional Loperena en la ciudad de Valledupar, en las calendas correspondientes a 1969 en plena campaña presidencial para el periodo 1970-1974, rivalizando con Misael Pastrana Borrero, a la postre el ganador por estrecho margen, en unas elecciones atípicas y controvertidas; Gustavo Rojas Pinilla, y Evaristo Sourdis, la esperanza del litoral atlántico colombiano; fue un proceso caracterizado por la diversidad de candidatos, representativos de regiones específicas y vertientes políticas importantes, a excepción del partido liberal, esta vez convidado de piedra al evento, por aquello del famoso Pacto de Benidorm, firmado el 24 de julio de 1956 entre los líderes Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, tras la controversia bipartidista que dio origen al Frente Nacional.

En 1969, Belisario Betancur, luciendo todavía un llamativo cabello negro y unas gafas de présbite reciente, en un mes de noviembre, reiteró, protagonizó un episodio anecdótico con Eduardo Pernett Mercado, rector lopereno. Éste, bastante airado, increpó públicamente al candidato por razones aparentes de participación política, en un establecimiento educativo nacional. El inusitado enfrentamiento fue recordado durante varios años, dada la vehemencia con que el orientador académico, en voz alta, manifestó: “¿Usted es Belisario? Yo soy muy liberal y no voy a permitir intromisiones partidistas en la institución”; la alteración fue apaciguada positivamente por profesores y líderes estudiantiles como Carlos Quintero Romero, anfitrión coyuntural del político antioqueño.

De aquel encarnizado debate político recuerdo entre muchos detalles, el de una divisa publicitaria de tinte regional, editado por el reconocido comunicador de la época, el baluarte de Calamar (Bolívar). Marcos Pérez Caicedo, sobre el candidato oriundo de Sabanalarga (Atlántico), Evaristo Sourdis. Aquella señalaba: Ahora o nunca, presidente costeño; todavía muchos agoreros y supersticiosos de la región recuerdan el presunto contenido profético y premonitorio de aquella ¨valla publicitaria¨, al menos hasta ahora, en el 2020.

Después de muchos vaivenes y trascendentes movimientos políticos, en 1982, el sueño infantil del vate de Amagä se hizo realidad, conservando siempre su voz equivoca, arrulladora, y enternecedora, perteneciente a alguien diferente al de un mandatario de una nación conflictiva, con un legado heredado de un periodo presidencial controvertido principalmente por motivos de orden público, un discutido Estatuto de Seguridad, el festín divertido de los caricaturistas de moda, representando a las caballerías de Usaquén , las presuntas torturas a los enemigos del régimen, y el famoso antecedente del exilio en tierras mejicanas, del Nobel de Aracataca, sindicado de promover campañas en contra de la ideología estatal; los argumentos más livianos y digeribles iban encaminados a acusar al eximio escritor de aprovechar el lanzamiento de una nueva obra literaria, para realizar una propaganda inadecuada y lesiva a la integridad del régimen; la respuesta inmediata de Gabriel García Márquez fue que el trabajo literario estaba anticipadamente vendido y no requería ese canalla subterfugio para hablar mal de su país.

En un mes de noviembre de 1985 ocurrieron dos casos excepcionales para la historia nacional, La Toma Del Palacio de Justicia, por grupos insurgentes, y el desastre de la población de Armero (Tolima), ocasionado por un desprendimiento de tierras cerca al Volcán Arenas y una avalancha que cobró miles de víctimas; del primer cruento episodio, aun no se ha dicho la última palabra. En el epígrafe de la obra de Germán Castro Caicedo, El palacio sin máscara, se plasmó para siempre lo siguiente, conceptuado por La Comisión de la verdad: “No hubo ningún plan dirigido a liberar rehenes, desde que se dio por finalizada la recuperación del Palacio, se empezó a enmascarar la verdad de lo ocurrido allí”.

Sobre la tragedia de Armero, en un breve peregrinaje por los recovecos de esa triste historia, algún cronista se refirió recientemente a una presunta conversación entre el mandatario Betancur y un piloto destacado para las labores de exploración, reconocimiento, cuantificación y magnitud del desastre. Según el diálogo, el piloto indicó: “Armero es un completo playón de lodo”. Su interlocutor respondió: “No seas tan exagerado”, y le colgó el teléfono.

Lo subsiguiente quedó en los registros de la historia nacional, no así lo ocurrido realmente en el Palacio de Justicia. Se han difundido rumores en el país sobre un supuesto legado de información, inherente al resonado caso que tuvo muchos actores de las fuerzas castrenses y de los grupos alzados en armas. Ojalá alguna vez sea divulgado, en cualquier época, no importa que necesariamente sea en un mes de noviembre. Con lo mencionado y el desastre del Huracán Iota, en el archipiélago de San Andrés y Providencia, es suficiente.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

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