Opinión

Difunto enamorado (III parte)

Baldot

12/04/2021 - 05:45

 

Difunto enamorado (III parte)

Los días pasaron y Maye empezó a sentir poco a poco la presencia de Chan. Todavía rondaba por el pueblo aquel cuerpo que había dejado en el cementerio, no se había hecho a la idea de que estaba muerto y parecía estaba determinado en quedarse durante la Semana santa. Maye sentía su presencia en el patio, escuchaba al caballo moverse como cuando Chan lo alistaba para salir. En esa casa sola, después de que se marcharan los visitantes después de las 7 de la noche-vecinos que aún seguían recordándolo–, todo se hacía oscuro. Los mechones no alcanzaban a alumbrar las calles oscuras, sólo se veían las luces de los focos de 4 pilas y algunos de 2 que usaba la gente para caminar.

Maye, antes de dormir, se duchaba y sentía el frío del agua que caía por su espalda, bajaba lentamente por sus nalgas, caderas anchas y pensaba en su difunto marido y sentía que la observaba como solía hacerlo en vida. Maye seguía, lela en su pensamiento y se dirigía a su cama envuelta en su pijama larga de seda que había comprado; decían que llegaban de aquel pueblo llamado Macondo. Ya recostada en su cama, Maye se quedaba en un profundo sueño, sus piernas separadas sin interiores, desplomada totalmente, no alcanzaba a apagar la vela que siempre colocaba en uno de los platos de vidrios rotos de la esquina, los dos que quedaban la vajilla de vidrio que compró Chan en uno de los únicos viajes al pueblo de Maicao. La luz de aquella vela dibujaba el cuerpo desnudo de Maye debajo de la seda. A ella le fastidiaba la ropa interior para dormir y eso lo sabía Chan desde que ella, a sus 13 años, se fue de su casa con Chan. Cansada, permanecía en esa cama cubierta por un gran toldo que la protegía de los mosquitos.  

Los días transcurrieron y ella sentía aquella soledad y se reprochaba por no haber tenido hijos. Ya a su edad, y sola, sólo podía encariñarse de los sobrinos de Manuel, su cuñado, el hermano de Sebastián, quien todas las mañanas después de tomar el café de su casa repetía otro cafecito dónde su cuñada. Éste la vio cansada a pesar que ella dormía como piedra, y ella, sus brazos moreteados como si alguien la chupara su carne, solo contestaba: “No sé, Manuel, en estos días he sentido que a mi lado duerme todavía tu hermano. En la casa, algunas cosas no están en su puesto, las vainas de Chan y sus cachivaches me las desordenan sin que nadie haya entrado en la casa, sólo están las gallinas que me rodean por la sala y a veces las culecas echadas en el cuarto escarban cualquier cosa, pero no creo que ellas puedan mover las cosas de tu hermano y te juro que me he sentido satisfecha, como cuando me levanto después de hacer el amor”.

Manuel, su cuñado, le respondió: “Ve, Maye, ojo con eso, ¿no será que mi compadre te está hurgando las costillas después de muerto mientras duermes? Tenga cuidado con eso vea que se la puede llevar”. Después de tomarse el café y revolver la tasa para saber su suerte, le dijo a Maye: “Vea, comadre, revuelva su pocillo que le voy a ver la suerte”, y dejándola volteada un par de minutos, Manuel empezó a leerle la suerte a su cuñada. “¡No te dije yo, Ahí 'ta mi compadre! Qué vaina, nomejoñe, Chan todavía cree que no está muerto. Mira con tus propios ojos. Ahí 'ta la figura al fondo de la taza. Se ve la cara de Chan, ¿es o no es?”. Maye, perpleja de lo que veía en aquella taza, se puso a llorar, su cuñado Manuel le había revelado el posible origen de esos moretones. El difunto hermano y marido de Maye seguía rondando aquella habitación y, posiblemente, quería acostarse con la esposa. “Ve, Maye, las vainas raras existen, de que las hay las hay, mi compadre cree que aún es tu esposo que no está muerto y por eso se está acostando contigo”.

Tras la marcha del cuñado, Maye empezó a sentirse mal. Sus piernas temblaban con la simple idea de que el marido quería estar con ella. Manuel, al llegar a su casa, le dijo a su mujer: “Cómo te parece, Rosalba, que mi compadre Chan está rondando por las noches a la pobre viuda. Lo vi en la taza que le acabo de echar a Maye”. Rosa le respondió: “mijo, tú sí qué tienes vaina, qué muerto se acostará con su esposa después de estar enterrado cuatro metros bajo tierra... Esta vez la taza de café no te salió”. Le contestó Manuel: “Tú sabes, mija, que yo no fallo en esto, es como pelá un conejo con un tiro de mi escopeta a un metro de distancia. Te digo yo que mi hermano se está acostando con la pobre Maye”. “Bueno, mijo, si tú lo dices es porque así es”.

