Opinión

Micha, Muchacho Mono

Baldot

22/03/2021 - 04:45

 

Micha, Muchacho Mono
Micha, Muchacho Mono / Obra del artista Baldot

 

En memoria de una de las mujeres más tesas de mi vida.

Por allá muy cerca del Valle de Upar, en un pueblito llamado Valencia de Jesús, vivía una muchachita que, tal vez por su pelo amarillo tostado por el sol, llamaban Muchacho Mono. Hacía cosas de niño, se adentraba por los lados de la acequia que pasaba por el pueblo para buscar trozos de árboles secos. La gente decía: "Esa muchachita parece un macho, mira los bultos que carga". ¡Muchacho Mono!, le decían amigos y tíos rascándole la cabeza.

Y sí es verdad que parecía un hombre con los pedazos de leña que llevaba en la cabeza. Los llevaba pa' que su mamá Adela Rodríguez hiciera fuego para el café y las demás comidas. Su padre, Máximo Castilla de la dinastía Castilla (como suele decírsele a la familia de músicos vallenatos), a pesar de eso, se ganó la vida como electricista y también la muerte, porque fue el primer electrocutado del Valle. Eso era lo que contaba Muchacho Mono, mi madre quien creció sin la crianza de su padre.

Un día, Muchacho Mono le pegó una tremenda pedrada en la frente del marido de su hermana mayor, Lola, porque el hombre le estaba dando una paliza a su esposa. Micha agarró una piedra de las más redondas que había en esa calle empedrada del pueblo de Valencia y, como David hizo con Goliat, mandó patas arriba a su cuñado, hombre que medía casi dos metros. Cuando cayó, le dijo a su hermano: ¡Poncho, rematémoslo!

Mi madre era cosa brava cuando cogía rabia. Un día hizo correr a punta de piedra a su cuñada Ana, que se creía la más brava del pueblo de Badillo por ser la inspectora y andar con el revólver en la mochila. Micha le gritaba: "¡Párate, pata de alcaraván!", porque la inspectora tenía las piernas largas, las mismas que le sirvieron para huir y esquivar las piedras que mi mamá le lanzó.

Micha heredaría el Jeep de la época, un Willy. Su marido Federicón, como que tenía el carro de soda pa´l “chicaneo”, en nuestra jerga quiere decir que la pasaba paseando viejas en el carro. Hasta que un día Micha se dio cuenta y apiló una montaña de piedra, cuando el “chicanero” de su marido estacionó el carro, le empezó a tirar piedra hasta que lo dejó como una lata inservible de tanta piedra que le lanzó. Ahora, nietos, cuando lean esto, sabrán que venimos de una mujer con carácter fuerte.

Micha, tercera hija de la abuela Adela, su bisabuela una viejita de cabello blanco, cadera ancha y las piernas que parecían las patas del Santo Ecce Homo y que siempre se divisaba cuando venía de la acequia, el mismo riachuelo dónde corrían lagartijas como Cristo en el agua. Y mi abuela, con una ponchera en la cabeza, yo nunca entendí como no se le caía. La llevaba sin sostenerla, y caminando parlancheaba con alguna compañera de manduco, explicando con las manos y fumando su tabaco al revés. Yo, inocente siempre, me le acercaba, le jalaba la pollera de florecitas negras y grises que nunca cambió y le decía: “Ve, abuela, ¿y tú no te quemai la boca?”

Esto ocurrió en Valencia, un pueblo que parió uno de los compositores más destacados de la música vallenata: Calixto Ochoa. La vieja Micha me contó que éste fue su primer novio. Valencia un pueblo con gran fervor religioso, su nombre por la iglesia Valencia de Jesús, la misma iglesia donde aquel Padre Pachito tenía un camión listo pa' llevarse los altares, como dice la canción del mismo Calixto que cantó Diomedes Díaz.

