Opinión

Llorar antes que perecer

Alberto Muñoz Peñaloza

08/01/2021 - 05:20

 

Llorar antes que perecer
Antigua cárcel el "Mamón" de Valledupar donde hoy se encuentra la Casa de la Cultura

 

Cuando la reja principal del “Mamón” se abría, resultaba esclarecedor el criterio convertido en rumor, ¡se sabe cómo se entra, pero no cómo salir! Allí reinaba un silencio extraño, la oscura tenebrosidad de la desgracia hecha tedio. En la celda, llamada “la bruja”, la risa colectiva se tornaba macabra, mientras se desconchaban las paredes del viejo convento de San Cayetano. A pocas huellas la casa del director, facilitaba el encuentro, desencuentro y el reencuentro de los pasos, en uno y en otro sentido, cuando iba llevaba suelas de cuero mojado, pegante bóxer y puntillas de grosor distinto, en aras de estéticar remiendos, pegas y lengüetear. El queridísimo Tino González, zapateaba, dirigía y aconsejaba.

Valledupar era entonces un pueblo enclaustrado en el abandono estatal, en el olvido desde la capital del Magdalena grande, pero enternecido por los cantos de Escalona que, como él, se encargarían de pregonarlo después, viajando de boca en boca como el bostezo. Parecía que la entonces carrera cuarta era la “cara b” del disco urbano de mayor movimiento, cuyo lado A era la calle del Cesar o, según su distinción nomenclatural, la carrera quinta, con la casa inglesa y Texaco como escudo de contención en la calle 12A, anclada años después -como la 16B- y en el imaginario popular como la de los turcos. Sí, era la famosa avenida Pcastro. Cerca quedaba el salón de belleza de la gran Piva, cuya elegancia, contoneo y rectitud, delineaban un estilo de vida sobrio, elegantísimo y desafiante. Por ese cuadrante, lo veíamos venir, doblegándose con su orgullo, altivo como su chaqueta y tan peligroso como el Arsenal de piedras que escondía en los bolsillos como en la mochila que estrujaba en un santiamén cuando el grito repetitivo de chorrobalín, chorro, ¡chorrobalín, alteraba su paz interior, desbocaba su hombría, lanzaba perdigones visuales y más atrás el piedrerío.

Uniéndome al coro que le atosigaba y lo llevaba a perseguirnos sin piedad, fui engordándome un miedo oculto, en trance de pavor y pánico, de manera que, como siempre lo veía a lo lejos, la tranquilidad preservaba el momento. El señor Jacobo, Jacobito para quienes lo acogían con respeto y cariño, era hábil al perseguir, observador en el preludio e incansable en la reacción, pero magnánimo en la retirada. El respeto, el miedo y el terror de acercársele difuminaba cualquier posibilidad real. Hasta aquella mañana, al filo del mediodía, en la que me descubrí frente a frente con el señor Jacobo, en el patio de mi abuela materna, enmecedorados los dos sin saber cómo llegó, qué pasaría ni “qué me esperaba”. Quedé estático, mudo y estatuizado sin remedio, absorto en totalidad. De pronto, Mamá Tila me ordena, conecte la manguera y se la trae al señor Jacobo, que me va’cer el favor de regarme las matas. ¡Me liberé!, lo hice de manera precisa, pero el agua salía muy poquita. Cuando escuché el vozarrón del visitante, “tráigamela, ¿qué pasa? ¿algún problema?”. Me resistí a decir nada, silencio total con palidez invasiva. Yéndose el orate, sentí el dolor preterido, en presenté y futuro, de varios cocotazos que me dio mi abuela, por no contestarle. No valió decirle que mi cerebro infantil no encontró siquiera un sinónimo de chorro, pero salvé mi pellejo.

 

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

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