Opinión

En la hacienda San Carlos (Segunda Parte)

Baldot

03/05/2021 - 04:40

 

En la hacienda San Carlos (Segunda Parte)
Obra del artista Uvaldo Torres (Baldot)

Cómo no recordar aquella vez que sin decirle nada a mi vieja, me fui escondido para la finca San Carlos donde vivían mis primos; yo solo quería estar con ellos. Mi madre aquella mañana me había regañado por algo que no me acuerdo, tal vez alguna travesura, pero lo que sí recuerdo fue que me marché por la tarde, como a las 4 pm, y llegué como a las 8 pm de la noche a la finca.

Mi tía cuando me vio y se molestó, porque, según ella, era peligroso andar por esa carretera a tan altas horas de la noche, por las serpientes y demás peligros. Me dio de comer y me organizó un colchón con unos sacos de arroz, tirados muy cerca de un tractor viejo (un tractor chatarra que nos servía para jugar, allí montados soñábamos que araríamos nuestros propios cultivos de arroz), con esos sacos me organizó un colchón suave, los colocó encima de una mesa de madera que se utilizaba para comedor de los trabajadores y una sábana vieja que me sirviera de arropijo. Horas más tardes, después de quedarme dormido, llegó mi madre a las 11 de la noche desesperada, me había buscado como loca en Valledupar y sabía que, si no me encontraría en el Valle, estaría donde mis primos, y ella no quiso despertarme.

Al día siguiente, al levantarme, mi tía me regañó porque mi madre le había contado que me había escapado de la casa, me mandó a retirar los sacos y a colocarlos en el mismo lugar de donde los había recogido. Cuando sacudí un costal salió una serpiente mapaná rabo seco, que yo, con el cuerpo y el movimiento, logré asfixiar. Qué suerte que no pudo salir, porque me hubiese picado durmiendo, sé que era rabo seco porque mi tío me había enseñado las clases de serpientes que había en aquella finca. Al imaginarme tal escena y verla tirada cerca de mis pies casi me desmayo, y mi tía expresó: ¡"Veee, qué muchacho de buena, hubiese amanecido tieso sin darnos cuenta"!

Esos días fueron de mal recuerdo. Una de las primas que llamaban Genoveva -tenía el mismo nombre que mi abuela paterna-, sobrina de mi padre, quien mi tía aceptó cuidar, había llegado de Sincelejo, de las tierras bajas de Sucre. Aquella prima era pequeña, morena, de cabello crespo, reseco, como pelo de coco. En esos días se había metido a vivir con uno de los trabajadores de la finca y él le había encargado que lavara la hamaca, donde dormía con Genoveva. Ella me pidió que la acompañara y nos fuimos juntos a lavar la hamaca de rayas que el marido le había encargado, que cuando regresaría de su jornada en ella descansaría.

Cuando ya había terminado mi prima Genoveva, me pidió que le ayudara a retorcer la gran hamaca para escurrirla, pero como éramos dos niños, ella a pesar que ya tenía marido, solo contaba con 14 años y yo talvez tendría lo mismo o menos, no dábamos para escurrirle el agua de la maldita hamaca. Ella me dijo: “Primo, vaya y búsquese un machete pa’ que solucionemos esto’’, y me fui en busca de uno donde mi tío colocaba las rulas bien afiladas de los trabajadores. Llegué a la orilla del río donde estaba mi prima que quedaba muy cerca de la casa principal, alrededor de unos cultivos de caña (y más abajo estaban los árboles donde dormían los pajaritos, que siempre veíamos en las noches y que se comían de día los arroces de los cultivos).“Bueno, prima, qué hacemos con este machete”, le pregunté y ella me dijo: “Eche' pa' acá primo, agarre usted de un lado y cortó la hamaca en dos pedazos”.

