Opinión

El paraco

Álvaro Yaguna Nuñez

23/12/2020 - 04:20

 

El paraco

Dos aspectos relevantes constituyen parte de la idiosincrasia vallenata, sus costumbres y comportamiento coloquial. Me refiero, sin duda, a los personajes representativos y al vocabulario exclusivo, característico, que identifica precisamente al territorio de la Vallenatologia.

Y mencionando a personajes destacados de nuestra región, surge Rafael “Wicho” Sánchez Molina, eximio compositor de “La banda borracha”, tema musical que, en su momento, se convirtió en un éxito de corte internacional; además de su gran desempeño como compositor, fue cantante de una de las primeras agrupaciones musicales encargadas de difundir nuestra música vallenata autentica, Los playoneros del Cesar. Otro atributo del gran compositor fue su natural desparpajo, informalidad y facilidad para narrar cuentos y vivencias del entorno  provinciano.

En una época inusitada, mal recordada por muchos, cuando se dio el movimiento denominado ¨bonanza marimbera¨, Wicho, nuestro personaje, en más de una ocasión amenizo varias veladas y noches de bohemia, acompañado de su nutrido repertorio de chistes y cuentos coloquiales, obteniendo su compensación efectiva, por parte de aquellos “benefactores” de artistas e intérpretes de nuestra música folclórica. Anecdóticamente, lo recuerdo por el año 1989, en los pasillos del Hotel Royal, en la ciudad de Barranquilla; nos saludamos efusivamente, haciéndome caer en la cuenta de haberme visto muchas veces por el sector de la Señora Petra Arias, en el barrio Cañahuate de Valledupar; al indagarle sobre la razón de estar lejos del terruño vallenato, me respondió con su habitual comportamiento folclórico: “Aquí, Yagu, buscando a mi compadre Lucky, quien me prometió unos chavitos para terminar el ranchito, al lado de la casa de  Monche Lea. Sabei de que te toy hablando, ¿verdad?”.

Con respecto al lenguaje propio y característico de la antigua Provincia de Padilla, existe alguna bibliografía que compendia ese contenido de términos regionales, que difícilmente se escuchan en la intrincada red de comunicación oral, perteneciente a otras regiones de nuestra geografía. Una obra representativa de este tipo, fue “El Lexicón vallenato”, de la fallecida Consuelo Araujo Noguera.

Conjugando la interacción de los personajes típicos del entorno vallenato y un término incluido en el diccionario regional citado (Paraco), da lugar a la siguiente anécdota, cuyo protagonista insigne fue el gran compositor de los barrios Cañahuate y La Guajira, Wicho Sánchez. No es ninguna novedad que, en un tiempo pasado para olvidar, en esta región Caribe, como en todo el territorio nacional, se dio el enfrentamiento armado entre grupos, en ese entonces, al margen de la ley; uno de esos bandos fue rebautizado con el apelativo “paraco”. El Lexicón Vallenato acoge el término de marras, definiéndolo como nido de avispas, potroso enjambre, embrollo, lío, caos, desorden. Tradicionalmente, los conglomerados de himenópteros buscan el refugio en los grandes árboles milenarios que constituyen la majestuosa flora del feraz Valle del Rio Cesar, atrapado entre La Serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta.

Cuenta la tradición oral cañahuatera que un fin de semana cualquiera, Wicho Sánchez decidió visitar en Guacoche a su gran amigo y colega, el rey  del merengue, Chente Munive, con el objeto de degustar en tan agradables parajes, unos suculentos “hervidos” con ingredientes criollos como el chivo y las gallinas con patas cenizas, criadas en los exuberantes patios de la población; la comisión gastronómica y parrandera de Wicho la integraban Gundo Socarras, los hermanos Leonel y Nicolás Maestre Martínez, al igual que Elvio Castilla. Con tremenda representación, estaba asegurado el éxito de aquella visita, largamente diferida.

Al finalizar el evento, Wicho Sánchez regresó a su casa cañahuatera, bastante trajinado y agobiado por las altas dosis etílicas ingeridas en la fragorosa parranda de dos días, en el emporio de la tinaja criolla. En su residencia encontró la novedad consistente en la visita de desconocidos, en vehículos sin identificación, nunca vistos en lugar tan apacible. Su interlocutor no fue claro en la explicación acerca de la afiliación y acreditación de los visitantes nocturnos; sólo alcanzó a indicar que los desconocidos eran buscadores de miel de abejas, porque en sus voces sigilosas hablaban de “paracos”; al escuchar el apelativo atemorizante, olvidándose de su estado deplorable de guayabo y trajín etílico, Wicho emprendió veloz carrera hasta la Plaza Alfonso López, buscando al sacerdote Armando Becerra, párroco de la Iglesia Inmaculada Concepción.

Al verlo en ese estado de pánico, agitado y a punto de llorar, el cura de San Diego de Las Flores, le dijo: Wicho, hijo mío, ¿qué te sucede? Padre, respondió, quiero hablar con el Santo Eccehomo para que me ayude a solucionar un problema de comercialización de miel de abejas. Dios Santo, ven, yo te conduzco ante Santo Eccehomo, él te va a ayudar. Conto algún tiempo después el sacerdote Becerra que nunca en su larga experiencia y dedicación a la misión evangelizadora, había visto a un fiel con tanta devoción y contrición como la de nuestro personaje Wicho Sánchez, aquella lejana noche fatídica.

*Término que en el Lexicón Vallenato se define como nido de avispas, potroso, enjambre. Figuradamente, embrollo, caos, lio, desorden.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

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