Opinión

La estruendosa caída de Alfonso López Pumarejo (2)

Eddie José Dániels García

23/06/2021 - 04:55

 

La estruendosa caída de Alfonso López Pumarejo (2)
Retrato del presidente Alfonso López Pumarejo (1886-1959)

 

De manera que “el Muelón”, como lo llamaban sus opositores, por razón de sus dientes largos, disfrutaba nuevamente en el Palacio de la Carrera. Sabía desde antes de la posesión que, en este gobierno, no le iría nada fácil y que le tocaría lidiar con la lengua y la pluma implacables del “El Monstruo”, como también era conocido el jefe natural del Partido Conservador. Por eso, consciente de las dificultades que se le vendrían encima, desde un comienzo buscó hacer un gobierno de concordia y llamó a liberales, conservadores e, inclusive a aquellos que se opusieron a la reelección. Afirmaba que estaba dispuesto a rectificar cualquier error que hubiese cometido en su primera administración. Manifestaba, también, que tendría el buen ánimo para aceptar cualquier sugerencia u opinión de todos los grupos que lo habían apoyado o atacado en su campaña reeleccionista. Pero la suerte estaba echada y muy pronto el nuevo mandatario comenzó a vivir el viacrucis de su mandato, al designar un gabinete ministerial totalmente liberal, el cual fue criticado duramente por el doctor Laureano Gómez, quien lo calificó de exclusivista, por no haber incluido a ninguno de los liberales que apoyaron a Carlos Arango Vélez.

Entonces, desde el primer momento, el conservatismo rompió las relaciones con López Pumarejo. Primero habló de la nulidad de la credencial presidencial y después de la imposibilidad moral de acatar las directrices propuestas por el presidente. Enseguida prohibió a los conservadores aceptar cualquier colaboración con el gobierno. El político conservador Rafael Escallón Miranda fue excomulgado por el doctor Laureano Gómez al aceptar el cargo de procurador general de la nación que le hizo el presidente López. Y mientras el mandatario trataba de enrumbar su mandato por la línea de la satisfacción nacional, los debates en su contra no se hacían esperar en el congreso. Uno de los primeros que vivió, obedeció a la imputación que se le hizo de buscar promover una ley durante su primera administración para obtener él y su familia beneficios económicos. El caso se refería a unos terrenos en el Carare, heredades por los hermanos López Pumarejo, donde supuestamente había petróleo. La intención de los hermanos era demostrar que las riquezas del subsuelo pertenecen a los dueños de los terrenos. El congreso adelantó la investigación y terminó declarando sin fundamentos las acusaciones contra el presidente.

Los debates se encendieron con el asesinato del señor Francisco Antonio Pérez, conocido con el alias de “Mamatoco”, un boxeador samario que ejercía el periodismo en el semanario “La Voz del Pueblo”. Había prestado sus servicios como entrenador de la policía, y el 15 de julio de 1943 apareció muerto en el parque Santos Chocano de Bogotá. Inicialmente, no se le dio importancia al hecho, pero después la malicia popular comenzó a relacionar la muerte del periodista con el alto gobierno hasta concluir que se trataba de un crimen de Estado. La versión que alcanzó la mayor dimensión fue que uno de los hijos del presidente había ordenado la muerte de “Mamatoco”, porque éste quería chantajearlo, exigiéndole mucho dinero por guardar silencio y no denunciar en su periódico la aventura amorosa, en la que sorprendió al hijo del presidente como una dama distinguida, esposa de un alto funcionario del Estado. Para vengarse de López Pumarejo, el doctor Laureano Gómez ordenó incluir diariamente en la primera página de El Siglo la pregunta: ¿Quién mató a Mamatoco?. El Congreso nombró una comisión investigadora, que no encontró méritos para inculpar al presidente y terminó cerrando el caso.

Sin embargo, no había terminado bien el caso de Mamatoco, cuando ya el Presidente estaba enredado en nuevos escándalos de corrupción. Se trataba ahora de una acusación por haber construido con dineros del Estado unas casetas en su finca “Las Monjas” para alojar en ellas a la guardia presidencial. “Era una indelicadeza, decía el doctor Laureano Gómez, construir un inmueble en propiedad particular con dineros del Estado”. Superado este impase, surgieron nuevos temas para atacar al presidente, fundados esta vez en hechos comprobados. En ellos se vio comprometido Alfonso López Michelsen, el primogénito del Mandatario, quien aprovechando su condición de hijo del Presidente de la Republica obtuvo el rápido trámite de resoluciones y decretos ministeriales y ejecutivos, favorables a sus negocios. Por esta razón, para destacar sus influencias, fue llamado peyorativamente “El Hijo del Ejecutivo”. Los enredos de López Michelsen donde brilló el tráfico de influencia y obtuvo grandes beneficios, fueron el de “La Trilladora del Tolima” y el de “La Compañía Handel”. Estos dos casos originaron los debates más grandes que se hayan dado en el Congreso y fueron decisivos para causar la caída del Presidente.

