Opinión

Siguiendo mi carcoma: buscando melodía

Rodrigo José Hernández Buelvas

12/08/2021 - 04:30

 

Siguiendo mi carcoma: buscando melodía
Foto: Getty images

 

Las Sabanas de Sucre, Colombia, amanecieron con un alba brumosa, el astro rey se desperezaba, tímidamente, dando a entender que aquel trasnocho se lo había ocasionado su amante Selene, quien había pasado la noche, alumbrando con su radiante rostro, las aguas acaneladas del Caño Mojana.

Justo a las cinco de la madrugada, un “tac-tac-tac” en la ventana de vidrio de mi aposento me despertó. ¡Sorpresa! Un ave matutina había llegado a saludarme, y entendí que me estaba dando su cordial saludo por ser día del padre.  

Dejé la cama a esas horas y empecé semi-enguayabado a realizar un recorderis de la noche anterior. Recordé haber estado en casa mi compadre Eddie José Daniels, departiendo desde las cuatro de la tarde, en compañía del amigo guitarrista malaigüero Pedro Mancera Ibáñez. 

Entonces, fui a casa de mi compadre a la calle San José, y los encontré a eso de las ocho de la mañana desayunando viuda de bocachico arrollado, con yuca y plátano amarillo, Mi comadre Omarys, esposa de mi compadre Daniels, me invitó al desayuno. Pedro y mi compadre ya iban adelantado con su viuda.

Después de haber desayunado, nos desplazamos a la terraza del amplio patio donde estuvimos contándonos anécdotas, tomando ron Tres Esquinas y esperando el sancocho de dos gallinas criollas que Omarys había comprado para festejar el día del padre.

Pasamos todo el día en forma agradable, y antes de despedirme a las 9 de la noche, pregunté a Pedro Mancera, que cuándo volvía para ponerle melodía a otros versos. Él respondió que cuando quisiera, pero que debía ir a Magangué, donde reside con su esposa e hijos.

Así fue que convenimos desplazarnos al puerto de Magangué, mi compadre y yo, a los 15 días. Y como no hay plazo que no se venza, llegó el domingo 2 de agosto. A eso de las cuatro de la madrugada pasé por mi compadre en la calle San José, y salimos rumbo a Magangué. Llegamos a la casa del amigo guitarrista a las seis de la mañana.

El sol ya se encontraba en el firmamento como un hermoso disco cárdeno que humedecía su rostro en las aguas del río. La esposa de Pedro nos saludó con amabilidad y comentó que Pedro había salido ensombrerado, y que, cuando salía así, no regresaba tarde. A pesar de que la noche anterior se le confirmó nuestra llegada bien temprano, él no se dignó esperarnos.

Mi compadre arremetió contra Pedro, por aquella jugada tan poco digna de un talaigüero y para aplacarlo, le dije, que no se preocupara, que nos fuéramos al puerto a desayunar. Nos fuimos al puerto, allá, a orillas del Magdalena, pedimos cada uno dos postas de bagre fresco frito, con yuca y café con leche. Mientras desayunamos divertíamos la vista y oídos con los ruidos de las chalupas y voces de los pasajeros, que arribaban y salían del puerto. Lo que más me llamó la atención fue ver bajar ondeando montículos de verdes taruyas florecidas y encima, de ellos, dos gallinazos, mirando hacia nosotros.

¡Qué espectáculo! Con esto valió la pena el viaje. “Qué Pedro ni qué carajo”, dijo mi compadre.

Luego de coger cada cual un mondadientes, pagamos el valor del desayuno y nos embarcamos en la 2000 hacia Buenavista. Llegamos precisamente a casa de Ornaldo Cerro, un primo de mi señora, y secretario pagador de la Institución Educativa de Buenavista   Lo encontramos desayunando un guiso de hígado con plátano maduro. Nos acogió amablemente, y al saber el motivo de aquella visita repentina, nos dijo:

-Yo sé dónde está el coordinador, apenas termine de desayunar los llevo allá.

Así fue, apenas, Ornaldo, terminó de desayunar, subimos a la 2000 y salimos rumbo Juan Arias, en donde lo encontramos en las afueras del pueblo, en una pequeña finca llamada “El Amparo”, cuyo propietario era de apellido Aguilera.

Al vernos, Pedro se sorprendió, estaba amanecido tomando aguardiente con unos compañeros y compañeras docentes del Colegio de Buenavista, y amenizaba la estancia con su guitarra. Nos presentó a los integrantes del ágape, a regañadientes, y, a pesar de ello, nosotros nos sumamos al convite.

Después de un largo rato, Pedro, me preguntó si tenía los versos a los cuales deseaba que me les pusiera melodía. Le contesté que sí. Saqué del bolsillo de mi camisa a cuadros los versos susodichos y del bolsillo del pantalón agarré mi grabadora de periodista con un Cosette nuevo de 60 minutos.

Empezó a cantar mis versos en décimas, y, yo, activé la grabadora. Pasamos todos contentos, escuchando a Pello poniéndole melodías a mis décimas, y es que él le impregnaba con su voz y notas de la guitarra, un no sé qué nos entusiasmaba, y nosotros le respondíamos con aplausos a sus ejecuciones. Sobre todo, mi persona con el fin de que él continuara poniéndole melodía a mis ocurrencias en versos.