No había llegado Rosa a la esquina de la tienda del señor Arroyo, un bolivarense dueño de la única tienda de comida del pueblo, y ya Rosa había soltado el rumor a algunas vecinas: Chan todavía dormía con Maye. El difunto seguía enamorado, y la noticia se esparció como pólvora en toda la región llegando a los oídos del padre de Maye, que vivía solo en una finca retirada del pueblo, pero cerca de la iglesia. Éste de inmediato pidió que lo llevarán donde su hija Maye para que le contara ella misma lo que el pueblo venía diciendo en las esquinas. El padre de Maye, que padecía de ceguera, llegó ayudado por una vecina que le ayudaba siempre con los quehaceres de la casa.

Al oír las bestias, Maye divisó a su padre que se acercaba. Su instinto le decía que su padre venía para hablarle del rumor que corría en aquel pueblo. El viejo don Miguel traía consigo un baúl de cuero cargado en una de las bestias, unos racimos de guineo, unas raíces de yuca y unas tinas de leche que colgaban junto a un calabacín de suero tapado con un tapón de tusa, y un bulto de papayas verdes de la época de plaga de langostas del año anterior. El viejo, al sentir la voz de su hija, le explicó por qué venía: “Te siento cansada”. Le pasaba las manos por el rostro y le sentía las ojeras del rostro. “Ni muerto te está dejando tranquila este desgraciado de Sebastián”. Maye le respondió: “Padre, ya viene usted con lo de siempre, Chan era un hombre bueno, no sé porque siempre dices lo contrario, ni muerto dejas de hablar de él, entra, descansa y no hablemos de las locuras que se dicen de mí. Disque Chan aún duerme conmigo”. El padre entró y murmuró como siempre: “este hijo de puta ni muerto deja de joder con mi hija”.

Descargaron los animales y todo lo que traía Don Miguel. Sin dejarse guiar, el padre abrió el baúl de cuero en medio de la sala, sacó su hamaca con gran destreza, conocía la casa como la palma de su mano. Ésta fue la casa donde Maye nació y se la había regalado después de la muerte de su madre. “Aquí es que dormiré para darme cuenta cuando llegue ese sinvergüenza”, expresó al desenvolver la hamaca. Antes de colocar aquella hamaca, Maye le pidió que descolgara los alambres sobre los que colgaba una parte del ñeke y la reacción del padre no se hizo esperar: “Con razón... Pensé que habían desenterrado el desgraciado de tu marido, porque la casa sigue hedionda a carne salá”.

Los días pasaban y la presencia del papá de Maye parecía haber alejado al difunto. Ya no daba señales de estar en casa, hasta que una noche empezó a moverse la hamaca del viejo Miguel y éste expresó: ¿qué mierda es esta? ¿Quién anda ahí? Sintiendo un quejido, llamó a su hija: “Maye, ojo que Chan se encuentra aquí en la sala. Sentí un quejido y ése es un quejido de muerto”. Maye se despertó toda sonámbula y le gritó del otro lado del cuarto: “Papá, déjalo quieto, que si está aquí es porque ésta es su casa, ya duérmete, no me hará daño, él se cansará y se dará cuenta que ya está muerto y se irá”.

Pasó aquella noche y al día siguiente Maye de nuevo se dio cuenta de los moretones que tenía en su cuello y brazos. De inmediato tomó un espejo, el mismo con que solía maquillarse, abriendo sus piernas se miró y revisaba su vagina en busca de chupones. También amanecía húmeda y con algunos rojos como si alguien se hubiese adentrado en esas profundidades. Entonces, entendió que no era un sueño, su marido le había hecho el amor aquella noche como las noches anteriores; esa mañana se vio en su espejo despelucada, la moña que utilizaba pa' amarrarse el cabello había desaparecido, la cama desordenada, las almohadas en el suelo como sí alguien le había removido todo mientras dormía, ella se quedó callada no le dijo nada a su padre, de lo que le había sucedido. Y las noches siguientes seguiría pasando lo mismo, el padre avisaba cuando Chan llegaba. Era casi siempre a la misma hora. El viejo le gritaba a su hija Maye:  “¡Chan llegó! Lo siento parado en la puerta, sus pisadas se sienten pesadas”. Desde la hamaca sentado, el viejo agitaba una linterna que no se sabía bien porque la utilizaba un hombre ciego. Él decía que veía la luz de los rostros atravesados en la luz de la lámpara y apuntando hacia la puerta le veía el rostro fantasmal del yerno. Volvió a gritarle a Maye, y ella, todas las noches se preparaba para recibir a su difunto esposo, se preparaba para él, cuando lo sentía llegar a la cama, se desnudaba por completo, abría sus piernas y gemía de gran manera que hasta los vecinos escuchaban a lo lejos.

