Opinión

Crónica de un covid

Fabrina Acosta Contreras

14/01/2021 - 05:05

 

Crónica de un covid

Ante una pandemia, ninguna precaución es extrema

El virus va por ahí amenazando atrevidamente, nada garantiza la inmunidad, no hay tratamiento científicamente comprobado, aun no llegan las vacunas, dicen que el tapabocas protege solo el 40% y que su uso sin distanciamiento no es que proteja mucho; se siente miedo e incertidumbre, por lo menos mi entorno cercano y yo así lo vivimos, no puedo afirmar que seamos todos y todas, pero si la mayoría.

El  24 de diciembre viajé a mi tierra con la esperanza de reconectar mi alma al lado de mi familia, permanecí aislada preventivamente 7 días antes de viajar, me hice una prueba – la cual – dio negativa, así las cosas viajé a mi natal guajira, sin contar que el mayor peligro está en el paso por los aeropuertos y en la aglutinación que se vive en el aforo de los aviones, las aerolíneas replican un audio que busca brindar tranquilidad, afirmando que existen protocolos que desinfectan y que no existe riesgo de que viajemos con todas las sillas ocupadas, de eso tengo mis sospechas; pues a mi lado, iba un señor que estornudaba, se quitaba el tapabocas para hablar con su hija que iba en la silla delante de nuestra fila, no sé quién es, no sé si su visita al mar fue dañada por el virus, pero lo que si sé es que ese audio de tranquilidad que repiten antes de despegar no inspira confianza.

Desde el 24 de diciembre, actué (preventivamente) como positiva, usé el tapabocas, no estreché abrazos con mis familiares – ni siquiera con mi madre – pues sé que a sus 82 años, a pesar de haber demostrado que es un roble, una real matrona guajira; es vulnerable a impactos letales de este virus atrevido y peligroso.

Tenía muchos planes bonitos hasta el 3 de enero que era el día final de la semana de receso y reencuentro con mi útero existencial, con el mar, el muelle, los atardeceres guajiros, no planeaba actividades que pusieran en riesgo la salud de mi entorno ni la mía, solo quería pasar unos días de viaje a mi ser, abrazando la grandeza natural de mi guajira; pero el destino tenía otros planes, el día 30 de diciembre, luego de llegar del baño matinal en el mar, mi olfato decidió irse de vacaciones y esa alarma era contundente, pocas dudas –covid a la vista – el más esquivado había llegado, procedí a realizarme una prueba por mi cuenta pues en medio de la angustia no había espera para que el sistema de salud respondiera en sus tiempos, resulté positiva y no tengo palabras para describir lo que sentí, sentí miedo de haber contagiado a mis seres queridos, es algo tan profundo que me generaba hasta ahogo, el cuerpo no da espera para somatizar; en breve mi primera línea de contacto se había hecho la prueba, mi madre dio negativa eso era una excelente noticia y experimenté un alivio sin precedentes, luego mi sobrino y mi hermana dieron positivo y la angustia volvió, mi hermana tiene 60 años y es hipertensa –además es nuestra mujer maravilla– esa mujer que está para todos y que vive siempre activa, pensar en sus síntomas, en su aislamiento para mí era torturante, insistía en que me dijera si se sentía algo,  pero el universo conspiraba para que nada fatal ocurriera, después de unos días otro sobrino dio positivo, pero la juventud de ellos daba un parte de tranquilidad, en definitiva mi espíritu volvió a sentir tranquilidad cuando mi hermana dio negativo.

Pasé días difíciles, con un dolor en el pecho que, según mi amiga y gran medica Iliana Curiel, era propio del virus y debía calmarme, noches de insomnio pensando en qué momento podía ocurrir algo inesperado pues en mi aislamiento fallecieron varios amigos que estuvieron por 7 días muy estables y de repente se complicaron, sabía que el ejercicio mental era pensar en positivo, aferrarme con fe a que todo lo bueno pasara, pero no siempre se tiene ese control y de vez en cuando, hay que danzar con parejas no tan amables como la angustia.

