Opinión

Se necesitan más señoras y señores que “doctores"

Jairo Cala Otero

15/10/2012 - 07:30

 

Foto: TaringaMi primer comentario alrededor de la “doctoritis aguda”, de la que hoy padecen tantos empingorotados (que algún día también desaparecerán de la faz de la Tierra, como todos nosotros, los demás humanos) despertó voces solidarias por doquier. En consecuencia, he aquí otro comentario para complementar aquel.

En Colombia sobran los "doctores". En cambio, hacen mucha falta las señoras y los señores. Esto es, requerimos más gente auténtica, en vez de tantos "agrandados"; esos a quienes coloquialmente se los conoce como "de dedo parado", aunque no sepan dónde están ellos parados.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad", como leemos en el libro del Eclesiastés. Por esa vanidad, una gran cantidad de personas sueñan sobre nebulosas. Se ufanan de un cartón con dos firmas y dos sellos de tinta, prisionero en un marco de carpintería, que las polillas aniquilan poco a poco, como si quisieran enseñarles que en ese pedazo de cartulina no están ni el conocimiento ni el donaire de su carácter humano. ¡Qué sabia lección dan las polillas!

Nuestros abuelos, en cambio, eran doctos por naturaleza; desarrollaban su sapiencia pensando, analizando y examinando cada suceso, cada situación de su entorno. Solían sorprender con unas sentencias casi filosóficas, aunque jamás habían escuchado que existieran escuelas de Filosofía en alguna parte del planeta. Pero lo más bueno, lo verdaderamente plausible, era que su conducta no dejaba luz para una tacha. ¡Eran señoras y señores de tiempo completo!

Porque el señorío no se adquiere en ninguna universidad de este planeta; nadie tiene facultad para otorgar ese tan encumbrado título (el más honroso de todos, además). Se conquista, se gana con merecimientos propios: gallardía, caballerosidad, honestidad, honradez, conducta pulquérrima y un largo etcétera que, inclusive, no tienen en cuenta en ninguna universidad.

Me tomo licencia para contar otra anécdota: cuando yo fungía como redactor de noticias de Radiosucesos RCN en Cúcuta, conocí a un periodista gordo, de cabeza pequeña y redondeada, caminar pandeado y voz aflautada. Tenía la costumbre de decirle "doctor" a todo aquel que por prescripción de un oftalmólogo tuviese que usar gafas; porque para él, las gafas eran inescrutable señal de que quien las llevara ante sus ojos era un "doctor". Con ese modo de tratar a sus semejantes, a aquel comunicador -cuyo primer apellido era parecido al de un armario- apenas le faltaba trabajar en una óptica para también autollamarse "doctor".

Entre los comentarios que me llegaron a raíz del artículo sobre la decisión de los psicólogos colombianos de pedir que se los llame sencillamente psicólogos en vez de doctores, figuran los siguientes:

1. Al médico Luis Antonio Olarte Chacón, reconocido en Bucaramanga por su profesionalismo en el tratamiento de venas inflamadas en hombres y mujeres, algún día una trabajadora social, a quien él visitaba, le dijo: "Siga don Luis, yo soy la doctora fulana". ¡Plop! ¡Los pájaros tirándoles a las escopetas!

2. Una lectora de Cúcuta dijo que "Gracias a Dios, hace unos años conocí a una persona que tiene tantos estudios en Colombia y en universidades del exterior, que logró obtener el título de doctor en Historia, y cuando se presenta dice: “Mucho gusto, soy Luis”. Ha escrito una cantidad de libros, cortos y largos, es rector de una universidad; en fin, de maravilla. A ese título de doctor es mejor huirle".