Al acercarse la hora de nona, nos fuimos al pueblo. Ya yo llevaba en mi grabadora la melodía de ocho canciones de diversos ritmos. Antes de llegar a casa de Ornaldo, oímos las campanas del templo Santo Tomás de Canterbury, anunciando el Ángelus.

Al llegar a su residencia, su esposa nos recibió afablemente, invitándonos a tomar asiento en unas sillas que el anfitrión había sacado a la terraza del frente de su residencia. Aquella prima noche una agradable brisa llegada de los lados del río San Jorge, batía las verdes ramas de un olivo longevo que se encontraba cerca de nosotros, el delicioso viento nos refrescaba gratamente. En esos momentos, escuchamos el “chuis, chuis” de una lechuza que pasaba por los aires, cerca de nosotros, y nos hizo seguirla con la mirada. Entre dientes el dueño de la casa comentó: “Va hacia su morada en el campanario de la iglesia. Siempre pasa a estas horas”.

Para no alargar el cuento, pasadas las doce de la noche, mi compadre me interroga: “¿Sabe en donde está ahora?” Lo que me hace reaccionar, en el acto: “Carajo, si no estoy en mi casa”. Y como un resorte, me levanté de la mecedora, y dije: “Yo me voy ya”.

Salí hacia mi camioneta 2000, me monté frente al timón y la encendí. Lo que hizo que mi compadre y Pello gritara: ¿Qué? ¿nos va a dejar? Esperé que se montaran y salimos después de agradecer a Ornaldo por su acogida y a Guillermo Cerro que se había sumado a la parranda esa noche.

Al llegar a Juan Arias, Pello -que iba en el cojín trasero-, sorprendido al ver que el vehículo volteó en la carretera para lado contrario a Magangué, expresó: “¿Qué? ¿Me van a dejar botado aquí a estas horas?”. Entonces, mi compadre Daniels, le respondió: “Baja rápido, sino te vas para Sincelejo con nosotros. Pues no nos esperaste en Magangué. ¿Por qué te vamos a llevar a tu casa?

Dejamos a Pello en Juan Arias, y seguimos hacia Sincelejo. En Los Palmitos, hay un puesto de Policía, y allí un oficial nos hizo detener la marcha y bajar del auto. Al notar que iba conduciendo un borracho, sin hacer caso a los ruegos; nos hicieron subir a una loma donde tenían sillas, las cuales nos ofrecen para que nos sentáramos y pasáramos la pea.

Mi compadre, con su labia, como a la media hora convenció al oficial para dejarnos ir. Mi compadre continuó el trayecto manejando. Cruzamos frente al mercado La Macarena de Corozal; y al llegar al Puente La Panela, un retén de policía nos detuvo y preguntó al conductor:

––¿Para dónde van?

––Para Sincelejo ––respondió mi compadre.

––No pueden seguir ya que Sincelejo está cerrado. Acaban de lanzar unas bombas en la droguería La Rebaja, y cerraron las entradas, plan candado.

Le dije a mi compadre, que diera la vuelta hacia el barrio La Concepción donde mi hermana Rina. Llegamos a la casa de mi hermana, y nos abrió la puerta mi madre Sacramento, que vivía con ella. Le explicamos lo sucedido. Mi hermana busca dos hamacas, nos las guindó en la sala y dormimos cual lirón ese resto de noche.

En la mañana, el ruido que hacía mi hermana por estar preparando el desayuno a sus hijos –que tenían clase de siete– nos despertó. Desayunamos en compañía de mis sobrinos y mi madre. Subimos a la 2000 antes de las siete de la mañana, y cogimos rumbo a la Capital de Sucre. Al pasar por Bremen, mi compadre -que iba callado- me dijo: “¿Escuchó lo que le dijo Pello, cuando usted lo dejó en Juan Arias?”. No. ¿Qué dijo?. “Para ponerle melodía a la basura que escribe, sí me va a buscar a Magangué, pero para llevarme a casa, no...”.

Entonces, le respondí: “Bueno, si él le puede poner melodía a los versos míos, entonces, yo también de ahora en adelante, se las pondré. Hoy me compraré una guitarra.

Mi compadre, se echó tremenda carcajada y expresó: ¡Ají es tomate! …

En silencio seguimos, hasta que lo llevé a la calle San José donde lo esperaba mi comadre Omar. Después de dejar a mi compadre, fui frente a la Unidad Intermedia, adonde MABA, que vende guitarras. Me bajé de la camioneta y entré saludando a Maba.

Al ver una guitarra que colgaba con sus cuerdas puestas, le pregunté: ¿Cuánto vale esa guitarra?”. Él respondió “Dieciocho pesos”. ¿Y ese estuche? Me dijo: “Tres mil quinientos”. Le di veinte mil pesos por ambos. Manuel Barrios, me cogió la caña. Le di los $20.000 y le comenté: Ahora mi problema es encontrar alguien que me enseñe a tocarla. “Ese no es problema, yo le enseño, ¿cuándo quiere comenzar?”. Hoy mismo, le respondí. Él me pidió que entrara.

Así comenzaron las clases de guitarra. Desde ese instante le puse la melodía a mis versos.  Claro, con la ayuda de mi guitarra, pero ella por su lado y yo por el mío.     

 

Rodrigo José Hernández Buelvas

Compositor costumbrista

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