Dándome una parte, expresó: "retuerza usted su parte que yo retuerzo la mía. Puta hamaca, después que se seque la he de coser y listo”. Bueno, pasó la tarde, la habíamos dejado secando en unos alambres de pua y, cuando llegó aquel marido sudado, cansado le pidió a Genoveva que trajera su hamaca para descansar, Genoveva me miró con aquellos ojos asustados, y, volteando la cabeza, me señaló pa´ donde aquellos alambres como queriendo decir: ‘’Anda, primo, llegó este hombre y no alcancé a coser la hamaca’’. Siempre era yo el primo de confianza, llegamos con los dos pedazos de hamaca, uno lo llevaría mi prima y el otro yo.

El cansado hombre se quedó viéndonos a los dos, se quitó el sombrero, se llevó las manos a la cabeza y le gritaba a mi prima: “¿Qué mierda le han hecho a mi hamaca sabanera de treinta y tantas rayas?” Y ella sólo le decía: “etda' papi eso se pega con una buena cosía' y ya ehtá”.

Mi tía, escuchando tal algarabía, nos metió a los dos unos fuetazos, a pesar de que mi prima tenía marido. Le pegaron como si fuera una niña, nos trataron de brutos y más brutos serían ellos que mandaron a lavar a unos niños esa hamaca, que tenía como cuatro metros de largo por tres metros de ancho.

No conté con suerte en los días que siguieron, mi tío Manuel se molestaría todos esos días. Decía que le estaban comiendo los huevos de unas gallinas –unos patos que tenía en la finca, y que ponían sus huevos al frente en un paraje verde, alrededor de los corrales y donde habitualmente las gallinas comían–. Mi tío gritaba: “¿Cuál será el maldito perro que se está comiendo los huevos de las gallinas? Como lo descubra, lo mato”.

Y yo deseando que no fuera uno de los perros que había en la finca, porque a veces venían animales de otras partes. Hasta que una tarde descubrió al ladrón de los huevos: era nuestra perra amiga Chapola, que siempre nos acompañaba para todas partes, él que sabía que yo la cuidaba y quería mucho a esa perra y era mi amiga.

El muy desgraciado me pidió que la sostuviera por las patas traseras, me negué rotundamente a sostenerla, me amenazó que sí no la agarrase me daría unos tremendos cantazos, yo seguí negándome. De repente, lanzó hacia la cabeza de la perra tremendo garrotazo. Lo sentí hasta en mis propios huesos y yo temblaba de miedo, sus ojos estaban rojos del odio contra aquella perra que se había comido aquellos huevos, tal vez porque le parecían deliciosos, como me parecían a mí y a mis primos o a cualquiera que se comiese esos ricos huevos criollos en omelette, revueltos, con tomate y cebollita, o cocidos con una pizca de sal.

La perra se retorcía y botaba sangre por su boca y oreja, sus ojos me miraban como diciéndome que no entendía lo que le estaba sucediendo, su chillido era tan estremecedor que se escuchaba hasta en los cielos, el muy descarado me gritó: “¡Métala en un saco y llévesela lejos para que se muera!”. Y tomé el caballo Fosforito que estaba amarrado en el establo y, con la manila, amarré el saco y me monté al caballo, que por cierto ese caballo era el único que podía montar, porque de Fosforito no tenía ni la pólvora. Era un caballo flojo en su andar, lo podía montar hasta un niño. Arrastré al costal con lágrimas en mis ojos, llevé a la perra por el mismo camino que pasaba por el río, el mismo que Chapola nos acompañaría muchas veces. Como a 300 metros, cuando ya no divisaba la casa, desmonté del caballo y saqué del costal aquella perra moribunda, me metí bien adentro de aquel potrero, como buscando un palo frondoso donde enterrarla, no quería ni que los goleros se la comieran y destrozaran su cuerpo, con la fortuna de que se movió de repente aquel costal a pesar del arrastre a más de 300 metros. “¡Qué animal tan fuerte!¡Chapolaaa! Estás viva, qué emoción, Gracias, Dios mío”.  

