Opinión

En la hacienda San Carlos

Baldot

28/04/2021 - 05:10

 

En la hacienda San Carlos
Obra del artista Baldot

 

Era una hacienda llamada San Carlos. sí, allá vivían mis primos Iván, Estela, Francisco y Marlioni. Recuerdo que hasta me hice un Robin Hood para llevarles dulces, tal vez dos o tres veces si mal no recuerdo. Me iba para las casas de los ricos en el Novalito, sus grandes mansiones donde sobraba toda la opulencia que en mi barrio faltaba, ese mismo barrio con casas grandes y jardines tan extensos que tenían jardineros para todo, aquellos ricos egocéntricos que vivían en su mundo aislado y esos pelaos así como yo... ¿quién dijo? Yo corría más rápido que ellos y, como tenía las piernas más largas, nunca me alcanzaban.

Cuando salía de clase, tal vez contaba con apenas 11 o 12 años, esperaba que aquellos niños jardineros salieran hacer mandados para preguntarles dónde se dirigían y me decían pa´ la tienda que estaba en la esquina del barrio Cañahuate. Yo les decía: “Mentiras, tú no vas para ningún lado, muéstrame la plata con que vas a comprar”, y ellos muy ingenuos me mostraban un billete de 20 centavos y de un manotón le decía guacha y  arrebatándole el billete salía a toda prisa, me echaba a correr, compraba en esa misma tienda miles de golosinas  y a mis primitos dulces les llevaba, porque ellos nunca al pueblo venían, yo en esa finca era feliz porque era un héroe para ellos, cuando yo llegaba cargado de dulces, era el primo importante.

Corríamos los primos Iván, Francisco, Marlioni y yo. Casi siempre los adelantaba, y llegaba de primero al corral. A veces, Marlioni se quedaba detrás porque era el más chico, lloraba y yo me detenía a esperarlo, entonces Marlioni me pasaba a toda velocidad y me terminaba ganando. Siempre nos acompañaba una perra Chapola cruzada color ocre, llegábamos a un río lejos de nuestro casa, metidos bien adentro del follaje de  aquellos campos de la finca que tenía como cuatrocientas hectáreas y a lo lejos se veían unos cerros y decían los ancianos y los adultos que en esos cerros había hermosos cauqueros y venados con unos cachos enormes que pareciesen ramas secas de árbol y que sólo un gran cazador podía cazarlos, porque algunos cazadores cuando lo intentaban temblaban al apuntar y fallaban por la impresión que les daba el gran tamaño de los venados.

Ese día, cuando terminamos de adentrarnos, llegamos a un riachuelo y, como sentíamos mucho calor por caminar tanto, nos metimos en el agua y nadamos felices, y yo, como era el más grande, también ganaba cuando competíamos para pasar al otro lado del Río. En una de esas, cuando yo estaba llegando a la otra orilla, me topé con una gran serpiente que estaba sobre el agua, mi rostro casi tropieza con semejante animal. De inmediato me di cuenta que Iván que estaba a mi lado porque siempre competía con él, le advertí del peligro y nos regresamos rápidamente y de venida le alertamos a Francisco y Marlioni que se habían quedado en la orilla del río esperando quien ganara. Ellos no se habían percatado de lo que sucedía, nos hacían barra sin saber que una serpiente Boa estaba sobre el agua.

Veníamos nadando tan rápido del susto que ganamos justo los tres. cuando salimos del rio, ya la serpiente había desaparecido y los tres estábamos agitados del susto. Nos fuimos a un árbol de mamoncillos que abundaban en todos los campos de aquella finca y comimos hasta hartarnos, parecíamos unos monos subidos en aquellos grandes árboles. Al llegar a la casa nunca contamos lo que nos sucedió porque nos hubiesen dado una muenda segura como llamaban en ese entonces... Tal vez aquella serpiente Boa también se asustaría al vernos nadar juntos con ella en aquel río.

Recuerdo que nos despertábamos muy temprano por el cantar de los gallos, el canto de los pájaros Cucaracheros, nos levantábamos y nos íbamos para el corral que estaba cerca de la casa, y, con totumas en manos, le pedíamos leche caliente espumosa del balde de metal al ordeñador, que era Manuel, el papá de mis primos. Yo escuchaba aquellos hombres, en especial mi tío, llamar a los terneros, y, cuando ya estaban separados de las vacas, se escuchaba un grito: ¡saquen a Care' Leche!  ¡Care' Leche, Cara e' leche! Salía el ternero de entre los otros becerros... Mmeee...mmeee y su madre, la vaca, entendía mmuuu...mmuuu... y Cara'e Leche rápidamente pegaba su boca en sus tibias e infladas tetas y a los 10 segundo el señor Manuel ataba una cuerda al cuello del ternero. Éste con los ojos como ternero ahorcado retrocedía y en las patas delanteras de la vaca, un lazo le hacían, el ternero miraba aquellos chorros espumosos de leche que llenaban el balde, pero el señor Manuel, que no era tan malo, algo le dejaba y, al desarmarlo, el ternero desesperado tomaba sus cuatro tetas hasta hartarse.

En aquella finca se escuchaban las onomatopeyas de las palomas ¡Rrrr, rrr, rrr! Bandadas de patos que pasaban y que del norte venían, decían los ancianos que venían de Canadá, de Estados Unidos, de un pueblo que se llama Florida, y yo pensaba para mis adentros cómo harían esos pájaros para venir a comer arroz de tan lejos, o es que acaso no había cultivos de arroz en esos pueblos. En los cultivos del campamento a los que me tocaba ir, porque Don Pacho pagaba algo de dinero para que nosotros los pelaos -o los muchachos, como nos decían-, fuéramos a pajarear o a colocar algunos espantapájaros que hacíamos con dos varas de cualquier árbol, colocándole un pantalón viejo y una camisa de mangas largas y un pelo de paja, simulábamos a un hombre todo el tiempo vigilando los cultivos y espantábamos los pájaros, palomas y patos que se comían el arroz de los cultivos.

Todas mis vacaciones las pasaba en la finca San Carlos a trabajar de espantapájaros. En las noches con mis primos, como no descansábamos ni siquiera cuando dormíamos, nos íbamos a ver donde dormían aquellos pájaros que se comían el arroz y, con lámparas en mano, íbamos a los árboles más frondosos por supuesto de más follaje y alumbrábamos con nuestras linternas. Allí estaban con sus buches llenos, los pájaros de todos los colores que se comían nuestro arroz en los campos, allí jugábamos a descubrir qué clase de pájaro eran y aprendí los nombres de cada especie y su color. Más tarde. cuando me hice pintor, esos colores de esos mismos pájaros fueron las bases de mi inspiración.

 

Baldot

Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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