Emirsa era el nombre de Muchacho Mono, tuvo una vida llena de tropiezos y de luchas, fue una mujer que parió casi que todos sus 11 hijos ella misma sin partera ni comadrona. A mí me parió un 25 de abril de 1969, en plena segunda versión del festival vallenato. Para ese tiempo no tenía ni pañales con qué recibirme, sino es por Juancho mi hermano que llevó una gallina moribunda que encontró en los caminos de piedra que tenía en aquel entonces el barrio San Joaquín. Cuando la vio, lo primero que exclamó fue: "¡Con esa gallina hagamos pasteles y vendamos en el festival!".

Me cuenta mi madre que, para ese entonces, vivían con una amiga que la llamaba Tei. Tei se sorprendió al verla sin barriga al día siguiente que naciera yo, exclamando le dijo: "¡Veee, Micha pari'te y no me di ni cuenta". "Veee, Micha, no has terminao de parí a ese pelao y ya estai pará lavando”.  

Mi madre le respondió:Comadre Tei, yo pa parí solo necesito dos fósforos, uno pa ve la cabeza del pelao y el otro pa cortarle el ombligo. Comadre Tei uno es como la vaca, pare y se tiene que levantá con las mismas”.

Después de separarse de su primer matrimonio se marchó para Venezuela por senderos inhóspitos, caminos de asaltantes de bestias peligrosas, de ríos llenos de serpientes y caimanes. En esa época, para cruzar una frontera se enfrentaban grandes peligros, haciendo enfermar de fiebres altas hasta sus propios hijos. Los curaba con hojas de matarratón envueltas con bastante mentol en la cabeza. Al toparse con guardias del vecino país le tocaba esconderse para que no la deportaran, porque no tenía documentos y, al igual que en la novela “El coronel no tiene quien le escriba”, murió sin poder tener cédula venezolana y fue después de su muerte que le llegaría al fin.

Micha dejó a sus hijos en manos de familiares. Con lo que ganaba en Venezuela fue guardando hasta que compró un terreno en dos mil pesos. Sin embargo, tuvo que regresar porque no tenía “ni pa´l ladrillo ni pa´l cemento”. Para hacer la casa donde yo nací, la que hoy muchos amigos conocen, tenía que cocinarle a más de 100 trabajadores de esas grandes haciendas.  Varias veces me comentó que le dolían las manos de rallar tantos bultos de mazorca, de yuca para hacer harina de los bollos y arepas. Quizás cuántas veces ella lloraba en silencio, mientras yo jugaba en su aposento. Había que tener suerte para no perder el dinero del trabajo. Porque cuando llegaban aquellos guardias a esas grandes fincas, los que no tenían papeles, sí se dejaban atrapar los reportaban de una o los encerraban en unas cárceles y hasta que se llenaran los buses de la guardia no los regresaban a la frontera. Se decía que los mismos patrones de las fincas, para no pagarles a sus trabajadores, les mandaba a la guardia. Así fue todo el proceso para tener la casa, con el esfuerzo de Muchacho Mono que era hombre y mujer al mismo tiempo.

La soledad la hizo volver a un nuevo matrimonio del que nací yo y 4 hermanos más. Con nuestra llegada se completaron los 11 hijos en total, los mismos once que se comían las 4 onzas de queso duro que rayaba y los guineos verdes machacados con vinagre y aceite. Mi padre, cuando se marchaba para Venezuela, le decía: "Micha, pide fia'o a Maño en la tienda que, cuando regrese de Venezuela, le pago" y al regresar a los 4 o 6 meses pedía la cuenta en la tienda. Cuando mi papá llegaba, se debía no más que unos cuantos chavos y mi padre tomaba aquella rabia con mi mamá porque le decía: "Micha, qué comen mis pelaos que no se debe nada en la tienda". Ella, en una forma especial, le decía a mi padre que no se preocupara que esa platica serviría para metersela a la casa en cemento, arena y ladrillo, con eso paramos paredes.  Y poco a poco construyó nuestro rancho donde vivíamos los 11 hijos y arrendó habitaciones a su amiga del alma, la cachaca Rosalba, Chava.