3. Desde Estados Unidos el ingeniero colombiano Omar Pineda Porras, nacionalizado mexicano, comentó: "En México, es correcto que quien termina una carrera universitaria y se gradúa, sea llamado licenciado. Cuando esta persona concluye satisfactoriamente una maestría, se la llama maestro. Y cuando concluye un doctorado, se la llama doctor. En Colombia, el asunto es tal y como usted lo describe. En México, en los círculos académicos, se utiliza el término apropiado de acuerdo al tipo de preparación y actividades que realiza el profesional. Por ejemplo, si usted es un ingeniero civil y no ha hecho un posgrado, lo más probable es que esté trabajando en diseño o análisis de estructuras; o que esté en un sitio de trabajo supervisando obras. Por otra parte, si tiene una Maestría, lo más probable es que usted esté en una oficina trabajando en diseño o análisis de estructuras especiales, o resolviendo problemas de ingeniería, que un ingeniero sin posgrado no abordaría. Si posee un doctorado, lo más probable es que esté involucrado en la investigación de un tema en particular. Los tres niveles: Licenciatura, Maestría y Doctorado tienen diferentes objetivos. Durante los seis años que estuve en el Instituto de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México -UNAM- nunca escuché a alguien llamar licenciado a un investigador; lo común es llamarlo doctor. En México, el título se gana estudiando. Para finalizar, si hay confianza entre las dos personas, se la puede llamar por su nombre".

4. El psicólogo colombiano Rafael Rodríguez Suárez, anotó: "Debo decirle que este escrito en particular me resulta de gran interés, no solo por el hecho de ser psicólogo, sino porque comparto plenamente su opinión respecto a la “doctoritis” que cunde en muchos círculos de nuestra sociedad. Alguien me decía alguna vez que para ser doctor en este país “basta con usar saco y corbata, y no tener mucha pinta de pobre”. Espero difundir su reflexión y hacerla llegar a muchos que, sin haber alcanzado los logros de un verdadero doctorado, hacen de esta manida palabra una sinfonía para su narcisismo".

5. Efraín Arce (hijo), periodista de RCN televisión, cuenta que "Una fisioterapeuta que me atendía, se reía al recordar que un congresista, a quien ella le brindaba terapias por una lesión, al preguntarle cómo quería que lo llamara, el político le dijo: Tranquila, solo llámeme doctor".
¿Nota usted la diferencia? ¿Ya reflexionó acerca de cómo es sencillo ser humilde, ser señora o señor? Haga usted, caro lector, una lista de personas con reconocimiento mundial, que no tuvieron ni agrandamiento académico ni título de "doctor"; va a encontrar a varios que, con su sapiencia, superan en mucho y por razones variadas a cientos de los "estirados" de hoy, que creen que usar lociones parisinas, camisas y pantalones fabricados en Estados Unidos, bolsos y carteras de piel de cocodrilo, tener dos o tres tarjetas de crédito, entre otras banalidades, los hace muy "importantes"; aunque no sean capaces de demostrar que son señoras y señores, y que con su comportamiento apenas despierten detestación.
Para solo mentar a uno de esos grandes, ¿qué cartones académicos exhibía, acaso, Jesucristo?

La última anécdota, para no fatigarlo: una periodista de padre boyacense, ex ciclista profesional y buen amigo, después de "cargar ladrillos" -como se dice en el argot periodístico- en varios medios periodísticos de Bogotá, se dedicó a sobarle chaqueta a los políticos; y estando en esas, consiguió un cargo en una institución del Estado. (Una "corbata", como les dicen en ese ámbito a los puestos lagarteados). Y, enseguida, le vino la metamorfosis: cuando se estaba posesionando del cargo, que apenas consistía en estampar una firma en un acta, la periodista les advirtió a sus colegas que desde ese momento tenían que llamarla "doctora", porque, según su "inteligencia suprema", el puesto era tan trascendental que ¡se equiparaba al de cualquier ministro! (¿Los ministros son ángeles, o querubines, acaso?). No sobra decir que muchos de sus colegas periodistas no solo le hicieron el "feo", sino que dejaron de tratarla.

Y así hay otros tantos comunicadores: exigen que les digan "doctores". Pero haciendo una nota sencilla escriben sin ceñirse a la ortografía, puntuación, semántica, concordancias de género y número; y caen en redundancias y giros alocados. La vanidad los engloba, y demandan que les digan "doctores". "Vanidad de vanidades, todo es vanidad". (Eclesiastés).

Con esos "doctores", o sin ellos, la Tierra sigue girando cada segundo; y no se perturba nada que ella contenga porque tales vanidosos vivan sobre su superficie. Pero ellos solo se dan cuenta de su "estrellada" cuando el ocaso de la vida se les manifiesta en la edad de los metales: ¡cabellos de plata, caderas de platino y testículos de plomo!

 

Jairo Cala Otero

Periodista autóno- conferencista

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