Opinión

Difunto enamorado

Baldot

29/03/2021 - 04:40

 

Difunto enamorado
Obra del artista Uvaldo Torres (Baldot)

 

Sebastián Nazar Valencia sabía que esa noche era su última cacería, presagiando en su pecho que algo no andaba bien, sin embargo, tenía que salir a cazar algo de carne fresca para el día siguiente. En esos días se acercaba la semana santa y, antes que llegara el miércoles de cenizas, su despensa debía estar llena con algunos conejos o bien un venado o un ñeque comedor de yuca.

La tarde parecía tranquila, las estrellas a lo lejos brillaban, poco a poco se divisaba una noche oscura. Eso no era problema gracias a su linterna de 4 pilas que alcanzaban 100 metros y permitían divisar el conejo más huidizo. Chan, que dónde ponía la luz detrás ponía la bala, le dijo a Maye, su mujer, con su cara palidecida del resfriado:  

––Hoy no es que me sienta bien, mi negra, pero hay que salí a cazar, no hay nada en la cocina...

––Pero mijo, no te preocupes, si te sientes con maluquera, no vayas, así sea yuca con una pizca de sal, comemos mañana...

––No, mija, yo soy el hombre de la casa, saldré con mi hermano Manuel y conseguiremos algo, ya verás, y temprano estaré de regreso.

Aquella tarde ya iban siendo las 6 y Chan ensilló su caballo de color cobrizo de cola café que estaba amarrado al árbol de Higuerón frondoso en medio del patio enorme. Chan no tenía fortuna pero tenía un caballo de condiciones atléticas invencibles, no era aquel caballo que yo tuve cuando pelao´, en la finca San Carlos adonde crecí. Aquel era blanco pero flojo al andar, en cambio éste era todo lo contrario. Chan le dijo a su caballo: ¡quieto, Fosforito! ¿qué es lo que te está pasando? ¿Es que no quieres que te lleve a cazar? Estás igual que mi mujer que no quiere que vaya a cazar un buen venado que nos alcance para los días de rezo que se avecinan. ¡Quieto, caballito! “¡Shiiito, shiiito, shiiito, caballo!”, y le colocó la silla casi a la fuerza, como si el mismísimo caballo Fosforito supiese que algo no estaba bien. Se marchó Chan a la casa de su hermano para que éste lo acompañara, claro, antes le había dado un beso a su mujer en la frente y ella le había empacado unos dulces y un termo con café que llevaba en una mochila que colgaba en el cabezote de la silla de montar.

Chan llevaba una escopeta 16 y, en otra mochila de esas que su madre Teresa fallecida le había tejido hacía mucho tiempo, unos cartuchos y pólvora envuelta en un viejo trapo y balines por sí tenía que armar en el monte unos tiros. Colocó su escopeta en la espalda junto a la mochila que la mamá le había regalado en alguno de sus cumpleaños. Maye le echó la bendición y se marchó chiflando y cantando una canción de esas que suelen cantar los campesinos. Él, que llevaba una cachucha desgastada, y montado en Fosforito, fue sacando de su mochila unas viejas baterías que aún estaban cargadas, su linterna plateada que ajustaba en su cabeza amarrada a un lado de su cabeza. Al llegar a la casa del hermano, éste último lo recibió con un café servido en una concha de totumo seco expresándole: ¡Ombe, Manuel! Y su hermano, apenas lo vio, le respondió: “Chan, te veo bajo de nota, achicopalao... ¿Por qué cargas esa cara de espanto, como si te hubiese salido el mismo diablo, ¿qué te está pasando, ombe?”. Chan le contestó con una voz medio apagada: “¡No me siento bien, compadre, pero ya salí y sin carne no regresamos, así que monte su mulo que nos vamos pal´ monte”. Los perros del hermano ladraban al caballo y ambos montados en sus bestias se marcharon por toda la orilla de la carretera principal.

Ambos encendieron un par de calillas de tabaco y hablaban mientras cabalgaban: Compadre, le decía Manuel: ¿usted sí cree en esas vainas? ¿cuáles vainas, mi hermano? Carajo, desde que llegaste a mi casa, te noté raro, me entró una vaina en mi pecho, eso no me gusta para nada, expresaba Manuel con su calilla de tabaco en la mano mientras el humo salía por los labios. 

––Chan, eso debe ser un resfriao´.

––Compadre, no se preocupe que mañana me tomo un mejoral con una toma de limoncillo y fuera peste, lo que me duele es no complacer a Maye...  Usted sabe que mujer nueva hay que ajustarla todos los días, claro que yo hasta asado de fiebre la monto.

