Opinión

Yo, el niño (Parte III): a punta de pata lavé mi ropa

Baldot

15/06/2021 - 05:05

 

Yo, el niño (Parte III): a punta de pata lavé mi ropa
Foto: Baldot

 

Mi madre, desde pequeño, me enseñó a lavar la ropa que lavaba de los médicos. Eran montañas de sabanas azules, de pantalones y camisas de vestir e interiores con parches de caca y de orina de aquellos médicos que curaban niños, porque eran especialistas y les llamaban pediatras. Los poncherones repletos de ropa y agua a los que mi madre le untaba bastante jabón y me decía:

––Bueno, hijo, dele pata. Dele pata, mijito, pa' que la mugre de esa ropa salga con el chapuzón... Dele con fuerza, mueva esas paticas que, de tanta pata, talvez te engordan un poco, mijito de mi corazón.

Era divertido y a la vez ayudaba a lavar la ropa que tendíamos luego al sol. Aquellas montañas de telas que parecían nubes azules, colgados en los alambres que se cruzaban en aquel inmenso patio de la casa donde yo crecí. Ese mismo patio del cual yo no podía salir porque, de hacerlo, aquella perra llamada Muñeca me mordía y me hacía sangrar los pies... 

Bueno, ese mismo patio pareciese hasta el mismo cielo, como si se hubieran caído sus nubes azules. Las sabanas y las prendas de vestir eran tantas que llenaban aquellos alambres que iban en todas las direcciones y sostenían los palos de mango, el de chancleta, el de cerezo, el de guanábana, los dos palos de mangos de hilacha y el palo de mango de manzana, el del azar de la india, el palo de la flor ylang ylang. Allí vivían, entre sus copos, Pepo y Pepa, dos loros grandes que hablaban como cotorras y hacían feliz a mi madre por su algarabía y sus vulgares palabras. En ese mismo patio, vivían más de 50 morrocoyes, de los que mi madre alardeaba por las numerables pintas amarillas que ostentaban sobre el lomo. Unos de quince pintas, otros de catorce y otros de trece.

Ésa era mi casa con ese gran patio en donde cantaban las chicharras pegadas en las ramas de aquellos árboles, en especial aquel de origen filipino de flores amarillas llamadas ylang ylang, que todas las tardes soltaba olores dulces y sensuales, como perfumes franceses. Mi madre, que le gustaba tanto ese árbol, mantenía en medio de sus pesadas tetas un par de flores amarillas que brotaban de aquel árbol. “Acuérdense, Juan, Federico, Jhon como me castigaban cuando mi madre se marchaba, talvez porque yo no hacía caso o porque les fastidiaba, la verdad no sé, ni me acuerdo porqué me castigaban...”.

Después de lavar aquellas montañas de ropa, Emilse las planchaba y aquellas montañas desaparecían y sólo quedaban dos grandes bultos, que con grandes sabanas envolvía. Le hacía un lazo que sostenía y apretaba bien para que las prendas quedaran bien planchadas y ordenadas. Anselmo, mi hermano mayor, nos ensillaba los dos bultos de ropa en nuestra cabeza, e íbamos contentos a llevarlos a unas cuantas cuadras y mi madre se quedaba viéndonos desde la puerta de mi casa, parada hasta que ya no nos veía. Sólo divisaba a lo lejos los dos bultos de ropa, ella nos vigilaba por si, de pronto, nos salíamos del camino y nos poníamos a jugar, porque, como niño que se respete, siempre cabía la posibilidad de distraerse en el camino, hasta una simple checa la convertíamos en pelota. Pero esos pensamientos no ocupaban mi cabeza tanto como lo hacía el bulto que llevaba encima.

No me interesaba el peso porque, cuando llegábamos llenaría mi pancita vacía. Recuerdo que sentía hambre todo el tiempo. Una señora que con ellos vivía, y que se parecía a un personaje de la comedia mexicana llamada “Topo gigio” por su cara redonda y cachetes inflados y unos lentes grandes como fondos de botella –era buena gente la señora y ciertamente le decían Señora Topo–, nos daba galleticas o un pan duro de los que sobraba de las mesas.

La Señora Topo sacaba pan de una redonda lata que cubría con un pequeño mantel, porque eso sí, "buena educación tenía". Era una lata sobrante de las galletas finas que de Europa venían. Cuando la señora Topo se descuidaba, yo tomaba el pan de aquella lata –no vayan a creer que después de comer el pan, nos devolvíamos a casa sin nada–, regresábamos de nuevo con otros bultos de ropa sucia, otros bultones en nuestras cabezas de regreso, claro, pero veníamos contentos, felices, las barrigas llenas.

No nos importaba que la ropa se ensuciase más y jugábamos por todo aquel camino y los vecinos de mi barrio decían con ironías para que mi madre escuchase: “esos pelaos se irán a pasmar y no irán a crecer con sipotes bultos de ropa”. Pero qué podía hacer mi madre, me pregunto yo; si eran once los chavales a los que tenía que dar de comer, claro que cada uno de ellos vivieron su época y yo crecí y nunca se engordaron mis piernas y mi hermano Anselmo –"Chemo”, como le decimos"–, se quedó chaparro.

 

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Sobre el autor

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Fintas literarias

Uvaldo Torres Rodríguez. “Baldot”. Artista que expresa su vida, su historia, sus sueños a través del lienzo, plasmando su raza, lo tribal, lo ancestral, y deformando la forma en la búsqueda de un nuevo concepto. Redacta su vida a través de la pintura, sus fintas literarias las escribe con guantes de boxeo. Con amor al arte y a la literatura desde niño.

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