Tal vez fueron por los muchos huevos que se comió, tan ricos en calcio, pudo más el amor mío hacia esa perra que el tremendo garrotazo… la dejé en la sombra, traté de darle agua del calambuco que habían dejado unos de los trabajadores en el caballo, lavé su herida, no tomó agua, pero le hidraté la lengua que tenía como corbata extendida, le hablaba para ver como hacia para ayudarla, no podía regresar con ella porque mi tío la terminaría de matar. La dejé abajo de ese árbol escondida con el mismo costal y unas cuantas ramas, regresé a casa, no quise que se dieran cuenta de que estaba viva, pero a la final le comenté a Iván uno de mis primos lo que estaba pasando, me juró que no le iba a decir nada a su padre. Por la tarde fui escondido a ese mismo lugar donde había dejado a mi perra Chapola, le llevé comida y agua, pero como estaba inmóvil con sus ojos despiertos y su lengua igual de salida, hidraté su lengua con mucha agua de nuevo. Me marché dejándola bien abrigada con el costal, regresaba sin que se diera cuenta mi tío, así duré dos días a auxiliar la desdichada perra sin que se dieran cuenta. Al tercer día cuando regresé, no la encontré, ya no estaba ahí. La busqué por todo el lugar, mi impresión fue tanta, pensé que algún tigre que decían los adultos que bajaban de noche de aquellos cerros que se veían a lo lejos se la habría comido, solo quedaba el costal. Regresé muy triste, mi tía me decía que porqué estaba así, tal vez ella sabía que mi perra Chapola era nuestra compañera, que nos hacía falta, mis primos no mostraban su dolor, porque era una limpia segura que les daría el papá. A mí no se atrevía a tocarme porque mi madre le hacía muchos favores y él la respetaba, sabía que no le perdonaría si me llegase a pegar.

Los días continuaron y la seguía buscando con el caballo Fósforito, que era el único que podía montar, un caballo blanco hueso, su lomo le corría hasta la cola, un tono oscuro de la cola hasta sus orejas, ese caballo era demasiado lento tan lento que daba desesperación montarlo, juraría que hubiese servido de cuna para dormir bebes, la única manera que yo podía sacarle brillo era con unas espuelas, que hacía de horquetas de cualquier rama de un árbol, les afilaba las puntas con mi machete y solo podía hacerlo trotar. Hasta que un día pasando por una mata de ají picante de esas silvestres, untándole ese mismo picante a un palo que le llamaban garabato y pasándoselo por el culo de Fósforito, se convertía en el caballo más rápido. El problema era que, después, no había quien lo detuviera y muchas veces que lo hice no lo detenía ni el freno, tenía que lanzarme porque cuando nos acercábamos a la casa se detenía justo al pasar por el río, aprovechaba y me arrojaba al agua. Después, me tocaba esperar que le pasara el efecto del picante. Muchas veces lo veían los trabajadores devolverse, hasta que se detenía cansado y le decían a mi tío: "Por ahí anda el caballo Fósforito corriendo, eso fue que el vergajo de tu sobrino volvió a untarle picante en el culo". Y me regañaba, pero, de todas maneras, no me importaba.

Un día, mi tío se marchó para su pueblo y jamás regresó. Abandonó a mi tía y a sus hijos, mis primos. Parecía que la perra Chapola nos vigilaba desde aquellas grandes montañas, porque, al día siguiente que se marchó mi tío, regresó la perra, fue antes del mediodía, yo regresaba de los palos de mangos, cuando de repente, vi la perra Chapola meneando su cola. Se detuvo unos pasos antes de llegar a la casa, muy cerca del corral de los chivos. Yo me quedé paralizado, no lo podía creer, su cuerpo era solo hueso cubierto por su pelaje amarillo color ocre, tenía la cabeza ladeada como si algo tuviera entre sus orejas. Grité: “¡Tía negra, tía negra!” -que era el apodo de mi tía Ninfa, por su color de piel-. Ella salió de la troja donde cocinaba y expresó: "Dios mío, ¿la Chapola sobrevivió al tremendo garrotazo? Verdaderamente, Dios hace milagros hasta con los animales". 