Se escuchan las carcajadas de su hermano a lo lejos que hasta Chan tuvo que pedirle: 

––Calla la boca que estamos llegando a donde dejamos las pepas de almendro a la orilla del palo pa' cazar esta noche un saíno. Pero esta noche hay que llevar carne, mira que la otra semana son los días santos y tú sabes que hay que respetar.

Pasaron por el portillo de la finca de Don Campo, aquella hacienda que había pertenecido a un señor de apellido Valbuena y que Don Campo se la había quitado o heredado, como decían, por avispao´. Se perdieron entre los montes y, al llegar al sitio indicado, muy cerca de los cerros centrales de aquella gran hacienda, la conversación se hizo por señas, dejando las bestias en un lugar seguro. Caminaron adentrándose a la orilla de un río, allí vieron el árbol cerca del cual se reunían a comer los chigüiros y demás animales. Avistaron algunos conejos que no le dieron importancia para no espantar las presas más grandes. Cuando llegaron al sitio exacto, Chan, con voz silenciosa, le dijo así: hermano, súbete tú primero al árbol, ya no demoran en venir a comer los saínos, súbete y yo voy más atrás pa´ que me sostengas. 

No habían pasado 10 minutos cuando Chan escuchó el sonido de un cuerno: Compadre, ¿escuchó eso?, le dijo a Manuel. Éste le respondió en voz baja: “no, no escucho nada, compadre”, mientras sostenía la escopeta con el cañón apuntando al suelo por si se encontraba algún animal hurgando con el hocico las semillas que había dejado días atrás. ¿De verdad no escuchaste el sonido del cuerno, Chan?, se refería con eso al cuerno que utilizaban los hermanos de Jesús que se vestían de nazarenos y que hacían sonar en las procesiones. ¿Nada, compadre? ¿Seguro que no escuchó nada? ¡Esas son sus maluqueras que lo están poniendo a escuchar vainas que no hay!

La noche estaba callada, sólo se escuchaban algunos sonidos de grillo y algunas luciérnagas que volaban alrededor de aquel árbol. A lo lejos, algunas estrellas brillaban con insistencia... Y, de repente, volvió el sonido del cuerno y a Manuel le entró un frío que le recorrió hasta sus cimientos. Por poco no se cayó del árbol. Eran como las 12 de la noche, no habían cazado nada todavía y le dijo a su hermano Chan con voz baja: ¿Sí? ¿Escuchaste el sonido del cuerno? y éste le dijo: “Sí, pensé que me estaba volviendo loco, compadre”. Ambos se asustaron, aquel sonido los inquietaba. Chan le dijo en voz bajita: “Tal vez sea algo que va a suceder… Vámonos, mejor. ¿Será que nos devolvemos?”. 

Cuando ya empezaron a descender, llegaron 4 saínos de gran tamaño y otras crías que hacían mucho ruido. Ellos alistaron sus escopetas, disparando al tiempo y le dieron a los dos más adultos de la manada, era un golpe de suerte si se consideraba la oscuridad. Los otros se dispersaron y, ya sabiéndolos tirados, prefirieron esperar a que no se movieran. Los saínos son más peligrosos heridos que sanos. Al rato, bajaron del árbol y uno de ellos tuvo que ir a buscar las bestias amarradas a unos cientos de metros. A Chan se le había pasado el malestar por un momento, pero el sonido del cuerno lo tenía un poco angustiado.

Al llegar a sus casas, Maye recibió a su hombre contenta y no dejaba de darle gracias a Dios por el regreso de su marido. Sus palabras eran "gracias, Diosito, pensé que de verdad te pasaría algo malo, mi corazón". Ella le limpió el cuerpo con paños tibios, con una toalla amarillenta y desgastada que antes había sido blanca. Le dio de beber algo caliente porque sentía el fuego en sus labios: "Chan, te siento caliente, mi amor". Éste le contestó: “no te preocupes, mi amor, ya se pasará, a lo mejor es que tendremos carne pa´ el velorio si más tarde no amanezco”. De todas maneras, empezaron a besarse, ella era una mujer hermosa, joven, entrada en sus 30 y tantos. Chan, sin embargo, pasaba ya los 50 y tanto, aunque tenía el cuerpo de un hombre joven, con sus fuertes brazos y una espalda ancha. Cuando le hacía el amor a su Maye, todos los huesos del cuerpo de aquella hermosa mujer tronaban...

Continuará…

 

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Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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