Así fue sacando a sus hijos adelante, a punta de dulces de coco con panela, de toronja, pasteles y lavando ropa de Jiménez y Salcedo, aquellos médicos pediatras del pueblo de Valledupar. Una limpia segura teníamos si alguno de sus hijos la embarraba. Yo recuerdo que la embarré muchísimas veces y recuerdo su frase: "Uno pa´ meterse a loco hay que pensarlo. Lo peor de una persona es que sea ratero, que te señalen de eso no es bueno".

Esa casa que construyó en el barrio San Joaquín, era la embajada para todos sus familiares y amigos que solían llegar a la casa; a parir las que estaban preñadas, a reposar los que estaban enfermos y los que querían estudiar. Era ella la luz de su familia Valenciana, fue la que impulsó los viajes del resto de la familia a Venezuela, que después se los llevaría poco a poco. Venezuela para ella era su segundo país.

Micha era una mujer iletrada, analfabeta que no sabía leer ni escribir, porque solía decir que estaba ya muy vieja para ir a la escuela, que para eso tenía sus hijos que aprendieran por ella o colocaba a los que sabían para que nos enseñase, y, a punta de cocotazos o reglazos, pellizcos, animaba a los que querían estudiar a convertirse en profesionales. Su lema era: "Estudien para que sean alguien en la vida". Micha Muchacho Mono se marchó dejando a una familia e hijos criados bajo un techo.

En mi memoria quedan vivos muchos recuerdos, como esa noche espesa y fría que fueron a atracar al esposo de Clara, mi hermana mayor, quien, en ese entonces, apenas estaba de novio con el Dr. Francisco Valle, hombre reconocido de la sociedad vallenata. Esa noche fría, cuando Pacho visitaba a mi hermana en el San Joaquín, Micha le había sacado unas sábanas para que se arropara porque él solía sentarse en el patio muy cerca de la puerta con Clara. El Dr. Valle recién había comprado un campero Nissan Patrol nuevecito azul. Recuerdo que jugábamos los menores en la puerta de la casa cuando, de repente, llegaron tres hombres preguntando por el Doctor Pacho. De un momento a otro, pasaron al patio sin cruzar palabras, entraron como perros por su casa hasta el patio donde estaba Clara con Pacho, dónde encontraron al Dr. arropado como una Virgen por el frío. Los muy descarados ladrones sonrieron mientras lo encañonaron, lo obligaron a entregarles las llaves del campero azul que estaba estacionado frente de nuestra casa. Él en su estrés lleno de miedo, no se las encontraba. Cuando llegó la vieja Micha, saltó como una fiera sobre el hombre que estaba armado, el mismo que humillaba al Doctor tomándolo por el cuello y con la otra mano lo empuñaba con el revólver. Micha no lo soltó, parecía una fiera de las que aprieta y no suelta, y así frustró aquel robo. Los hombres salieron despavoridos porque los vecinos se habían enterado. Así el Dr. Pacho quedó sorprendido de la fuerza de aquella mujer que muchos llamaban Muchacho Mono.

Mi hermano Jhon que tenía en ese entonces 20 años o quizás más, se había metido debajo de una de las camas y salió después de que se marcharan los atracadores. La escondida de mi hermano fue un gran desestresante. ¡Nos reímos de su cobardía!  

Quiero que, por un instante, lean y se detengan a descubrir parte primordial del pasado familiar, que conozcan la abuela que se apellidaba Rodríguez para que puedan contar su historia a sus hijos y nietos venideros. Micha, esa misma vieja que solía echar la taza boca abajo después de tomar el café y de una forma mística leía la suerte con la huella dibujada en aquella taza de café. Y eran acertadas sus lecturas. Le predijo a Juancho, su hijo mayor que administraba una quesera, que iba a llegar por la tarde un hombre alto, moreno y flaco a pedir que le fiara unos kilos de quesos, le señaló que si fiaba ese queso los iba a perder. Juancho, como a las 5 de la tarde, antes de cerrar el negocio del queso, pensó en su mente: "Esta vez se le peló el presagio a la vieja Micha porque nadie ha venido a fiarme dicho queso”. Recuerdo que yo me presenté antes de que cerrara el negocio, le dije: “Hola, manito, voy pa' Barranquilla, fíame un queso que esté bajito de sal y te lo pago al regresar. Te lo voy a agradecer”. De inmediato Juancho comprendió que yo era el cliente del queso que le había salido en la taza de café y que lo iba a perder...