El padre de Maye atónito de ver que su hija estaba atormentada por el yerno y no podía hacer nada, la dejaba de molestar. En casa manda el dueño, pensaba el viejo, y solo se quedaba a escuchar los quejidos eróticos de aquella pobre mujer. Los perros aullaban a las afuera del patio, a veces Chan solía marcharse en su caballo después de hacerle el amor, porque vieron salir el caballo desbocado en la madrugada como loco sin jinete rumbo al cementerio y regresaba por la tarde a paso lento por las calles polvorientas y empedradas del pueblo. Se instalaba en el mismo puesto del patio de la casa de Maye, aunque lo atasen en las madrugadas solía desatarse y salir al pueblo y sus alrededores. Sabían de las historia que vivía la pobre Maye, hasta la capital, hasta  en el mismo hospital llegaba la noticia y se acordarían del llanto y del canto que Maye liberó el día que se le murió Rafa en el pecho y de aquél pueblo no era nuevo en esa historia porque ya habían contado historias diferentes.

Llegaron muchas personas para darle a Maye recetas que alejaran a Chan y devolverle al mundo de los muertos, pero ninguna tenía resultado. Maye seguía pálida, flaca, muriendo lentamente sin comer, parecía una muerta en vida. El padre ante quien Chan quería casarse hizo un exorcismo que no resultó porque la fuerza de Chan en vida era duplicada en muerte por su pasión de querer llevar a su compañera al mundo de los muertos. Maye seguía esperándolo todas las noches mientras su padre le advertía: “Maye, de nuevo se encuentra Chan... Prepárate, hija, está pasando por el medio de la cama”. Chan en su mundo fantasmal había aprendido a mover cosas, y, cuando pasaba cerca del viejo Miguel, lo tumbaba de la hamaca y le lanzaba su gemido inconfundible. Maye, en su cama, lo esperaba, como queriendo decirle a su marido difunto que terminara de una vez con ella porque ya no aguantaba más la trasnochadera.

Un día, Maye salió a caminar y se encontró con una mujer desconocida que le preguntó: “¿Por qué estás tan demacrada?”. Aquella mujer estaba recién llegada al pueblo y, de casualidad, había conocido a Maye unos meses antes en el hospital, pero no se habían hecho amigas. Aquella mujer de nombre Maruja, solo distinguía a Maye pero no sabía que era la misma mujer que estaba pasando por aquella tortura. Al abordarla y enterarse de que Maye era la mujer del suceso le dijo: “¡Anda, mija! Si tú tienes la solución en tus manos, te estás dejando morir porque quieres. Busca tu primera comadre y tu primera ahijada y que duerman contigo unas noches, que ese muerto se irá para siempre, es la única solución a tu problema”.  

Bueno, aconteció que ese mismo día Maye se dirigió donde su primera comadre y su primera ahijada, les comentó lo de la solución y ellas que conocían lo que padecía aquella pobre comadre no dudaron en dormir con ella aquella noche, con la mala suerte que esa noche el desgraciado de Rafa no llegó, pero, aún así, siguieron durmiendo con ella toda la semana hasta que el sábado se presentó Chan y de nuevo les avisaría el viejo Miguel y Chan entraba como Pedro por su casa. Las mujeres y la ahijada se desvistieron y quedaron totalmente desnudas. Las tres se hallaban en aquella cama cubiertas por un gran toldo cuando llegó Chan. El muerto vio el cuerpo desnudo de su ahijada y el de su comadre cuando pretendía subirse a la cama. La sorpresa fue que las dos mujeres y la niña que tenía como unos 15 años con sus vulvas estiradas, espantaron al marido y, de inmediato echó un quejido que estremeció el aposento. Hasta la gallina culeca salió desplumada, los perros con los rabos dentro del trasero corrían por todas partes, los mechones se apagaron, al viejo se le salió disparado de la hamaca y fue a parar en la troja de la cocina donde estaban los perros asustados. Ése fue el santo remedio para que se marchase aquél enamorado y alborotado difunto.

 

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Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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