“¡Ven, Chapolita!”, la llamé de inmediato, y caminando hacia mí, casi moribunda, me lamió un poco cuando estaba cerca, vi que su piel desde adentro movía sus pelos, como queriéndole salir algo desde adentro, aún la herida se le veía un poco, no había cerrado por completo, cuando mi tía negra se le acerca, dijo: "¡Mierda! hijo esta perra se la está comiendo por dentro el gusano. Ve y tráeme la pomada Nexa de inmediato”. Corriendo hasta donde estaban las medicinas del ganado, mi tía le untó varias veces, por su cabeza hundida de aquel garrotazo. Al instante le empezaron a salir desde adentro de su pelaje, cientos de gusanos que caían y cubrían al suelo como un tapete, los gusanos salían corriendo como para el monte, pareciese que el olor de aquella pomada los persiguiesen y como a los días la perra se recuperaba y comía huevos que yo me robaba de las gallinas, como no estaba mi tío, le daba de tomar a Chapola leche espumosa del corral, Chapola sobrevivió pero sorda quedaría, con su cabeza hundida, y ladeada, talvez perdería un poco su vista, porque muchas veces se tropezaba. Volvimos a correr, pero no era la misma. No me importaba, éramos feliz, nunca supe como hizo para comer mientras estuvo sola y malherida, pero lo que sí sé, es que regresó cuando se marchó el verdadero animal. Sé que duró unos años y de aquel tío no supe más, ni me interesa.

Otro animal que recuerdo, fue mi amigo el toro Pomponio, toro preferido de Don Pacho, el dueño de la hacienda San Carlos. Desde pequeño, supe que Pomponio sería mi amigo; era pardo suizo de pelo brillante, le gustaba que le sobara su frente peluda y le diera de comer en mi mano su pasto y rica melaza.

Pomponio !ya eres un toro! el tiempo pasó sin darme cuenta, ya tienes más de 1200 kilos y quizás mides 4 metros, desde el corral bramas con fuerza, no dejas que los demás toros toquen tus vacas; amarillas, negras, rojizas, blancas, de cachos amplios, altos y puntiagudos, afilas tus cuernos en el árbol del campo, donde te he visto luchar contra otros toros. Te vi ganarle a dos toros cebú, tan fuertes como tú, pero tú, mi Pomponio, eres el ganador y tus hijos ya no caben en el corral y Don Pacho feliz porque le has hecho ganar y yo con mis primos Iván, Francisco y Marlioni apostamos que aún te puedo tocar, porque me dicen que ya no me conoces y, yo, despacio, sin hacer ruido, me acerco a ti y mi mano que toca tu frente peluda te acaricia como cuando eras pequeño y mueves tu cabeza hacía los costados y tu ojos negros y tus pestañas grandes me observan. ¡Pomponio! Sacas tu lengua rasposa como lija y entonces un poco me asusto.

Un día, el cielo ya no era el mismo, el azul se tornaba gris y yo me encontraba en mi colegio, en clase, y, al llegar a casa, me encontré con mi tía, la que en la finca vivía, y me comentó que Pomponio se moría y que sentía un dolor en su estómago. El veterinario que fue atenderlo de urgencia le dijo que estaba tan mal que tal vez moriría.

Recuerdo que me fui corriendo durante cuatro horas y, llegando a la hacienda, encontré al señor Pacho muy triste. Le dije: “Don Pacho, ¿qué ha pasado con Pomponio?”. Él señaló sin emitir ni una palabra con su mano derecha y su índice extendido a donde estaban aquellos árboles, donde dormían los pájaros azulejos, toches, cardenales y algunos cucaracheros, debajo de uno de esos árboles frondosos, lo encontré echado moribundo, lo abracé y, con lágrimas en mis ojos, le pasé mi mano por su frente peluda, aquella lengua como lija  rasposa no me lamio como tantas veces lo hacía, cuando le sobaba la frente; en ese instante supe que se moría, de inmediato  y con voz llorosa me despedí. Pomponio, Pomponio, siempre te recordaré, fuiste mi amigo.

 

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Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

1 Comentarios


JOSE Baquero 03-05-2021 05:56 PM

Que entretenida historia, todo esto toca imprimirlo y guardarlo en un solo libro, Gracias BALDOT

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