Mi mamá era una sabia de medicina tradicional, curaba algunas enfermedades de una forma enigmática. El orzuelo lo curaba untando una cataplasma en el ombligo y éste desaparecía, así, misteriosamente para siempre. En baños de asientos tibios, curaba el mal de las hemorroides. Todos estos secretos los aprendió desde muchacha cuando trabajaba en un pueblo llamado Fundación-Magdalena con el Doctor Espejo, curandero que sanaba hasta los locos, con caldos de cachorros de perros, decía la vieja Emirsa.

Mi madre también era traviesa. Inolvidable aquella vez cuando le escondió la bicicleta a Wiliam, uno de sus amigos e inquilinos. Después de esconderla, le dijo: "¡Willian, te robaron la bicicleta!" y el despistado hombre salió como correcaminos hacia donde Micha le dijo que había cogido el supuesto ladrón. Ella se moría de la risa. Al final, cuando el hombre volvió agitado, se rio en sus narices diciéndole que era una broma y que no se escaparía de sus bromas ni su vecina, la señora Flora, mujer decente de la sociedad sanjuanera y la más chismosa del barrio San Joaquín.

Una tarde, las dos conversaban en aquellos muros que tenía la terraza de nuestra casa y divisaban a lo lejos a unas mujeres sin reconocerlas. La señora Flora le dijo a mi madre: "Micha, ¿quiénes son aquellas que vienen allá?". Mi madre le respondió sin tapujos: "Se parece a Chávez y la pata de alcaraván de la señora Flora". Al oír tal expresión Flora le contestó: "Ay Micha, así es que me trata usted" y ella, orinándose de la risa, le dijo: "Ay señora Flora, perdón". Así de sencilla y expresiva era nuestra madre, su abuela. 

Hoy arrepentido sufro por no haber cortado un mechón de su pelo muerto. Emirsa decía: "denme en vida lo que me vayan a dar, que muerta ya para qué. No me lleven flores que los muertos no ven, ni oyen, ni entienden". Y el día de su muerte uno de sus parientes o amigos cercanos llegó borracho haciendo el bromista en el velorio. Mis hermanas lo mandaron a callar y les dije: “Dejen a Yoye quieto que Micha bastante mamó gallo en los velorios ajenos, ahora le tocó el turno de ella”. Mamaba gallo como aquella tarde en que venía del entierro de Noé el hijo de Goyo, los familiares se lamentaban “¡Ay Noé!”, “¡Ay Noé!”. Lloraban sin consuelo: “¡Ay Noé!”, “¡Ay Noé!”. Mi madre llegó diciendo: "Vengo del entierro, pero como que no encontraban dónde enterrarlo porque decían: ¡Ay Noé! "A-hí No eh"… Entonces, ¿en qué hueco eh?”.

Para ustedes este escrito. Para que sepan que sus padres fueron criados por una mujer maravillosa, brusca, con un humor estrambótico, amiga de todos, tanto de vendedores de frutas como del médico del pueblo, con unas manos maravillosas para la sazón. Quiero que sepan que somos una familia sin importar los apellidos que tenemos, cuéntele a sus hijos de ella porque una vida sin contarla no ha sido vivida y ustedes son fruto de esta historia.

 

Baldot

Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

2 Comentarios


José Baquero 22-03-2021 11:26 AM

Una gran historia de una maravillosa mujer, las historias de mi abuela el pasado de mi familia, de donde vengo yo

María Del MAR Torres 28-03-2021 08:23 AM

Excelente historia padre, siempre recordaremos los hermoso que fue nuestra madre. Nunca la olvidaremos. Gracias por recordarnos siempre lo importante que fue para nosotros.

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