Comprendí que muchas veces el virus solo no mata, también ayuda un sistema de salud que tiene más pinta de negocio rentable que de derecho fundamental, por ello, para que todo fuera rápido debí pagar –a pesar de que tengo servicio de medicina prepagada y contributivo– el panorama realmente no es alentador, empeoraba el asunto que a vísperas del 31 de diciembre y el 1 de enero todo entra en modo pausa y como no podemos decidir cuándo nos enfermamos había que asumir esa situación; por otro, lado la aerolínea con la cual tenia el vuelo nunca respondió a pesar de haberlo prometido y de hacerme presentar la historia clínica y el comprobante de la prueba, creí que me entregarían un “voucher” con el valor del tiquete para usarlo luego, pues mi deber ciudadano era no poner en riesgo a nadie y aislarme por completo, pero se espera que el sistema responda de tal manera que no promueva que las personas viajen contagiadas por evitar multas, en este momento estoy segura que  muchos toman vuelos nacionales fallando a su responsabilidad, para no ser victimas del sistema capitalista al que no le interesa el gana-gana sino el “yo gano–tu pierdes” y no quiero ser un cúmulo de quejas, soy realmente un ser esperanzado y resiliente pero es necesario generar consciencia social de que esta pandemia no mata por si sola, mata la corrupción, la desigualdad social, la pobreza extrema y muchos factores que agudizan el problema.

De mi parte, doy gracias a la vida porque pasé 14 días de aislamiento, recibiendo el amor familiar y de amigos, aprendiendo el valor de la libertad, de los momentos, de saber cuánto significa un abrazo de feliz año, la bendición de mi madre a las 12 de la noche del 31 de diciembre, el milagro de la salud y el privilegio de seguir vivos y vivas y sobre todo sanos. Tuve tiempo para crear y soñar, por eso prometo regresar con más fuerza, al mejor estilo fabrinistico.

Esta es la crónica de un Covid que se esquiva pero que llega a enseñarnos que no se puede cantar victoria ni bajar la guardia ante una pandemia, que el ego debe transformarse en humanidad, que la soberbia de creer que todos se contagian menos nosotras o nuestras familias hay que convertirla en bondad, acá en este cuento nadie es inmune y nadie está a salvo, activemos la compasión y la empatía, seamos más piel, amor, hermandad; es momento de saber que no se debe valorar la vida porque la muerte se pasee a nuestro alrededor, sino por su valor mismo –de milagro existencial- y sus momentos poderosos.

Puedo decir que sobreviví a eso que llaman Covid, que mi historia sigue, pero sin bajar la guardia, cuidándome y cuidando mi entorno. Ojalá al final de este aprendizaje mundial podamos decir sobrevivimos a la pandemia y somos una mejor versión de humanidad, con mas equidad e igualdad de derechos y donde derechos como la salud sean realmente un derecho y no un privilegio de unos pocos.

 

Fabrina Acosta Contreras

Sobre el autor

Fabrina Acosta Contreras

Fabrina Acosta Contreras

Evas&Adanes

Nieta de Rita Contreras, leyenda viva de 109 años. Escritora e investigadora Guajira, psicóloga, Magister en estudios de género, Magister en Gestión de Organizaciones y Especialista en Alta Gerencia. Creadora de la Asociación “Evas&Adanes” desde la cual lidera diversas iniciativas ciudadanas como los foros “La Mujer en el vallenato”, “Tejiendo esperanzas por la Guajira”, el programa radial Evas&Adanes, entre otras. 

Ha recibido reconocimientos por la causa que lidera tales como: Joven sobresaliente de Colombia TOYP 2018 (JCI Colombia), máxima distinción del departamento de La Guajira medalla Luis Antonio Robles, personaje diez en el departamento de Amazonas, medalla a Mujer extraordinaria con proyección social otorgada por la Asociación de Mujeres de la Guajira. 

Ha sido columnista por más de 10 años de varios medios puntualizando temas de género y derechos de las mujeres, así como las causas por la guajira. Es autora de los libros Mujer Sin Receta: Sin Contraindicaciones para hombresEvas culpables, Adanes inocentes”, “De esas costumbres que hay en mi tierra: una mirada a los imaginarios sociales de la violencia de género”, “Mujeres sin receta: Más allá de los mitos”.

 

@Facostac

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