Agotado con tanto problema, el presidente pidió una licencia por seis meses, entre noviembre de 1943 y mayo de 1944, para trasladarse a Nueva York con su esposa, doña María Michelsen, quien necesitaba someterse a un tratamiento médico. Lo reemplazó en este tiempo el primer designado, doctor Darío Echandía Olaya, brillante parlamentario tolimense, conocido como “La conciencia jurídica del régimen”. Durante este corto periodo, los ánimos se calmaron y cesaron los ataques al mandatario ausente. Empero, apenas regresó el titular, las rencillas políticas que se habían apaciguado, volvieron a encenderse. Surgieron el descontento y nuevas manifestaciones de rechazo contra el régimen. El episodio que más estropeó al gobierno fue el “Golpe de Pasto”, ocurrido el 10 de julio de 1944, cuando el presidente se encontraba en esa ciudad presenciando una actividad militar. Los protagonistas fueron los coroneles Diógenes Gil y Luis Fernando Agudelo, quienes llegaron al hotel donde estaba el mandatario, lo pusieron preso y lo escondieron en una hacienda en el municipio de Consacá. La noticia llegó a Bogotá y el doctor Darío Echandía asumió la presidencia. Sin embargo, los golpistas no tuvieron eco en el ejército y terminaron entregándose.

“López tiene que pagarme la jugada que me hizo”, decía el doctor Laureano Gómez cada vez que recordaba el engaño de su antiguo amigo de batallas. Y no conforme con el resultado de la investigación del Congreso sobre el caso de Mamatoco, siguió fustigando al Presidente y publicando diariamente la pregunta insidiosa en la primera página de El Siglo. Hasta una caricatura que hizo historia apareció como titular de este diario: un niño, con una guitarra en la mano, le pregunta a su mama: “Mamá, toco?”, la señora le responde: “No mijo, canta”. Asimismo, “El Hombre Tempestad”, a quien solo se puede amar u odiar”, como había dicho el poeta Guillermo Valencia, aprovechó las páginas de su periódico, para aplaudir la revuelta militar de Pasto y elogiar a los protagonistas del cuasi golpe de Estado. No cruzaba por la mente de “El tribuno del Siglo XX”, como también es identificado el doctor Laureano Gómez, que nueve años más tarde, el 13 de junio de 1953, él también sería víctima de la perfidia de los militares, encabezados por el entonces general Gustavo Rojas Pinilla, quien estuvo secundado por sus amigos conservadores: el expresidente Mariano Ospina Pérez, Gilberto Alzate Avendaño y Lucio Pabón Núñez.

Superada la conjura de Pasto, el presidente López recuperó los ánimos y reinició sus funciones ejecutivas. No obstante, en ocasiones, les manifestaba a sus más cercanos colaboradores, entre ellos Darío Echandía Olaya y Alberto Lleras Camargo, “que estaba cansado de tantos problemas, que no soportaba la crítica callejera, que ya se había rebosado la copa” y que estaba dispuesto a renunciar, en cualquier momento. Y, soportando los permanentes ataques de la oposición, logró culminar el año y empezar 1945. Para reflexionar cómodamente, solía retirarse los fines de semana, con algunos amigos, a su finca de descanso, en los Llanos Orientales. Por fin, cerró los ojos y el 19 de julio de 1945 presentó al congreso la carta anunciando su renuncia irrevocable. Tras una larga deliberación de varios en el organismo legislativo, la dimisión fue aprobada el 3 de agosto. Ese mismo día, el congreso nombró como presidente al doctor Alberto Lleras Camargo, quien había sido elegido primer designado cinco días antes. Con la caída de López Pumarejo, también caía el Partido Liberal y se ponía punto final a la llamada “Republica liberal”, iniciada en 1930, tras la derrota del Partido Conservador.        

Como era de suponerse, la renuncia de Alfonso López Pumarejo significaba el ocaso en la  trayectoria política de un personaje nacional, que supo calar hondamente en el sentimiento popular y, a través de sus argucias, manipular los tinglados políticos para alcanzar cualquier objetivo que favoreciera a sus intereses personales. En este sentido, considero  que es un reto, bastante difícil, para cualquier historiador de la política colombiana, atreverse a diseñar un esbozo sobre lo que fue la parábola vital y el recorrido político de este astuto jefe liberal, de ancestros caribeños que, iluminado por su conducta prepotente y su espíritu maquiavélico, logró alcanzar dos veces la presidencia de la república, y de haber conquistado los máximos elogios de ser un gran estadista, entre la interminable lista de sus biógrafos y admiradores, quienes lo consideran como el más profundo reformador de la ideología liberal y del desarrollo democrático de Colombia. Pocos son los historiadores que, indiferentes al fanatismo y al apasionamiento, han osado analizar y escudriñar el cuadro sicológico de Alfonso López Pumarejo para pergeñar el verdadero retrato de su personalidad y mostrarle al pueblo muchas facetas desconocidas e ignoradas, sobre el temperamento de este controvertido y habilidoso personaje.

Por eso, dentro de mi enorme pasión por la historia política de Colombia y con el propósito de conocer a fondo la idiosincrasia de muchos personajes, desde hace mucho tiempo me he dedicado con sumo interés a leer y profundizar en la vida de este insuperable patricio liberal, que hoy, después de más de ochenta años, continúa siendo el símbolo del progreso y de las ideas revolucionarias para todos los políticos, sobre todo, los incapaces, que cínicamente debutan por el panorama nacional. Muchas pesquisas sobre la intimidad de este mandatario, realizadas en autores que lo elogian y en otros que no se ubican dentro de su séquito de aduladores, me han dado razones y fundamentos de sobra para formarme mi propio criterio y me han conducido a una verdad evidente e inocultable: “el ilustre presidente liberal estuvo siempre más cerca de la perfidia que de la honestidad”. Fue Alfonso López Pumarejo un político frío, desleal, contradictorio y oportunista, que no vaciló un instante para cometer las más bajas traiciones a sus amistades, con la intención de buscar un provecho personal que lo llevara a obtener una posición ventajosa dentro de la organización social, económica y política del Estado.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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